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Literatura

Una nueva biografía revaloriza la figura de Yoko Ono

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Una nueva biografía de la polifacética Yoko Ono busca reivindicar la figura “incomprendida” de la artista japonesa que, según el autor de estas memorias “definitivas”, fue víctima de “una misoginia y un racismo clamorosos” y convivió con el estigma de ser “la bruja que separó a Los Beatles“.

En “Yoko”, del periodista estadounidense David Sheff, hace un repaso de la vida de una mujer que “siempre quedó oculta en la alargada sombra” de la banda de Liverpool, y “sumida en la oscuridad” por culpa de comentarios “racistas y sexistas” que la persiguieron por su relación con John Lennon.

“Los detalles de su vida y de su carrera en solitario fueron, en gran medida, ignorados. Yoko era irrelevante excepto por el impacto que tenía en Lennon y Los Beatles. A raíz de eso, la impresión que la gran mayoría de la gente tenía de ella estaba conformada por las versiones gastadas, sensacionalistas y falsas de una historia que nació el mismo día en que se conocieron y que culminó con el asesinato de John“, resume el autor.

Las memorias descartan cualquier atisbo de que la relación entre Lennon y Ono fue buscada por la japonesa para lograr fama en su carrera artística. De hecho, en el momento en el que se conocieron, “ella era la artista cuyo arte él fue a ver”, y Lennon quedó “fascinado por la ligereza y el ingenio de las obras de Yoko“.

La Segunda Guerra Mundial, intentos de suicidio e “Imagine”

Las memorias se remontan a los primeros años de Ono, protagonista de una infancia vivida “entre el privilegio material y la pobreza emocional”, testigo de unos bombardeos estadounidenses sobre Tokio que marcaron pensamiento y carrera artística.

Cuenta también varios episodios en los que la japonesa intentó suicidarse, el secuestro de su primera hija, infidelidades, los abortos naturales que sumieron a ella y a Lennon en un dolor compartido, y detalles como la creencia de ben todo lo relacionado con el tarot, las cartas astrales y la numerología.

Gran parte de la biografía se centra en la relación con Lennon, aunque solo represente catorce de los 92 años que ha vivido Ono hasta el momento, en la complicidad y la influencia que les llegó a un arte y un activismo único.

“Las canciones ‘Imagine’ y ‘Give peace a chance’ fueron gestadas a partir del arte y la filosofía de Yoko“, asegura el libro. “Sus creencias respecto al arte y el activismo político fueron las base de muchas de las campañas pacifistas que la pareja llevó a cabo”, añade.

En el caso de Imagine, la influencia de Ono es indiscutible, e incluso fue reconocida por Lennon. “Si bien quien compuso la melodía fue John, la idea, el título y la letra estaban inspiradas en el concepto de anhelo de satisfacción de Yoko“, explica Sheff, que pone ejemplos específicos como “el núcleo budista de la canción” o la “imaginación” que previo de la acción y la realidad, “todo ideas de Yoko“.

Básicamente, “Imagine” es “la síntesis de la filosofía y el arte conceptual de Yoko“, resume.

El infierno tras el asesinato de Lennon

Las memorias también relatan uno de los momentos clave de la vida de Ono: el asesinato de Lennon el 8 de diciembre de 1980, y las primeras palabras de la artista japonesa cuando le comunicaron la muerte de su marido.

“¡Mentira! ¡No puede ser! ¡No le creo!”, gritó al médico que le comunicó la noticia. Ono no se lo creyó hasta que una enfermera le entregó el anillo de boda de Lennon. Una vez consciente de lo sucedido, pidió a los doctores que no hicieran pública la noticia de manera inmediata, para asegurarse que su hijo Sean –por entonces tenía cinco años– no se enterara del asesinato por televisión.

“El trágico suceso fue solo el principio de su infierno”, repasa el libro, que detalla que Ono fue víctima de “traiciones, robos, extorsiones y amenazas de muerte”.

La historia de Ono siguió con una carrera artística “eclipsada” por la muerte de Lennon y el mantenimiento del “mito que alegaba que ella era la culpable de la separación de Los Beatles“, pero el paso del tiempo permitió que se empezara a modificar la “manida y sexista narrativa que la había perseguido”.

La consolidación de la reevaluación y reivindicación de la figura de Ono no ha llegado hasta el siglo XXI, con retrospectivas de su obra y galardones por su arte, música y activismo pacifista y feminista.

(Fuente: Agencia Noticias Argentinas)

Textos para escuchar

El tiempo que nos une – Alejandro Palomas

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Alejandro Palomas lee un fragmento de su novela El tiempo que nos une


Es un vacío, un tropezón de aire que se te atraganta en los pulmones cada vez que respiras. Como un pellizco, a veces suave, a veces agudo y a traición. No es ni un antes ni un después. Es lo que no habrá de llegar. Sueños no articulados por falta de tiempo, no de imaginación. Es un crujido en el alma, eso es exactamente: el momento en que sabemos que tenemos alma porque la hemos oído crujir.
Es la muerte.
Es la muerte de una hija.
Es la muerte de una hija cuyo cadáver nunca apareció, empotrándome contra la peor de las preguntas: «¿Y si no? ¿Y si no fue? ¿Y si no fue y sigue viva en alguna parte?».
Es invocarla en secreto.
Es no bajar nunca al mar por miedo a ver entre las rocas alguna señal, algún rastro de ella.
Es seguir nadando de espaldas contra las olas, a ciegas, sin miedo a tocar lo intocable. Aprender a vivir con un jadeo de angustia al despertar por la mañana. No está. Mi hija no está. Salió a navegar y desde entonces no existe. ¿Qué madre se conforma con eso? Helena y su ausencia. Yo no sé hablar de muerte. Helena no está.
Está ida.  Literalmente. Exactamente.
Me dijeron que era más fácil así. Que si hay que perder a un hijo, más vale que sea de golpe, desde lo inesperado, que no haya tiempo para predecir, que el dolor no logre hacerse hueco entre él y tú por la puerta de la enfermedad. La muerte de un hijo es inexplicable. Ningún padre es capaz de imaginarla, por mucho que te la cuenten, por mucho testimonio y mucha confesión en primera persona que intenten hacerte llegar. No es posible. No es pensable. Incapacita la mente.
Si es accidente, el tiempo se paraliza y la vida se te cae de las manos como una hucha medio llena, estampándose contra el suelo, hecha añicos. Dedicas el resto de tu tiempo a pegar trozos, montando un rompecabezas inmenso sobre la mesa del salón mientras lo que queda va devolviéndote poco a poco una cara que no reconoces, que no te interesa.
Si es enfermedad, el tiempo gasta y mancha, matando a contrarreloj.
Pero si es accidente y no hay cuerpo que velar, queda siempre la imaginación. Sólo una madre de un hijo ausente lo sabe: la combinación trenzada de duelo, ausencia e imaginación crea monstruos.
Un día, hace un par de años, después de oírme hablar por teléfono con Helena, Flavia me dijo que lo que más envidiaba de mí era la relación que tenía —y que tengo aún— con mis hijas.
—Sobre todo con Helena —añadió, un poco a disgusto, torciendo la mirada para que no pudiera verle los ojos.
Sonreí al oírla hablar así. Quién me iba a decir a mí veinte años antes que mi niña mayor, ese iceberg de ojos blancos y manos de alambre que durante tanto tiempo me había convertido en el espejo de la peor de sus sombras, era, desde las dos semanas que habíamos pasado juntas en Berlín, mi mejor amiga.
—Qué extraño, ¿no? Con lo mal que os habíais llevado siempre —continuó Flavia, como no hablándole a nadie—. Y de repente, así, sin más…
Sin más. Claro. Cómo no.
Sin más no, Flavia.
Helena nunca me perdonó como madre. Probablemente, a su edad era ya consciente de que nunca aprendería a hacerlo. La madrugada en que la llamé a Berlín y me dijo que estaba embarazada, no supe oír lo que no me estaba diciendo. «Lía», eso fue lo que dijo. Lía. Mi hija decidió entonces rebautizarme con mi propio nombre y despojarme del papel que no había sabido representar para ella. Incapaz de dejar de odiar a su madre, tenía que cambiarla por otra, había que matarla para dejar entrar a Lía, para dejarme entrar.
Porque no hay hija capaz de pedirle a una madre que la ayude a deshacerse de su bebé. Ni siquiera cuando corre peligro su vida.
A una amiga sí. A Lía sí.
Sin más no, Flavia.
La ayudé, claro.
Muerta la madre, llegó la amiga. No hubo nada que perdonar. Ningún reproche. Lía y Helena. Nos reinventamos. Supimos hacerlo y funcionó. Nadie lo entendió.
Y Martín empezó a odiarme.
Desde hace meses vivo convencida de que es imposible entender la muerte de alguien como Helena. Imposible concebir la existencia de un ser como ella. Hay personas así, es cierto. Son pocas y parecen demasiado humanas, de vida demasiado grande para la pequeñez de lo vivido. Ésa era Helena. Cuando hablabas con ella, tenías la sensación de estar compartiendo unos minutos preciosos con alguien que había llegado a la vida aprendida, con las cartas marcadas, siempre dispuesta a darte una lección con esa alegría que a mí me robaba el aliento y con esas verdades generosas y a bocajarro que te arrugaban el corazón y de las que ella ni siquiera era consciente.
Desde que se fue, ya nadie me llama Lía. No con su voz. No desde un aeropuerto entre el rebote de voces aburridas de las azafatas de tierra anunciando vuelos. Desde que se fue, no consigo encontrarme la mía. Mi voz. La de la amiga.
“Mala mar. Hija de puta”, me oigo pensar con una sonrisa de vergüenza, apartando en seguida los ojos de una enorme vela blanca que cruza el horizonte más cercano y que no tarda en perderse cielo adentro. Una vela. Ocultándose tras el faro.
—Mala mar. Hija de puta —susurro sin darme cuenta mientras partimos y vamos alejándonos poco a poco desde el pequeño embarcadero rumbo a la isla.

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Literatura

Luciano Sposari lanzó “Yo no soy raro, el mundo sí”

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El músico y escritor Luciano Sposari (sobrino de Ignacio Copani) lanzó el libro “Yo no soy raro, el mundo sí”, un texto que nace desde la experiencia como padre de un niño autista y una mirada distinta acerca del tema. 

El libro, que cuenta con prólogo de Hernán Casciari y fuera editado por Editorial Orsai, tendrá su salida oficial el 14 de noviembre y ya se encuentra disponible para la compra en la tiendo virtual del sello.

La obra que Sposari lanza el mismo día de su cumpleaños, cuenta con 28 historias reales sobre la crianza de su hijo Valentino.

En el texto hay brujas, duendes, vampiros, fútbol y música. También una silla sensorial importada de China que pierde contra su propia caja. Una gata negra que trae de regalo una comadreja. Un grillo que no deja dormir a nadie y termina perdonado y convertido en canción. Y un guardavidas que, en la parte honda de una pileta de barrio, tiene que decidir a quién rescatar.

Las anteriores son algunas de las escenas de “Yo no soy raro, el mundo sí”, ni más ni menos que el libro en el que Luciano Sposari cuenta la vida con su hijo Valentino, protagonista de cada historia. Lejos del manual y del tono clínico, son relatos de la vida cotidiana de una familia, contados con humor y sin drama: el autismo visto desde adentro, donde lo raro no es el chico, sino cómo reacciona el mundo a su alrededor.

La obra editada por Orsai, forma parte de la Colección Entrelíneas del sello.

Sobre la obra, el propio Sposari sostuvo: “No escribí un libro para explicar el autismo. Escribí un libro para mirar el mundo como lo mira Valentino: con humor, con amor y con mucha honestidad”.

Ficha de “Yo no soy raro, el mundo sí”

Sobre el autor

Luciano Sposari nació en Monterrey, México, y vive en Guernica, provincia de Buenos Aires. Es escritor, cantautor con más de veinte años de trayectoria e instructor de meditación y mindfulness. Vivió más de un año en Puerto Vallarta, cantando todas las noches, y hoy vive en la zona sur del conurbano bonaerense. Cuenta con una discografía propia, es periodista de formación, con estudios de escritura creativa. Es papá de Valentino, y de la vida con él nació “Yo no soy raro, el mundo sí”.

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Historias Reflejadas

“Presencias silenciosas”

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Presencias silenciosas

Las velas permanecían encendidas. Una llama débil, aunque persistente, evocaba a aquellos que ya no podían verse.

El tiempo sobraba. Ellos flotaban en la densidad de un pasado al que no podían regresar. Ellos eran el sueño de otros, enredados en sus pensamientos eternos.

Desde algún sitio lejano, una madeja de recuerdos comenzaba a rodar imágenes viejas en las que era posible descubrirse.

En el fondo de un pozo, cargado de miedos pegajosos, crecía la muerte y daba forma a los fantasmas que habitaban en sus almas errantes.

Los sentidos, paralizados por las sombras, lograban ganar la batalla para mirar más allá, en el sitio exacto en el que una luz indicaba el camino correcto para encontrar la verdad.

Del otro lado de un espejo roto, alguien buscaba los huesos que la reflejaban y se perdía en la locura de no poder encontrarse.

Las velas permanecían encendidas. La noche soltaba secretos que iluminaban las silenciosas presencias.

Ellos se atrevieron a atravesar el vacío que los separaba para reparar, por fin, lo que estaba quebrado.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia: “Socorro Diez, libro pesadillesco”, de Elsa Bornemann; “Sexto sentido”, de Esteban Valentino; “Fantasía y terror en Cuerno Callado”, de Victoria Bayona; y “Wunderding y otros escalofríos”, de Olga Drennen.

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