Historias Reflejadas
“Memorias enraizadas”
Memorias enraizadas
Soltar la patria es avanzar caminando las raíces que nos atan a lo nuestro, es rescatar en el exilio aquello que nos pertenece y huele a propio.
Soltar la patria es dar pasos inciertos, encadenados a un pasado que se desdibuja en el recuerdo, cargando los miedos que habitan como fantasmas en las almas sin tierra.
Soltar la patria es buscar en los bolsillos de la memoria aquello que nos construye más allá de las distancias y de las diferencias. Es encontrar los sabores y los olores que anidan en nuestra esencia, es trascender los dolores y rescatar la savia que nos recorre por dentro. Es reinventarse en las palabras que mutan y se mezclan con lenguas lejanas, para crear un lenguaje nuevo, sin raíces, donde lo propio se esfuma en lo desconocido.
Soltar la patria es llevar como único documento una caricia, un poncho, o una foto, que hayan logrado sobrevivir a la guerra y trascender la sangre para mantener viva la identidad de los pueblos.
Soltar la patria es permitir que su savia siga viva, que recorra las generaciones futuras para que cada una de ellas sea capaz de enraizarse, de abrazar la historia y de mantenerla viva en la memoria.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia: “Con el corazón al sur”, de Gabriela Exilart; “Malón de amor y muerte”, de Graciela Ramos; “Mulatos”, de Cristina Validaquis; y “Los paraísos perdidos”, de Fernanda Pérez.
Historias Reflejadas
“Gotas superpuestas en el viento”

Gotas superpuestas en el viento
Una lluvia imprevista se derrama sobre la existencia, gotas sobre gotas reiteran las palabras escondidas en los bolsillos del tiempo.
El viento, orgulloso y traicionero, arrastra la quietud de lo cotidiano y desata una tormenta que se enreda en los túneles de la memoria.
Gotas sobre gotas, atrapadas en los instantes injustos, forman un collar que aprieta las horas y las transforma.
En las fronteras del miedo se escuchan las voces de un pasado que pesa y que se une a los latidos de un presente mudo. Sólo es posible escapar.
Gotas sobre gotas limitan la vida de aquellos que corren contra los huracanes del destino.
Ráfagas furiosas de emociones que viajan a lo largo de la historia, se aquietan en el punto exacto en el que la lluvia susurra la calma.
Después de las tormentas, es posible retomar la ruta de los sueños, entregarse al murmullo del agua suspendida en el paisaje y decidirse a flotar sobre los recuerdos para evitar el naufragio.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia: “Después de la tormenta”, de Ana Emilia Moglia; “Hijos de la tormenta”, de Luis Carranza Torres; “Los que corren contra el viento”, de María Correa Luna; y “Las tormentas”, de Santiago Craig.
Historias Reflejadas
“Los sapos sueltan historias”

Los sapos sueltan historias
Los sapos del mundo habían hecho silencio. Con sus ojitos curiosos espiaban desde un agujero sin tiempo. Sus patas, preparadas para saltar en el momento oportuno, se aferraban a la tierra. Sobre su piel rugosa se ocultaban historias, de sapos, por supuesto.
Cuentan que una primera palabra, atrapada en la boca de un renacuajo recién nacido, se estiró, creció y se multiplicó hasta formar una burbuja de cuentos que flotaron en el agua. Eran los cuentos que habitaban el mundo de los sapos y que se escondían en sus lenguas pegajosas para adherirse al paisaje y así rodar entre amigos, de boca en boca, entre moscas y mariposas.
Sucedió desde el principio, cada vez que la línea del agua se fundía con la línea de la tierra, en el instante en el que la existencia de estas criaturas se prolongaba mucho más allá. Era en ese segundo preciso cuando los relatos pasaban de nadar entre colas y branquias, para asentarse en los bosques, en los montes, en el barro o en los charcos, donde la vida volvía a comenzar y recuperaba el sabor de las vivencias compartidas.
Ahora todos ellos, los habitantes de la tierra, se preparaban para dar el gran salto. Alguien decidió croar, apenas un murmullo de sapo impaciente comenzó a hilvanar una canción en el mutismo del paisaje. Los sonidos despertaron a las palabras guardadas en los huecos oscuros. Las historias avanzaron y se enredaron entre los oídos de otros animales, que no pudieron evitar contar lo que antes habían escuchado.
Los sapos del mundo habían hecho silencio. En los rincones de los libros, escondidos entre sus páginas, se disponían a saltar para dar comienzo a una gran suelta de historias.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia: “El carnaval de los sapos”, de Gustavo Roldán, con ilustraciones de Raúl Fortín; “A la sombra de los paraísos”, del libro “Cuentos de la buena suerte”, de María Cristina Ramos; “Cuentos del sapo”, de Graciela Montes con ilustraciones de Gustavo Deveze; y “La pelea del sapo y el tigre”, del libro “Historias que cuenta el viento”, de Liliana Cinetto con ilustraciones de Viviana Brass.
Historias Reflejadas
“Telaraña de historias”
Telaraña de historias
Las agujas del reloj del cosmos avanzan sin cansarse y en ese devenir de horas todo lo unen, aún aquello que pretender separar.
Cada cosa sucede en el momento exacto, en la sabiduría del tiempo que siempre repara. De repente lo malo se convierte en bueno y aquello que se encuentra perdido, es de pronto un encuentro sublime.
Huecos de dolor transformados en caricias, guerras sin sentido que resignifican a muchos, hambre que es cosecha, penas que son alegrías y maldiciones encerradas que se liberan en bendiciones.
Mujeres guerreras entregadas con pasión a luchar por aquello que aman. Guerreros cansados, desdibujados como fantasmas, hombres enceguecidos de poder convertidos en estatuas.
Unas y otros entrelazados por los hilos que se reciclan en instantes eternos. Lo que termina da comienzo a lo siguiente y de esta manera se cumplen los designios de los dioses.
Historias atrapadas en el constante latir de segundos continuos, interminables y eternos, conectan a la humanidad en una telaraña de sueños pasados que se hacen visibles en el presente buscando un futuro.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia: “Una mujer de fin de siglo” de María Rosa Lojo, “Lágrimas de revolución” de Graciela Ramos, “El relicario” de Ernesto Mallo y “El sacramento” de Fernanda Pérez

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