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Literatura

Feminismo, crítica y ensayo, entre la literatura de no ficción del nuevo año

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Por Emilia Racciatti (*)

Con libros sobre feminismo a cargo de Sarah Ahmed, Florencia Angiletta e Ingrid Beck, obras de referentes de la crítica literaria como Beatriz Sarlo, Josefina Ludmer y Lydia Davis y ensayos de Walter Benjamin, Franco “Bifo” Berardi, Slavoj Žižek y Mark Fisher, la agenda de publicaciones de no ficción se prepara para el 2021, un año en el que también habrá títulos de autores centrales de la literatura argentina: Ezequiel Martínez Estrada y Roberto Arlt.

Algunos trabajos estaban previstos para 2020 pero debido a la pandemia sus ediciones fueron reprogramadas. Con nombres establecidos y temas que ya vienen marcando ejes de lectura en el último tiempo como el feminismo, la resignificación de los vínculos afectivos o el avance de la tecnología, pero también con una apuesta por estudios acerca de la literatura, las editoriales adelantaron a la agencia de noticias Télam un panorama de lo que se conocerá en no ficción en los próximos meses.

Por ejemplo, el feminismo será uno de los ejes que atravesará los catálogos y esto se traducirá en “Vivir una vida feminista”, de la investigadora británica-australiana Sara Ahmed que dará a conocer Caja Negra con traducción y prólogo de Tamara Tenenbaum, en el que la autora ofrece una poética y una reflexión sobre cómo la teoría feminista se genera en la vida cotidiana y en las experiencias corrientes en el hogar y el trabajo.

Además Penguin Random House reunirá textos de la escritora, cantautora, dramaturga y compositora argentina María Elena Walsh bajo el título “¿Qué es el feminismo?” y un trabajo de economía feminista a cargo de Candelaria Botto.

En tanto, la periodista Ingrid Beck publicará por Siglo XXI un diccionario llamado “Léxico feminista” y por el mismo sello Eleonor Faur, investigadora y especialista en relaciones de géneros, familia y políticas públicas, publicará un libro sobre Educación Sexual Integral (ESI).

Asimismo por Capital Intelectual llegará “Zona de promesas. 5 debates entre feminismos y política”, un trabajo de la investigadora, docente y periodista Florencia Angilletta que ya escribió sobre el tema en varias publicaciones periodísticas y en el libro “¿El futuro es feminista?”, editado por el mismo sello y Le Monde Diplomatique.

Además Sofía Elliot y Valentina Godfrid publicarán “Cómo salir del clóset”, un libro que lleva el mismo título que el canal de YouTube que las actrices y productoras armaron hace cuatro años.

El escritor Martín Kohan prologará dos libros que llegarán a las librerías en 2021: uno editado por Fondo de Cultura Económica que recopila crónicas de viajes de Ezequiel Martínez Estrada seleccionadas por el autor de “Confesión” y el otro es “Hachís”, un diario de experimentación con drogas de Walter Benjamin, que incluye su merodeo por la ciudad y su intento por ponerlo en palabra. Llega a las librerías este mes de la mano de Ediciones Godot.

De Benjamin, además, Eterna Cadencia publicará la correspondencia que mantuvo con Theodor W. Adorno, en una traducción que estará hecha a cuatro manos, con una traductora para cada autor: Laura Carugati y Martina Polcuch.

Otro de los ejes será la crítica literaria y esta editorial presentará “Lo que vendrá”, una antología que reúne ensayos de Josefina Ludmer sobre literatura latinoamericana que hasta hoy estaban dispersos o inconseguibles, e incluye algunos muy citados y fundamentales como “Las tretas del débil” sobre Sor Juana Inés de la Cruz. La selección estará a cargo de Ezequiel de Rosso, al igual que el prólogo.

En esa línea, Siglo XXI, que es responsable de la Biblioteca Beatriz Sarlo, difundirá sus “Clases de Literatura Argentina” dictadas en la Facultad de Filosofía y Letras, entre 1984 y 1988 sobre Puig, Walsh, Viñas, Cortázar, entre otros, con edición e introducción de Sylvia Saítta.

A su vez, Ampersand, en su colección Fuera de serie, será responsable de publicar “El método Borges”, una obra de Daniel Balderston, director del Centro Borges de la Universidad de Pittsburgh, que investigó distintos aspectos de la obra del autor de “Ficciones”.

Otro autor clave la literatura argentina tendrá un nuevo título para revisitarlo: Roberto Arlt, del que se conocerá “Arlt antes de Arlt. Sus aguafuertes sin firma”, un proyecto de la editorial platense Erizo que propone volver sobre los textos con los que el célebre autor logró plasmar una mirada única sobre la Buenos Aires del siglo XX.

En el campo de la crítica, a mitad de año está prevista la salida de “Ensayos”, una selección de textos de la gran escritora y traductora estadounidense Lydia Davis que con traducción de Eleonora Gonzáles Capria vuelve con un nuevo trabajo a las librerías argentinas.

Otra de las autoras que vuelve con un nuevo libro, después “Somos luces abismales”, es la colombiana Carolina Sanín a quien otra vez edita Blatt & Ríos pero en esta oportunidad se trata de “Tu cruz en el cielo desierto” definido como un libro sobre el amor en tiempos de redes sociales.

Los nombres de los clásicos como Michel Foucault y Pierre Bourdieu también tendrán su lugar en la agenda de producciones de 2021: el primero con la versión en papel del libro “La sexualidad” y el otro con el segundo tomo del “Curso de la sociología general”, ambos a través de Siglo XXI.

La misma editorial ofrecerá libros de Javier Auyero (una investigación inquietante que desnuda la complicidad entre grupos narco y miembros de distintas fuerzas de seguridad en la Argentina) y de Diego Genoud sobre los procesos políticos que antecedieron y explican el triunfo del Frente de Todos y sus perspectivas y dilemas como coalición de gobierno en el tiempo de la pandemia.

Además, autores como Peter Sloterdijk y Slavoj Žižek aportarán nuevos títulos a cargo de Ediciones Godot: el pensador alemán “La razón para estar juntos”, un estudio sobre el concepto de sociedad y su vínculo con la conformación de las naciones y el filósofo, sociólogo, psicoanalista y crítico cultural esloveno “¡Goza tu síntoma!”, uno de sus libros fundacionales en el que con humor alcanza textos donde Lacan, Hollywood, el capitalismo, el humor, Hitchcock y el deseo se encuentran para explicarnos por qué actuamos como actuamos.

Por la misma editorial, Renata Salecl, la autora de “Angustia”, publicará “La tiranía de la elección” en el que interpela nuestra conducta desde un punto de vista tanto psicoanalítico como filosófico acerca de las presiones que ejerce el consumo en nuestra vida cotidiana.

A su vez, Caja Negra tiene previsto publicar al italiano Bifo Berardi y al británico Mark Fisher: del primero se podrá leer “La segunda venida”, un ensayo sobre el sinsentido político, el delirio económico, la catástrofe ecológica, el cinismo intelectual y la simulación tecnológica de la vida y del segundo el volumen tres de “K-Punk. Escritos reunidos e inéditos (entrevistas e intervenciones)”, que cuenta con tres secciones: una de entrevistas; otra con reflexiones breves entre las que destaca “Saliendo del castillo del vampiro”, en donde Fisher aborda el problema de la política de la cancelación en la cultura de izquierda; y una última con la introducción al libro en el que estaba trabajando al momento de su muerte, “Comunismo ácido”.

Los textos autobiográficos serán otro de los ejes para 2021 y en esa línea se inscriben “Cuadernos”, de Andrés Di Tella, un compendio de anotaciones personales que el director cinematográfico fue tomando acerca de sus vivencias en Londres, el recuerdo de sus padres, la historia detrás de sus proyectos, su relación con el documentalismo, los libros y las películas que lo han obsesionado y que editará Entropía.

En el mismo sentido y por la misma editorial se publicará “¿Cómo fue que todo salió bien?” una autobiografía del poeta y crítico británico, recientemente fallecido a los 90 años, Al Álvarez escrita con la lucidez y el desparpajo que lo hizo célebre en ensayos como “El dios salvaje”, “La noche” o textos más personales como “En el estanque”.

Entre los textos personales también se espera “Amistad, literatura y vida”, los diarios de Virginia Woolf que está preparando Capital Intelectual, en los que se podrá volver sobre la escritura de uno de sus clásicos feministas “Un cuarto propio”.

(*) Agencia de noticias Telam

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Entrevistas

Victoria Herrera: “Amo y respeto las palabras, entonces necesito al silencio para hacer el circuito completo”

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Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini

En “La Mesura”, el tiempo corre por las páginas. Poco a poco, el pasado va derramando sus sombras en el presente, aunque por momentos parece detenerse en un punto. Como un silencio de las horas, algo muere. El aire no logra avanzar. Es una respiración cerrada, el pulso de las palabras que no llegan a salir. Es un grito, la exhalación contenida. Es viento entre las células, mutismo que restaura las heridas. Y cicatriz que brilla sobre las voces cotidianas. Es cuerda floja la medida del tiempo, el lugar donde nace la belleza.

En diálogo con Contarte Cultura la escritora Victoria Herrera presenta su segunda novela y desvela puntos claves del proceso creativo que le permitió alcanzar “La Mesura”.

—Para comenzar la charla vamos a poner en relieve la palabra que da nombre a
esta novela, si pudieras elegir una textura que la represente, ¿cuál sería y por
qué?

—Sería la roca en la que encontré el nombre, tallado en el templo de Apolo en Delfos. La textura de la piedra, que sobrevive al tiempo y que nos recuerda que somos cuestión de tiempo. Porque además la mesura se gana con los años.

—En todo libro existe un ritmo, un pulso que vibra entre las palabras y actúa como
el corazón de la historia. En “La Mesura” ese ritmo es una respiración completa.
¿Podrías contarnos qué ritmos internos o externos marcaron la escritura de tu
libro?

—La novela respira en tres registros. Está la historia que avanza: la oficina, la huida, Atenas, el retiro. Entre capítulo y capítulo aparecen microrrelatos que permiten la pausa, el aire necesario. Y creo que en este libro el humor también es respiración. En mi anterior novela, “Carne de cañón”, casi todo el mundo me decía que la había leído de un tirón porque no podía soltarla, así que en esta quise darle a quien lee la posibilidad de detenerse.

—La narradora y protagonista comienza su viaje interior cuando la respiración se
detiene, pero en ese punto se abren caminos hacia la contemplación de la belleza
que hay por delante. ¿Cómo viviste el proceso de crear escenas en las que la
mirada está puesta en los detalles debajo de lo evidente, en descubrir esa
belleza?

—Es que fue un alivio, porque pude, al fin, expresar algo que me atraviesa desde siempre, esta sensación de que la belleza no me cabe en el cuerpo, que se mete en mi sistema y no la sé dosificar. Decidí escribir acerca de esto una noche en Roma. Me crucé con un violinista que tocaba como un dios junto a un castillo iluminado, todavía me emociono al recordarlo. Presenciar semejante nivel de perfección fue un cachetazo: conectar por un instante con algo más grande, entender que si alguien puede tocar así, o una ciudad puede ser así de hermosa, no todo está perdido. La vida también puede ser éxtasis e inspiración. Arranqué a llorar como única manera de drenar tanta belleza. Después, ya en pleno proceso creativo, descubrí que médicamente esto tiene un nombre, el síndrome de Stendhal, descrito por un escritor en Florencia en 1800. El mundo antiguo, Italia, Grecia, tienen eso, nos devuelven el impacto, rebalsan de belleza.

—Y en ese recorrido se entrecruzan dioses y diosas del Olimpo que toman vida
para dejar sus huellas en hechos y personajes. ¿De qué manera trabajaste para
lograr esa intersección que enriquece la trama?

—Me invitaron a formar parte de una residencia artística en Tebas, Grecia (The League of Stars, la recomiendo muchísimo), donde cada participante llevaba alguna obra para trabajar. Yo, de hecho, fui con la intención de ponerle el punto final a una novela que ya estaba a punto caramelo, pero bueno, pasaron cosas. La mitología es algo que me atrae y me enoja desde siempre, y me dieron ganas de contarla a mi manera. Cada microrrelato mitológico va un paso adelante de la protagonista: Penélope deja de destejer y se va mientras ella sigue encerrada en su búnker. Circe aparece en medio de la lista de citas fallidas, cuando ya está claro que nadie transforma a nadie. Las ménades se niegan a volver a la ciudad justo antes de que ella reúna a sus amigas para contarles que se va. El mito hace primero lo que la protagonista todavía no se anima a hacer.

—El silencio también aparece como protagonista, quizás como la pausa entre
respiraciones, entre el adentro y el afuera. ¿Existe alguna vivencia personal que
te ayudó a transmitir todas las emociones nacidas de esa retención de las
palabras?

—A mí me encanta hablar, y me encanta escuchar, y amo y respeto las palabras, entonces necesito al silencio para hacer el circuito completo. En mi cotidianidad practico esa oscilación: por ejemplo, doy una clase de dos horas con un entusiasmo desmedido y después me convoco al silencio más reparador. En un mundo de tantísimo ruido, es necesario. Por eso acudo a retiros y también los organizo: son lugares donde encuentro mesura, el silencio me devuelve coherencia y ganas de continuar. 

—También las pérdidas y los duelos son cordones que van entrelazando las
páginas de esta historia, hasta que llega el alivio. ¿Pudiste sentir ese alivio al
otorgarle el aire necesario a la narradora?

—Ay, sí. Yo creo que a la protagonista le llega el alivio, primero, porque reconoce el dolor, y después, porque le pone el cuerpo. Más que otorgárselo yo, ella se lo ganó. Y a mí, canalizar mis duelos a través de las palabras, me resulta profundamente aliviador.

—¿Hay una nueva medida del tiempo después de escribir “La Mesura”?

—Absolutamente. Soy mucho más consciente de mi tiempo. Esta novela nace de la necesidad de respetar el pulso de la vida, de vivir minuto a minuto, sin dar nada por sentado. Lo bueno y lo malo. Creo que existir es un arte y que hay una inteligencia enorme en intuir cuándo detenerse es parte de avanzar, y cuándo hay que arrancar aunque todo el cuerpo te cuente que quiere frenar.

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Literatura

Josefina Licitra ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela “Crac”

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La periodista y escritora argentina Josefina Licitra ganó el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2026 por su novela “Crac”, una obra de no ficción que explora la ruptura del vínculo con su padre y sus consecuencias sobre la memoria, la identidad y la escritura. El reconocimiento, dotado con 15.000 dólares, será entregado el próximo 2 de diciembre durante la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, en México.

La autora, nacida en La Plata en 1975, fue elegida por unanimidad entre 135 postulantes de doce países. El jurado destacó su capacidad para transformar una experiencia autobiográfica en una reflexión literaria sobre el duelo, el desarraigo y los vínculos familiares.

“Crac” reconstruye el distanciamiento de Licitra con su padre, quien se exilió en Europa en 1978 y dejó de hablarle durante años por motivos que ella desconocía. Ese silencio también afectó su relación con la escritura, hasta convertirse en el punto de partida de una novela que combina recuerdos personales, investigación y recursos narrativos.

“‘Crac’ es un libro íntimo, doliente, un poco impúdico. Y fue escrito desde la incertidumbre”, expresó la autora tras conocer la distinción, que recibió con sorpresa, felicidad y alivio.

El jurado valoró especialmente el manejo de diferentes registros narrativos, el sentido del humor y el tratamiento del desarraigo. También destacó la estructura de la obra, que permite convertir una experiencia personal en un relato literario.

Licitra cuenta con una extensa trayectoria en el periodismo narrativo. Entre sus libros figuran “Los imprudentes”, “Los otros. Una historia del conurbano bonaerense”, “El agua mala” y “38 estrellas”. Actualmente dirige la edición de la revista de narrativa “Orsai”.

Con este reconocimiento, se suma a otras escritoras argentinas distinguidas con el Sor Juana Inés de la Cruz, como Tununa Mercado, Claudia Piñeiro, Camila Sosa Villada y Gabriela Cabezón Cámara.

El premio, creado en 1993, reconoce novelas escritas originalmente en español por mujeres. En esta edición, el jurado también otorgó una mención honorífica a la boliviana Giovanna Rivero por “Alma oscura del alba”.

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Textos para escuchar

El tiempo que nos une – Alejandro Palomas

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Alejandro Palomas lee un fragmento de su novela El tiempo que nos une


Es un vacío, un tropezón de aire que se te atraganta en los pulmones cada vez que respiras. Como un pellizco, a veces suave, a veces agudo y a traición. No es ni un antes ni un después. Es lo que no habrá de llegar. Sueños no articulados por falta de tiempo, no de imaginación. Es un crujido en el alma, eso es exactamente: el momento en que sabemos que tenemos alma porque la hemos oído crujir.
Es la muerte.
Es la muerte de una hija.
Es la muerte de una hija cuyo cadáver nunca apareció, empotrándome contra la peor de las preguntas: «¿Y si no? ¿Y si no fue? ¿Y si no fue y sigue viva en alguna parte?».
Es invocarla en secreto.
Es no bajar nunca al mar por miedo a ver entre las rocas alguna señal, algún rastro de ella.
Es seguir nadando de espaldas contra las olas, a ciegas, sin miedo a tocar lo intocable. Aprender a vivir con un jadeo de angustia al despertar por la mañana. No está. Mi hija no está. Salió a navegar y desde entonces no existe. ¿Qué madre se conforma con eso? Helena y su ausencia. Yo no sé hablar de muerte. Helena no está.
Está ida.  Literalmente. Exactamente.
Me dijeron que era más fácil así. Que si hay que perder a un hijo, más vale que sea de golpe, desde lo inesperado, que no haya tiempo para predecir, que el dolor no logre hacerse hueco entre él y tú por la puerta de la enfermedad. La muerte de un hijo es inexplicable. Ningún padre es capaz de imaginarla, por mucho que te la cuenten, por mucho testimonio y mucha confesión en primera persona que intenten hacerte llegar. No es posible. No es pensable. Incapacita la mente.
Si es accidente, el tiempo se paraliza y la vida se te cae de las manos como una hucha medio llena, estampándose contra el suelo, hecha añicos. Dedicas el resto de tu tiempo a pegar trozos, montando un rompecabezas inmenso sobre la mesa del salón mientras lo que queda va devolviéndote poco a poco una cara que no reconoces, que no te interesa.
Si es enfermedad, el tiempo gasta y mancha, matando a contrarreloj.
Pero si es accidente y no hay cuerpo que velar, queda siempre la imaginación. Sólo una madre de un hijo ausente lo sabe: la combinación trenzada de duelo, ausencia e imaginación crea monstruos.
Un día, hace un par de años, después de oírme hablar por teléfono con Helena, Flavia me dijo que lo que más envidiaba de mí era la relación que tenía —y que tengo aún— con mis hijas.
—Sobre todo con Helena —añadió, un poco a disgusto, torciendo la mirada para que no pudiera verle los ojos.
Sonreí al oírla hablar así. Quién me iba a decir a mí veinte años antes que mi niña mayor, ese iceberg de ojos blancos y manos de alambre que durante tanto tiempo me había convertido en el espejo de la peor de sus sombras, era, desde las dos semanas que habíamos pasado juntas en Berlín, mi mejor amiga.
—Qué extraño, ¿no? Con lo mal que os habíais llevado siempre —continuó Flavia, como no hablándole a nadie—. Y de repente, así, sin más…
Sin más. Claro. Cómo no.
Sin más no, Flavia.
Helena nunca me perdonó como madre. Probablemente, a su edad era ya consciente de que nunca aprendería a hacerlo. La madrugada en que la llamé a Berlín y me dijo que estaba embarazada, no supe oír lo que no me estaba diciendo. «Lía», eso fue lo que dijo. Lía. Mi hija decidió entonces rebautizarme con mi propio nombre y despojarme del papel que no había sabido representar para ella. Incapaz de dejar de odiar a su madre, tenía que cambiarla por otra, había que matarla para dejar entrar a Lía, para dejarme entrar.
Porque no hay hija capaz de pedirle a una madre que la ayude a deshacerse de su bebé. Ni siquiera cuando corre peligro su vida.
A una amiga sí. A Lía sí.
Sin más no, Flavia.
La ayudé, claro.
Muerta la madre, llegó la amiga. No hubo nada que perdonar. Ningún reproche. Lía y Helena. Nos reinventamos. Supimos hacerlo y funcionó. Nadie lo entendió.
Y Martín empezó a odiarme.
Desde hace meses vivo convencida de que es imposible entender la muerte de alguien como Helena. Imposible concebir la existencia de un ser como ella. Hay personas así, es cierto. Son pocas y parecen demasiado humanas, de vida demasiado grande para la pequeñez de lo vivido. Ésa era Helena. Cuando hablabas con ella, tenías la sensación de estar compartiendo unos minutos preciosos con alguien que había llegado a la vida aprendida, con las cartas marcadas, siempre dispuesta a darte una lección con esa alegría que a mí me robaba el aliento y con esas verdades generosas y a bocajarro que te arrugaban el corazón y de las que ella ni siquiera era consciente.
Desde que se fue, ya nadie me llama Lía. No con su voz. No desde un aeropuerto entre el rebote de voces aburridas de las azafatas de tierra anunciando vuelos. Desde que se fue, no consigo encontrarme la mía. Mi voz. La de la amiga.
“Mala mar. Hija de puta”, me oigo pensar con una sonrisa de vergüenza, apartando en seguida los ojos de una enorme vela blanca que cruza el horizonte más cercano y que no tarda en perderse cielo adentro. Una vela. Ocultándose tras el faro.
—Mala mar. Hija de puta —susurro sin darme cuenta mientras partimos y vamos alejándonos poco a poco desde el pequeño embarcadero rumbo a la isla.

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