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Entrevistas

Lucía Moccia: “Prefiero que la música logre expresar todo lo que una situación me esté generando”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Algo se suelta, las letras desprenden el sonido, crece la música sobre las palabras, precipitan, riegan la tierra reseca, son notas transmutadas, vientos sonoros, en el aire, en las manos que se abren, siembran, cosechan, se mimetizan con el paisaje.

Lucía Moccia es música, clown y actriz, su voz y la guitarra criolla son hilos que se proyectan en el paisaje, tejen otras realidades, más allá de las palabras.

En diálogo con ContArte Cultura la artista cordobesa radicada en la ciudad de La Plata cuenta sus vivencias en el camino del arte y nos habla sobre su obra.

—Para comenzar esta charla vamos a poner en tus manos una caja imaginaria donde permanece escondida la estrofa de una canción. Te pedimos que la abras, que te detengas en los detalles que percibís y que nos digas qué tienen que ver con vos esas palabras que ascienden y se sueltan.

“Desaprender lo que creo haber aprendido, confiar en las ideas, cuestionar el nido. Que tu arte se empobrece al compararse lo se…” Adrián Berra

—Esta estrofa, y particularmente la última frase, estuvo resonando en mi durante mucho tiempo. Me hizo un click porque muchas veces me encontré comparándome con otres artistas y así coartando mi creatividad. Desde que la escuché, la tarareo cada vez que me descubro de nuevo en esta situación, para recordar la importancia de algunas cosas. Creo que no somos ajenas a los mecanismos de comparación y competencia que genera el sistema capitalista. Estamos bombardeades de falsos exitismos, que buscan empobrecernos para hacernos llegar a un estereotipo de artista que, además de ser individual, se torna inalcanzable para las grandes mayorías. Cuando logré dejar de compararme con otres y encontrar en mí un camino único, como el que cada ser tiene para sí, entendí que la real satisfacción está en comprometerse con el propio camino artístico, indagar y trabajar mucho en ello. Tenemos que luchar diariamente contra estos fantasmas, externos e internos, pero creo que cuando nos volvemos genuines en nuestra expresión empezamos a estar mucho más segures de nosotres mismes y logramos compartirnos con mayor generosidad. Desde esta perspectiva encaro todas mis composiciones y así disfruto de sus procesos, aunque a veces puedan tener momentos frustrantes o no tan lindos. Si bien obviamente busco un criterio estético en las canciones, no es en lo que más me interesa indagar. Prefiero que la música logre expresar todo lo que una situación, vínculo, sentimiento, etc., me esté generando, hasta incluso que me divierta y que rompa mis propias estructuras; que logre expresar algo que también a otres les pueda hacer bien escuchar; que genere cosas, que nos mueva adentro.

—Si pudieras volver el tiempo atrás y detenerte en el instante o en los días en que sentiste que el arte sería parte de tu vida, ¿qué objetos simbólicos veríamos en la foto de ese momento?

—Disfraces, CD’s y casetes de María Elena Walsh, Joaquín Sabina, Estopa, Manu Chao e Ismael Serrano. Una escenografía armada de papel crepe, plantas y muñecos en la habitación de una niña, y algún grabadorcito de casete encendido por ahí.

—Distintas ramas del arte son parte de vos ya que transitás el camino de la música, pero también del teatro y la expresión corporal, ¿cuál es el punto de contacto de estas disciplinas que te permiten explorar las emociones desde el cuerpo y desde la voz?

—Encontré que el punto de contacto entre estas disciplinas se llama “Cuerpo escénico”, a partir de ahí se desprenden muchísimas cosas en relación a la percepción de las emociones en las que sigo investigando. Pero creo que las que hoy pueden sintetizar un poco de todo esto son: la mirada, la presencia y la proyección. La mirada de le artista hacia el público y hacia sus compañeres de escena, pero también la mirada del público hacia le artista, la percepción de esta es fundamental; la presencia es una de las mejores herramientas que creo que brindan el teatro y la expresión corporal para quienes venimos más del palo de la música, poder “estar” presentes en escena y habitar allí todo lo que sucede, ya sea emociones, estados corporales, sonidos, miradas… es verdaderamente un regalo porque nos permite conectarnos con el disfrute; la proyección es una herramienta del teatro, y también del canto, que se vincula mucho con la presencia, tiene que ver con “crecer” en escena, con ocupar todo el espacio y actuar en relación a él. Se nota mucho cuando une intérprete musical tiene en cuenta estas cuestiones, ayuda a que el público pueda entrar en su viaje y ahí es cuando la escena se completa.

—¿De qué manera vivís el proceso de componer tus canciones? ¿Qué cosas cotidianas se convierten en disparadores de un tema?

—Últimamente mis disparadores fueron la naturaleza, el silencio y el vacío. Creo que tiene que ver con estos años de pandemia, hay algo de la contemplación que se modificó. La eliminación de estímulos externos aportó mucho a eso. Las emociones fueron y siguen siendo otra gran fuente de inspiración. La acción catártica y la canalización de las mismas a través del arte es un proceso terapéutico que recomiendo enormemente transitar. Los vínculos son otra fuente, poder verlos con conciencia y desde la convicción de que todo lo que es afuera es adentro y viceversa. Por último, el trabajo diario, el regar cada día un poquito las obras como si fueran plantas, las que si no las regamos se mueren. “Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando” es una sabia frase de Pablo Picasso que me gusta compartir siempre que se habla acerca de la inspiración y los procesos creativos.

—¿Cómo viviste la experiencia de revivir un repertorio de tango hecho por mujeres de los años ‘30 y ‘40?

—Fue bellísimo, primero porque el motor fue un viaje a Europa con mi familia. Antes de partir ya tenía organizadas varias fechas en las que decidí trabajar específicamente un repertorio de tango. Entonces, gracias a la ayuda de un familiar, comencé a tomar clases con Edgardo González, un gran guitarrista y docente. Al momento de elegir el repertorio, no me sentía identificada con ninguna letra por su impronta machista. Fue por esto que me puse a indagar en mujeres tangueras y encontré que muchas de ellas firmaban con seudónimos masculinos para poder presentar sus canciones, así que de algunas se perdieron los registros. Pero conocí a las grandes referentas de los años ‘30 y ‘40 que me influenciaron e inspiraron mucho: Rosita Quiroga, Azucena Maizani, Tita Merello, Ada Falcón, entre otras. No sólo por sus brillosas voces y talento sino también por sus historias de vida. Además, ese año descubrí una banda de tango hecho por mujeres, contemporánea a mí, llamada China Cruel (de la cual recomiendo escuchar todo su material porque no tiene desperdicio alguno). Las letras y músicas, escritas y compuestas por su directora Verónica Bellini, tocan temáticas actuales y desde una perspectiva netamente feminista. Con todo este combo fue que armé este espectáculo tanguero para viajar.

—¿Qué otros géneros musicales vivenciaste a lo largo de tu carrera?

—Vivencié varios géneros. De atrás para adelante les cuento que comencé tocando la flauta traversa en una banda de folklore tradicional. Luego llegó a mí el flamenco fusión y más tarde el flamenco más puro, que fueron mis grandes escuelas. Creo que el flamenco es uno de los géneros que más me ha influenciado por su pasión e interpretación y su función social. Pasé también por una banda de funk tocando la traversa que me influenció mucho. Además, candombe y murga uruguaya, sin contar el tango antes mencionado. En los últimos años me dediqué a conformar dúos y tríos del género canción, perfilando la búsqueda hacia la canción de autora que es a lo que me estoy dedicando ahora.

—¿Cuál creés que es el instrumento musical con el que te sentís identificada?

—La voz.

—¿Cómo llevaste adelante la producción de tu primer vídeo clip “Amiga mía” y quiénes colaboraron en ese proceso?

—“Amiga mía” fue un canto a la amistad literalmente. En plena pandemia, dónde decidí comenzar a “profesionalizar” mi arte, le escribí a una vieja amiga de la secundaria llamada Sol Janik, quien después de la escuela se había dedicado al cine. Gracias al primer confinamiento obligatorio pude apreciar los excelentes trabajos que Sol había realizado a lo largo de su carrera y recién estaba subiendo a YouTube. Fue entonces que ella aceptó con alegría mi propuesta de trabajar juntas. Sol vive en la Ciudad de Buenos Aires y mantuvimos largas charlas por medio de WhatsApp creando muy de a poco esta producción. Estábamos en pleno 2020 con todas las incertidumbres y angustias sociales y personales, nos fuimos acompañando en todas esas, con nuestros altibajos. Paralelamente, en la Acustisala (un estudio de grabación autogestiva) con Matías Fagés fuimos grabando la canción en la que participaron Josefina Merlino en guitarra y voces y Nataly Ayala en percusión y voces. Luego Pablo Formica fue quien hizo la mezcla y masterización. Finalmente, a finales de noviembre, ampliamos el grupo de amigas y las reunimos a todas en la casa de dos de ellas. Por un lado, las platenses en la puesta en escena y por otro las porteñas, Sol junto a dos amigas más de la secundaria se encargaron de la producción y el detrás de escena. En medio del rodaje se nos cortó la luz, ¡nos pasó de todo! Pero fue alta jornada y resultó maravillosa, llena de encuentro, frescura y amistad. Eso creo que es lo que más se ve reflejado en el video.

—Estás presentando tu primer EP “Abrir más”, que atraviesa géneros bien distintos, ¿qué líneas conectan musicalmente a los seis temas que lo constituyen?

—Las líneas que conectan los seis temas son la sonoridad de la (guitarra) electro criolla y mi voz. Por otro lado, que todas hablan de procesos profundos, de trasmutación vincular e interna. Por eso se llama “Abrir más”: abrir más el corazón a todo esto que es y que fue, por mucho más que vendrá.

—¿Cuáles son los proyectos de Lucía Moccia para el 2022?

—Quiero generar una obra que fusione el clown y la música. También durante este año estuve trabajando en la composición de algunas “micro-canciones” que me gustaría grabar en un tercer material discográfico en 2022. Y por último estoy realizando una investigación sobre el cuerpo escénico en intérpretes musicales que desprenderá para el año que viene varios talleres y experiencias de producción colectiva bien interesantes.

—¿Dónde pueden encontrarte aquellos que deseen conocer tu música? —Mi Instagram es @luciamocciamerchan, ahí hay algunos videítos que no están en otros lados y además pueden enterarse de las próximas fechas. También pueden escuchar mi música en Bandcamp, YouTube y Spotify, aunque el disco de “Tangos” está solamente en la primera.

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Julieta Fajardo cuenta “La flor que extrañaba el sol”, un musical que abraza el mensaje de la amistad y la solidaridad

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Una sombra se expande sobre los pétalos, tapa los últimos rayos de sol. No hay luz y el espíritu de la flor se arruga hasta que una voz decide rescatarla y las palabras se multiplican, como si las sombras no fueran ciertas.

“La flor que extrañaba el sol” es un musical galardonado con tres premios Atina por su coreografía, vestuario y diseño de iluminación.

La dramaturgia es de Julieta Fajardo, la música de Mariano Gora, la coreografía de Miranda Sonzini, bajo la dirección de Camila del Río.

Contarte Cultura charló con la autora y productora general para conocer los detalles de un espectáculo que puede disfrutarse de manera virtual durante las vacaciones de invierno.

—Vamos a comenzar esta charla poniendo la mirada en un  personaje del que se desprende la trama de esta obra: la flor. ¿Qué disparadores de la vida cotidiana te ayudaron a dar vida a “La flor que extrañaba el sol”?

Julieta Fajardo, autora de la obra

—Antes de convertirse en musical, esta historia de una flor urbana y los amigos que la ayudan a tener una vida plena, fue un cuento. Lo escribí en 2020, cuando la pandemia nos obligó a encerrarnos en nuestros hogares y a estar separados por largo tiempo de nuestros afectos: familiares y amigos. A pesar de la separación física, la unión (aunque a la distancia) con nuestros seres queridos y el apoyo mutuo fue lo que nos ayudó a enfrentar la adversidad y salir adelante. De ese contexto de encuentros imposibles, extrañando los abrazos y los besos a los que estábamos tan acostumbrados, nació el cuento infantil “La flor que extrañaba el sol”, como un ejercicio literario que reivindicaba la empatía, la amistad y la solidaridad como pilares de la felicidad. En él, una pajarita, una gata, un perro y un chico se unen para ayudar a una flor triste y solitaria y, en el proceso, las vidas de todos mejoran porque, desde aquel momento, saben que se tienen mutuamente y que podrán seguir contando los unos con los otros, en las buenas y en las malas. Al poco tiempo de escribir el cuento, surgieron las canciones con las que cada uno de los personajes relataban sus respectivas historias y sus circunstancias y, a partir de allí, el texto dramático de la obra musical brotó sin pausa. La literatura, el teatro y la música son expresiones artísticas que me apasionan desde que tengo memoria. Afortunadamente, nunca perdí el amor por la literatura y el teatro de mi infancia y el hecho de convertirme en madre me llevó a redescubrir los cuentos, las novelas y las obras musicales que tanto disfruté en aquel entonces y volver a emocionarme. Fue así como el aislamiento, el apoyo recíproco con los afectos, mi reconexión con la literatura, el teatro y la música de mi infancia -durante ese 2020 tan extraño y difícil-, y la necesidad de transmitirle a mi hijo los valores que considero más importantes de una manera alegre y divertida, se combinaron en mí y derivaron, inevitable y afortunadamente, en la escritura de mi primer obra musical dirigida a la niñez. Además, en ese contexto, sin poder salir a caminar todas las mañanas por mi amado parque Saavedra como solía hacerlo antes de la pandemia, yo misma me sentía un poco como una flor cubierta por la sombra, extrañando el sol y “sin poder hacer la fotosíntesis”, tan necesaria para revitalizar cuerpo y alma.

—Y es esa flor la que pone en movimiento la historia, ¿cómo viviste el proceso de construir a los otros protagonistas que en conjunto harán avanzar este musical?

Del 18 al 31 de julio. Entradas: $1200 IG y FB: @laflorobra

—Antes de tener armada la historia tenía en claro que quería hablar de la importancia de la amistad, los afectos, la empatía y la solidaridad. No se puede vivir plenamente estando aislado. Lo malo se hace más llevadero cuando se comparte, y lo bueno se vive más intensamente, como cuando te reís en compañía y la risa de uno contagia al otro y se va haciendo cada vez más potente hasta que todos terminan llorando a carcajadas. Se me ocurrió pensar en una historia sencilla donde los personajes armaran una especie de “cadena de favores” a partir de la cual, ayudando a otro, terminan beneficiándose todos. Para que no se me olvidara esta idea y seguir trabajándola con el correr de los días, en la pizarra de mi oficina dibujé rápidamente una flor seguida de una flecha que señalaba a un pajarito, seguido de otra flecha que señalaba a una gata, seguida de otra flecha que señalaba a un perro, seguido de una última flecha que señalaba a un chico que vivía en un edificio. Sabía que iba a ir presentando los personajes de a uno y que, de a poco, se unirían para ayudar a la flor y terminarían haciéndose amigos y siendo todos más felices. Quería que los personajes fueran animales urbanos que, además de ayudar a la flor, colaboraran para que el adolescente de la historia, enajenado por la ciudad y la tecnología, volviera a conectar con su entorno y consigo mismo. Hasta hace muy poco había igual cantidad de animales que humanos en mi hogar familiar -dos gatos y una perra y tres personas-, así que era lógico que los personajes que ayudaran a la flor (como representante de la naturaleza) a conectar con Mateo (el adolescente urbano de la historia) fueran una gata y un perro, además de un pajarito que uno puede encontrar en cualquier plaza de Buenos Aires.  

—Son esos personajes los que se unirán por un objetivo en común: rescatar a la flor de la sombra. Si pudieras elegir una palabra que resuma la temática principal de esta obra, ¿cuál elegirías y por qué?

—Es difícil elegir solo una. Diría amistad y solidaridad, aunque la segunda se desprende de la primera, ya que creo que los verdaderos amigos deben ser solidarios entre sí o al menos eso espero. Como dije antes, la vida de estos personajes se enriquece al conocerse, acompañarse y ayudarse mutuamente. Todos son más felices por tener a los demás.

—¿Qué te gustaría destacar de la escenografía y del vestuario?

—La escenografía, con diseño de Pablo Calmet y realización de Hernán Todisco, es bastante gris y despojada. La idea era representar un paisaje urbano de edificios y que la vida estuviera dada por los animales y la flor, que se apropian de ese paisaje y resisten a pesar de la falta de sol y la indiferencia humana. El hecho de utilizar una tarima con escaleras a ambos lados favorece el juego de los personajes principales y las gatas del ensamble en diferentes niveles. El espectador siempre tiene algo interesante para ver, más allá de los personajes que estén llevando la acción principal en cada momento. Siempre hay una gata estirándose, acechando a la pajarita o desplazándose de un nivel a otro. El vestuario de Anastasia Meier -ganadora de un premio Atina por su labor- es sencillamente hermoso. Usando telas en capas, con diferentes texturas y colores, mediante un trabajo muy detallista y artesanal, contribuyó a darle vida a los personajes, cada uno con un estilo propio y único. 

—¿De qué manera interactúa la música con las actrices y actores en escena?

La música de Mariano Gora -integrante de “Vuelta Canela”- fusiona diferentes géneros como el tango, el blues, el rock, el jazz y la cumbia con el pop y los ritmos urbanos, para acercar a los espectadores el mensaje de la obra a través de un sonido con el que puedan sentirse identificados tanto chicos como grandes. La coreografía de Miranda Sonzini -galardonada con un premio Atina por su trabajo- logra que los personajes se apropien de los diferentes estilos musicales para narrar sus respectivas historias, transmitiendo sus emociones en cada caso, y que la acción avance de forma dinámica, emotiva y sumamente entretenida. A medida que la historia avanza y los personajes unen sus voces y sus movimientos, las canciones y las coreografías van creciendo y haciéndose cada vez más potentes y emocionantes. Esta emoción se percibe en los sonidos que emite el público, que suspira aliviado cuando los personajes superan sus obstáculos, se ríe, y acompaña cada canción con palmas y moviendo los pies al ritmo.

—La iluminación también es fundamental para contar esta historia de luces y de sombras, ¿cómo trabajaron para lograr transmitir emociones a través de los juegos lumínicos?

—El diseño de iluminación estuvo a cargo de Daniela García Dorato, también acreedora de un premio Atina muy merecido. Junto con el vestuario, la iluminación es uno de los medios que utilizamos para darle color y vida al paisaje urbano gris y despojado. Mediante los juegos de luces se potencian las emociones transmitidas por los personajes mediante la música, el canto y la coreografía. Además de enriquecer la acción dramática, el diseño lumínico también sirve para diferenciar el espacio del cantero, donde la flor sufre cubierta por la sombra, del espacio del parque, donde el sol baña todo y la flor puede vivir plenamente rodeada por sus amigos. 

—¿Quiénes participaron en el diseño de la imagen que representa el espíritu del espectáculo?

—La propuesta estética y de puesta en escena es de la directora, Camila del Río. Como productora general, yo participé activamente en la toma de decisiones de varias áreas, sobre todo en lo que respecta al vestuario y la música (la mayoría de las melodías de base son mías), pero fue Cami quien, junto a los responsables de cada rubro, se encargó de construir el universo de “La flor que extrañaba el sol” para llevarlo a la escena. Y, desde mi punto de vista, hizo un excelente trabajo. Con Cami charlamos mucho respecto a cómo cada una se imaginaba la puesta y ella siempre tuvo bien en claro que quería que la estética urbana lo atravesara todo, desde la escenografía y el vestuario hasta la música y las coreografías. Desde un principio me encantó su visión y, cuando finalmente la vi cobrar vida sobre el escenario, me alegré mucho de haberla convocado como directora. No sólo supo concretar lo que había imaginado, sino que superó mis expectativas.

—¿Hay algo más que te gustaría destacar de esta obra?

—Sí, que además de los rubros señalados hasta acá (diseño y realización de escenografía, vestuario, música, coreografía, iluminación y dirección), el gran equipo que supimos construir se completa con: Roberto Lachivita en la producción ejecutiva, asegurándose de que no falte ni falle ningún detalle; Camila Sebio en coaching actoral, ayudando al elenco a conectar con el aspecto animal de sus personajes, y publicidad en redes; Brenda Surijon, colaborando para transformar las expresiones de los actores y actrices en las de sus respectivos animales; María Sol Frisardi en diseño, creando nuestro hermoso banner oficial y toda nuestra gráfica publicitaria; Melany Mosquera en fotografía, capturando con su lente cada momento de nuestra obra con una magia especial; y un elenco de jóvenes actores, cantantes y bailarines de lujo con Malena Ramos (La flor), Sofía Mangiaterra (Casimira), Ana Fay (Ágatha), Facundo Furque (Beto) y Leroy Barrera (Mateo), Paula Stiepovich (gatita beige), Micaela Bergalli (gatita naranja), Sabrina Birmajer (gatita negra) y Sabrina San Román (gatita negra y blanca).

—Para terminar, ¿dónde y cuándo se podrá disfrutar de “La flor que extrañaba el sol”?

—“La flor que extrañaba el sol” se podrá ver de manera online durante todas las vacaciones de invierno. Pueden adquirirse las entradas anticipadas ingresando a este link: https://la-flor-obra.eventbrite.com.ar y, a partir del lunes 18 de julio hasta el domingo 31 de julio, van a poder disfrutar de nuestro amado musical, a través de cualquier dispositivo.

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Artes Plásticas

Ana Luisa Stok: “Solo empapándome profundamente en el texto, puedo dejar nacer cada imagen”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini /

Hay palabras como líneas, rectas en el cielo, curvas en la boca, letras como vientos y hojas como rutas. Hay colores colgados de las ramas y pájaros que marcan el tiempo, al otro lado del horizonte, que llama, se corre, se vuelve agua en los cuerpos, línea y distancia.

Hay muchas maneras de narrar. Contar una historia a través de las imágenes no es tarea sencilla, cada ilustrador necesita conectarse con el mundo de las palabras para acercarse, desmenuzar los colores escondidos, saborear lo que no se ve para hacer foco en esa distancia y llegar al centro. A la esencia oculta de cada cosa.

Ana Luisa Stok sabe de líneas y de palabras, su arte atraviesa el lenguaje y llega allí donde convergen la voz y el silencio.

En diálogo con ContArte Cultura, la ilustradora nos acerca a su espacio creativo y cuenta sus vivencias en el mundo del arte.

—Existen muchas versiones de cada uno de nosotros, nuestros fragmentos en movimiento. Estamos hechos de agua y de tiempo. Para comenzar, y a modo de presentación, si pudieras representar en pocas líneas o en una palabra dibujada la versión actual de Ana Luisa Stok, ¿qué veríamos?

—¿Mi actual versión? Yo diría que estoy más madura, no paro de crecer en profundidad. Es un momento de satisfacción con mi obra.

—Y hablando de tiempo, ¿recordás en qué momento de tu vida descubriste tu gusto por el arte de “decir ilustrando”?

—En la adolescencia fue Platero y yo mi primer motor hacia la ilustración. Mi formación viene de las escuelas de Bellas Artes donde “ilustrar” no era una palabra muy valorada. A pesar de eso siempre me atrajo develar, sondear en las líneas de los textos para descubrir otras caras no tan visibles. 

—Si pudieras pintar en cuatro palabras tu espacio creativo, ¿cuáles elegirías para definir ese rincón donde nacen y se concretan tus proyectos?

—No importa en dónde viva, mi espacio siempre es una mesa cerca de una ventana rodeada de mis elementos de trabajo. Un lugar silencioso y tranquilo.

—¿Cuáles son las técnicas y los materiales con los que te sentís más cómoda trabajando?

—Pinceles, plumas y tintas. Acuarelas y agua. Papeles diversos para pintar y dibujar, así como viejos papeles pintados por mí que rescato y recorto dándoles nueva vida.

—¿Cuándo y cómo comenzó tu camino como ilustradora editorial?

—Mi carrera de ilustradora comenzó el día que decidí hacer un giro y pasar de “lo artístico” a “lo rentado” y lo más afín para mí eran los libros dentro del campo editorial. En esa época no había formación en ilustración y en mi primera entrevista con la editorial El Quirquincho me encontré con el diseñador gráfico Oscar Díaz, quien después de ver mi carpeta supo trasmitirme cómo era el proceso de ilustrar y secuenciar las imágenes. Al poco tiempo me encargó mi primer libro: ¿Qué le dijo? y otras preguntitas, de Carlos Silveira.

—¿De qué manera lográs conectarte con los textos que vas a completar con tus ilustraciones?

—Primero leo el texto, dos o tres veces. Luego me quedo en silencio por varios días para dejar que las imágenes surjan. Y es allí donde empiezan a ser parte de mi cotidiano, las espío y me espían. Se instalan, van naciendo y tomando forma.

—Seguramente desde la imagen es posible capturar y definir la esencia de los distintos personajes, ¿cómo llevás adelante ese proceso de darles vida y movimiento a los protagonistas de cada historia?

—Este punto se me une al anterior. Solo empapándome profundamente en el texto, siendo una con cada palabra, puedo dejar nacer cada imagen, sean personajes, objetos, climas o paisajes. Es un trabajo de inmersión profunda para luego poder generar las imágenes que salen de mi interior.

“Una versión de Dios”, el libro álbum que fusiona un texto de Liliana Bodoc con ilustraciones de tu autoría, atraviesa la temática del tiempo, ¿cómo viviste ese latido temporal en cada página dibujada? 

—Después de leer y releer pasé un período bastante largo donde fui investigando distintas técnicas y diferentes caminos expresivos. Por más que tengo larga experiencia de ilustrar textos alternativos y abstractos, me costó encontrar el camino, sentía mucha responsabilidad frente a tremendo texto.

—Y viajando hacia atrás, al momento de tu contacto inicial con ese universo de Bodoc ¿recordás cuál fue la imagen o las imágenes que se te representaron al leer el texto por primera vez?

—La primera vez que leí el texto me quedé sin aliento. Era tan poderoso, tan divino, que me asusté mucho. Cuando pude ver en mí alguna imagen, aparecieron brujas, madonas y cristos, aunque ninguna de esas imágenes sobrevivieron. Pasó tiempo hasta que un día pude hacer una síntesis y volcar sin respirar las imágenes de todo el libro, casi como lo vemos hoy publicado.


“Sin duda en Una versión de Dios hubo un encuentro con Liliana Bodoc de otra dimensión.

A Galileo, su hijo, le gusta decir, como en el prólogo, que este libro tiene dos madres, y realmente así lo siento.”


—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

—Actualmente estoy comenzando a trabajar un texto inédito de María Teresa Andruetto.

—Para terminar, si pudieras elegir una imagen que represente un deseo para los próximos meses, ¿Cuál sería?

—Sería un árbol de grueso tronco y gran follaje. Me veo trabajando, comprometida con un texto que me represente, que me conmueva y que me interpele.


Ana Luisa Stok

Es profesora Nacional de Dibujo y Pintura, egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, Argentina.
Ha participado con ilustraciones en diarios y revistas de circulación nacional como: Diario La Nación, Diario La Prensa, Revista Sur, Enoikos, Uno Mismo, Mutantia, Filofalsía, Contratapa, Club de Pensamiento, Todo Riesgo, Discursos Apasionados, Plena, Casi Ángeles y Argentina en la Danza.
Ilustró libros infantiles y juveniles en Argentina para: Editorial Sudamericana, SM, Quirquincho, Alfaguara, Estrada, Abran Cancha, De la Flor, Troquel, El Ateneo, Darim Publishing Korea, Goodmother Publishing House Korea, Del Naranjo y Guadal Argentina.
Libros para adultos en: Papeles de Coghlan, Arauco (USA), Sudamericana, Paidós, Espacio de Arte Amia y Grijalbo y Editorial Comunicarte.
Libros educativos en: Coquena, El Ateneo y Troquel.
Participó en muestras colectivas e individuales en Argentina, Estados Unidos, India, Colombia, Yugoslavia, República Eslovaca, Brasil, Berlín y Frankfurt.
Integra el Comité organizador de ADA (Asociación de Dibujantes Argentinos) que organiza muestras y jornadas en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Integra el Comité de profesionales de la Fundación el Libro.

Distinciones

  • 1972 Seleccionada para el Primer Salón Municipal del Tapiz – Museo “Eduardo Sívori” BuenosAires.
  • 1986 Semifinalista del Concurso Coca-Cola en las Artes y la Ciencias de Buenos Aires.
  • 1992 Ganadora del Concurso para Tapas de Ilustraciones de la Editorial Imaginarte de Buenos Aires.
  • 1999 Seleccionada para exponer en la XVII Internacional Bienal of Illustration, Bratislava, República Eslovaca.
  • 2000 Trabajo seleccionado para la exposición del IBBY Internacional, Cartagena de Indias, Colombia.
  • 2001 Seleccionada para exponer en la XVIII Internacional Bienal of Illustration, Bratislava, República Eslovaca.
  • 2002 Seleccionada para exponer en el X Salón Internacional de Dibujo para la Prensa Porto Alegre, Brasil.
  • 2005 Becada por la Fundación Sankriti Kendra, para el desarrollo de un proyecto artístico en Nueva Delhi, India.
  • En 2008 es seleccionada por la Embajada de India para exponer y es galardonada por su participación.
  • 2012 Fue convocada para participar del primer diccionario de ilustración de Latinoamérica. Publicado por SM-Méjico.
  • 2012 Fue invitada por la Geneseo State University of New York, USA a dar una charla sobre su obra.
  • 2015 Invitada a dar una charla “Maridaje de texto e imagen”, para ilustradores en el marco de la FIL de Guadalajara, Méjico.
  • 2015 Recibe, por sus ilustraciones, una mención especial de la Fundación del Libro de Buenos Aires.
  • 2016 Expone en Berlín y Frankfurt, dentro del proyecto “Ojalá”.
  • 2022 Recibe el premio de “Los destacados de Alija 2020-21” para el libro “Una versión de Dios” libro-álbum juvenil, de Liliana Bodoc y Ana Luisa Stok.
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Entrevistas

Juan Vila: “Hay que dejar que las canciones vayan creciendo y pidiendo cosas, ellas saben lo que necesitan”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini /
PH: Eduardo Emmi -foto principal-, Jenny Giraldo, Kiki Herrera //

Brotan sonidos, ascienden desde el fondo de la tierra, un murmullo de agua en las raíces, música en el pico de un pájaro solitario, muta, es un canto antiguo, primitivo, con aroma a madera y a viento; se transforma, emerge. Se abre la boca de una guitarra, los dedos pronuncian palabras, como una respiración, como una metamorfosis del paisaje.

El músico Juan Vila es un artista que se pliega en los pliegues de la realidad y del paisaje, bebe sus formas, se alimenta de la escucha, toma prestadas las voces y las palabras para transformarlas.

En diálogo con Contarte Cultura,el compositor e intérprete nos sumerge en sus creaciones e invita a recorrer la música de su último disco: “Axolote”.

—Comencemos esta charla volviendo la mirada hacia el animal que simboliza el espíritu de tu último disco: el axolote, un anfibio que conserva en su cuerpo rasgos primarios, como si estuviera a mitad de camino de su proceso evolutivo y, sin embargo, tan preparado para el cambio y la transformación. Para entrar en tu universo de música y creatividad y a modo de presentación, si pudieras elegir alguna de sus características que te represente como artista, ya sea desde lo corporal o desde lo simbólico, ¿cuál sería y por qué?

—Sin duda esa naturaleza metamórfica, el hecho de que el axolote (o axolotl como lo llamaban los nahuas) no asume una forma definitiva. Pero, y esto es lo más curioso, sólo vive en la cuenca de México. Es decir, se transforma pero al mismo tiempo está siempre en el mismo hábitat. Para mi esa es una metáfora biológica de lo que hago como músico: busco transformar constantemente los géneros que exploro, pero conservando el arraigo al lugar, a los territorios donde esas músicas fueron germinadas. Al mismo tiempo, yo me siento un axolote acá en la Ciudad de Buenos Aires, entre las paredes de mi casa. Entonces busco decir lo que pueda decir desde el lugar que habito. No voy a hablar de los cerros y el mar; voy a hablar del asfalto y del desmonte, ¿no?

—Y hablando de ese mundo propio donde la melodía es un puente que te conecta con todo lo que te rodea, ¿recordás de qué manera surgió tu primera conexión con la música?

—Mi madre tiene cierta teoría de que está en los genes, porque mi bisabuelo era violinista y pianista, también autodidacta. En mi vida, lo primero que recuerdo tener entre las manos para “hacer canciones” fue un pequeño teclado. Hacía canciones y las practicaba en mi habitación, para después mostrarlas a toda mi familia (¡paciencia no les faltaba!). Ya a mis 9 años estudiaba percusión con Santiago Vázquez, que era un vecino del barrio. Así que mi infancia musical fue con las percusiones, que nunca me abandonaron.

—En tus temas es posible percibir un verdadero diálogo entre varios instrumentos, ¿cómo vivís el proceso de ensamblar esas “palabras” hechas de sonidos con las letras de tus canciones?

—En mi proceso creativo, por lo general viene primero la música, y aun cuando tengo una letra, lo principal es, como decís, su musicalidad, su dimensión melismática. Después viene el esfuerzo de hacer que las palabras digan algo. A veces vienen solas, como en la Chacarera del Desmonte, que salió derechita. En otros casos, como en la Zamba sin nombre, tardé literalmente meses. Puentes donde hay muros, por ejemplo, tuvo letra un tiempo, hasta que me di cuenta que no la necesitaba… ¡y se volvió instrumental! Hay que dejar que las canciones vayan creciendo y pidiendo cosas, ellas saben lo que necesitan antes que uno mismo. Esto de componer “diferentes voces en diálogo” es algo característico de mi manera de hacerlo, quizás de escuchar tanto Inti-Illimani, que juega mucho con el contrapunto. Ahora que lo decís, mi primer disco, Pura Semilla, también tiene esta característica de un dúo de cuerdas conversando entre sí. Cuando orquesto las canciones con el ensamble, me gusta mucho que cada instrumento ocupe un espacio sonoro y se desarrolle en él.

—Seguramente también hay algún ritual a la hora de dar vida a cada una de esas letras, ¿cómo se manifiesta una canción en tu interior? ¿Qué cosas de la vida cotidiana suelen volverse música en tu cuerpo?

—Las cosas más insignificantes suelen ser las que disparan gérmenes de creación, semillas que germinan lentamente bajo la piel. Por ejemplo, un día agarré un libro para chicos, sobre la historia de Buenos Aires, que al principio hablaba sobre los querandíes que habitaban esta tierra cuando llegaron los españoles. Y una cosa que decía el libro era que ellos “habían aprendido a vivir en el pantano”. ¡Claro! ¡Buenos Aires es un pantano! No nos damos cuenta porque le pusimos 4 toneladas de asfalto encima, tapamos los arroyos y le dimos la espalda al río. Pero siempre nos quejamos de la humedad. Y esa sola idea me llevó a escribir Juncal, que habla de una persona que vive en un pantanal y está buscando un río sin poderlo hallar. El huaynito Cascabel, que es un diálogo entre mi guitarra y un piano, pasó por miles de palabras y no dejaba entrar ninguna. Empezaba una letra y la canción la rechazaba, simplemente no funcionaba. Hasta que un día se escapó de mi casa un gatito que habíamos adoptado de la calle y cuando se fue le canté esta canción, y la letra salió en un día. Son procesos misteriosos.

—Hay en tus creaciones un compromiso con la naturaleza y con la sociedad, como si intentaras tomar sus propias palabras y transformarlas, ¿cuáles son las temáticas ambientales o sociales que te gustaría convertir o que ya convertiste en canción, como es el caso de la “Chacarera del desmonte” y de “Zamba sin nombre”?

—Curiosamente, soy docente en un espacio de Aves Argentinas, la Escuela de Naturalistas, donde doy una materia que se llama “Naturaleza y Sociedad”. El tema ambiental existe en mi vida desde que tengo memoria. Era socio de Greenpeace y Vida Silvestre a los siete años, y mi madre me acompañaba a las charlas y reuniones. Siempre tuve un fuerte interés en la cuestión ambiental, y hoy que es “el” tema, “el” problema de nuestra civilización, siento que no se puede cantar sobre otra cosa. No digo que todo tiene que ser sobre la catástrofe ambiental, pero el mundo se está secando, ¿vamos a hablar del descapotable que tengo? ¿Qué queremos decir cuando hacemos canciones? Porque el arte produce sentido social: somos nosotros los que elegimos ayudar a ampliar la conciencia o empobrecerla.

—¿Cómo definirías en una palabra la esencia de tu primer disco “Pura semilla”, grabado con la cantante chilena Catalina Jordán?

—Diálogo. Ella mujer, yo varón. Ella tocando el cuatro, yo la guitarra; o yo el charango y ella la guitarra. Ella cantando la voz aguda, yo, la grave, o viceversa. Ella chilena, yo argentino. Todo el disco tiene esta idea de dualidad, la complementariedad de opuestos, que es un elemento fundamental de la cultura andina. De hecho, la última música de ese disco es una sikuriada. En las sikuriadas, la melodía es construida en el diálogo entre dos instrumentos: el arka y el ira, cada una con sus notas. Es decir que en la música ancestral del sikus se necesitan al menos dos personas para hacer una sola melodía. Nadie hace nada solo. Pura Semilla tiene ese sello en la mayor parte del trabajo.

—Por estos días estás presentando “Axolote”, tu segunda obra y un disco que habla de transformación. ¿Cómo fue el proceso compositivo y de producción de cada uno de los temas?

—Diría que cada tema se presentó como un desafío muy particular, pero en todos pasó lo mismo: una vez terminados, a los pocos días los volvía a cantar y comenzaban ya a transformarse. Las versiones que quedaron en el disco tienen, la mayoría, cosas que les fui cambiando hasta el último día, a veces menores, a veces importantes. Es parte de una filosofía de la creación musical que tengo: como el axolote, no dejar que las canciones tengan una forma definitiva. Posiblemente al hacerlas en vivo vaya cambiándolas. El disco es sólo una fotografía de un proceso creativo que es dinámico, constante. Hay canciones que me demandaron muchísimo, como la Zamba sin nombre que tardé literalmente un año y medio en hacerla. Luché mucho con su estructura y su armonía. Después con la letra. Pero hay un momento en que las energías se acomodan y la cosa fluye. Hay que ir probando una y otra vez hasta encontrar la combinación de la caja (risas). Otras canciones, como la Chacarera del desmonte, Puede la Copla o Gira Gira Girasol, salieron rápidamente, quizás porque las ideas que le dieron origen ya tenían en sí mismas todos los elementos que se necesitaban. Los Morochos, por ejemplo, es una morenada que compuse en 2018, y cuando llegamos a grabarla le había agregado una cuarta voz, sikus, y el sonido del piano, que antes estaba reservado a una flauta. Por eso digo que el disco es una fotografía: los temas tienen vida propia, antes y después de la grabación.

—¿Quiénes te acompañaron en ese camino, tanto desde la música como desde la producción?

—Desde el primer momento que vi que se venía un disco, que había material para pensarlo y hacerlo, tuve en mente a Emiliano Khayat. Él fue pianista y productor artístico de mi primer disco y desde ese momento somos muy buenos amigos. Emiliano tiene una forma de trabajar que admiro. Es muy profesional, muy estricto con la organización, y al mismo tiempo se involucra emocional y creativamente con el trabajo. Eso es fundamental. Ni hablar que hay vibra, entendimiento de ese que ni se habla. Es como un hermano musical. Este disco lo produjimos juntos, pero también participó como músico tocando acordeón, teclados y piano. A Nige Achy ya la conocía de mis años de programador musical en Vuela el Pez (donde también conocí a Emiliano) y desde ese entonces la tenía en la mira porque es una percusionista de otro planeta. Fue un placer convocarla. Ale Demogli, que participó en La Vanidosa, es un monstruo musical. Es profesor de guitarra de jazz en Berkeley, tocó con Quique Sinesi, con Pat Martino, John Scofield… estoy hablando de titanes del jazz. Pero también viajó a la India a estudiar otros ritmos, escalas, otras músicas. Ale es docente en la misma carrera de música que yo, en la UNTREF, y tenerlo en el disco fue un honor y una alegría. Sebastián David tocó el bajo eléctrico en varias canciones. Es el más antiguo amigo de ese grupo y tuve con él una banda de rock a los 20 años. Ahora está terminando su carrera de Folklore y Jazz en la EMPA, y es un bajista tremendo. Después participaron Fátima y Mayra de la banda de sikuris El Ombligo. Son viejas amigas que ya me habían honrado con su participación en mi primer disco. Después están los chicos del grupo que llamé Ensamble Axolote (lo formé un poco para poder tocar el disco en vivo y otro poco para darle vida propia al bicho, con otras canciones). Ellas y ellos son estudiantes de la carrera de música americana de la UNTREF en donde soy docente. Son músicos muy buenos y con una predisposición para el juego que me encanta. Con ellos montamos canciones muy complicadas, como Puentes donde hay muros que tiene muchas polirritmias, y la grabamos, contra todo pronóstico, sin usar ningún metrónomo. Además de grandes músicos, son un grupo humano hermoso. Aunque no sea música, mi compañera Jenny Giraldo es inseparable del proyecto, porque sin su ayuda (es gestora cultural) nunca hubiese conseguido los fondos para empezar a planificar el disco.

—¿Quién o quiénes estuvieron a cargo del arte de tapa que resume la idea simbólica de “Axolote”?

—Se trata de Chris “Kiki” Herrera, un tremendo artista. Él es un artista plástico colombiano que se dedica fundamentalmente al muralismo, pero también pinta, colorea, tatúa, construye, etc. Es realmente un artista con mucho genio y, en el momento en que lo convoqué para que haga el arte del disco, ambos estallamos en lágrimas y abrazos. Tenemos una amistad basada en una mutua admiración artística. Es un vínculo muy hermoso el que tengo con él, y un privilegio enorme que haya accedido a regalarme su arte para el disco. 

—Para terminar, ¿dónde se puede escuchar tu música y cuáles son los próximos pasos musicales de Juan Vila?

—Se me puede escuchar en Spotify, y también en mi perfil musical de Instagram como @juanvilamusica. Asimismo, también tengo mi canal de Youtube. El próximo paso ya está siendo dado: viajaré a Chile a grabar el segundo disco con Catalina Jordán González, financiados por el Ministerio de Cultura chileno, y junto al Ensamble Siglo XX, un grupo maravilloso de música de cámara (quinteto de cuerdas, piano, clarinete, flauta y percusión). Así que ya estoy componiendo arreglos de muchas de mis canciones de ambos discos y algunas otras. El álbum se llamará Antü: los dos tiempos, y será también un diálogo, un puente, entre la música académica contemporánea y el folclore latinoamericano. Lo grabaremos en Valparaíso en el mes de octubre. Sin dudas, un año movido.

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