Literatura
Isabel Allende, su nuevo libro y su nuevo amor
Corre 2016 en Nueva York y la ciudad es declarada en estado de emergencia. El frío invierno y la cantidad de nieve caída se vuelven una pesadilla. Nadie puede moverse de su hogar. Lucía Maraz es una periodista chilena que vive una temporada como invitada en la Universidad de Nueva York. Pero pasará varios días encerrada por la tormenta. Lucía arrienda un pequeño departamento en el sótano de una antigua casona de ladrillos en Brooklyn. Su casero es su jefe de la universidad, Richard Bowmaster, quien habita el piso superior de la casona.
Lucía tenía “el carácter estoico de la gente de su país: estaba habituada a terremotos, inundaciones, tsunamis ocasionales y cataclismos políticos; si ninguna desgracia ocurría en un plazo prudente, se preocupaba”, se lee en Más allá del invierno, la nueva novela de la escritora Isabel Allende (75).
En cambio, Richard hace varios años “vivía en un entorno perfectamente controlado, sin sorpresas ni sobresaltos, pero no había olvidado del todo la fascinación de las pocas aventuras de su juventud…”, relata el ejemplar que llegará a librerías chilenas el próximo 20 de junio, editado por Plaza & Janés.
Lucía tenía 62 años y Richard, un año menos. Ambos enfrentaban la madurez en soledad, dedicados a sus labores profesionales. Ella venía saliendo de una desilusión amorosa, luego de su divorcio con Julián, quien le había sido infiel. Mientras que Richard se casó con “una joven voluptuosa”, y juntos vivieron en Brasil.
Los dos adultos deberán enfrentar el drama de Evelyn Ortega. La joven guatemalteca indocumentada se cruzó en sus vidas cuando en plena tormenta Richard tuvo que salir de urgencia en su auto. En una calle Evelyn asustada chocó el auto de Richard. Pocas horas más tarde ella termina en la casona ubicada en Brooklyn. Finalmente los tres, Lucía, Richard y Evelyn, no solo deberán superar juntos el paso de la tormenta, sino también una serie de desafíos que los obligará a salir a la carretera. La aventura arranca cuando un cadáver es encontrado en el automóvil que manejaba la joven migrante.
“El caso de Evelyn es como el de los muchos casos que me toca ver en la fundación que tengo, donde en diferentes programas ayudamos a los refugiados. Entonces no tuve que inventar al personaje, porque existe. Tal vez no igual, pero con otro nombre. Ella representa a los más vulnerados, los que no tienen derecho a nada, a los primeros que caen cuando hay un problema”, dice Isabel Allende, al teléfono desde California, donde vive hace más de 30 años. La conversación con La Tercera ocurrió antes de su viaje para presentar Más allá del invierno en la Feria del Libro de Madrid. De la novela se imprimieron 300 mil ejemplares para distribuirse en los países de habla hispana.
Ocurrió el lunes de la semana pasada en España. “Vestida con una casaca color mimosa y maquillada como para una boda”, describió el diario El País a la Premio Nacional de Literatura 2010, quien se presentó en la Casa América de Madrid. El títular de esa nota llamó la atención y fue replicado en la prensa de Latinoamérica: “Me he enamorado de nuevo a los 75. No hay amor sin riesgo”.
Mientras escribía su última novela, la autora más leída de la lengua española, con 67 millones de copias vendidas, encontró un nuevo amor. Su relación con Willie Gordon, tras 27 años de matrimonio, finalizó en 2015. Así es como Más allá del invierno está dedicada a Roger Cukras “por el amor inesperado”.
Al otro lado del teléfono Allende sonríe. Hablará del abogado que la tiene contenta y de sus planes en pareja. “Nos conocimos en junio del año pasado. El me escuchó en una entrevista por la radio y me escribió un mensaje a la oficina. Y al día siguiente me escribió de nuevo, al otro día también, y además me envío un ramo de flores… Y así estuvo un tiempo hasta que en octubre tuve que ir a Nueva York y lo conocí, y fue amor a primera vista. El tiene toda una vida de experiencias y mi vida, imagínate, es súper complicada. Pero cuando hay un corazón abierto uno corre el riesgo, ¡Qué vas a perder!”, expresa la autora de La casa de los espíritus.
En el transcurso del diálogo Allende pregunta por los candidatos presidenciales. “Me alegra que se haya aprobado el voto en el extranjero. Sin duda voy a votar. No sé por quién, hay tanto candidato que veré cómo se van definiendo. Ahora no sé qué cosa nueva puede estar ofreciendo Sebastián Piñera”, dice.
Otras aventuras
Lucía Maraz, la protagonista de la novela, y su hermano mayor, Enrique, crecieron en ausencia paterna. Fueron criados por su madre Lena. Los hermanos participaron en los movimientos sociales del Chile de los 60. Pero el Golpe de Estado de 1973 los separó para siempre. Lucía partió al exilio en Venezuela y de Enrique no se supo más tras haber sido acusado “de ser guerrillero”.
En tanto Richard Bowmaster, de origen alemán, tenía un carnet con el que compraba marihuana para uso medicinal. Con la yerba preparaba queques, ya que padecía de úlcera y dolores de cabeza. Y Evelyn, la más joven de los tres, tenía experiencias más radicales. La chica tímida, que cuidaba a un niño con parálisis cerebral de una familia neoyorquina, había sufrido la violencia de las pandillas criminales: su hermano Gregorio fue asesinado por los Maras. Ahora, a los tres personajes los unirá el ser extranjeros en Norteamérica.
Para Allende, el epígrafe de su libro guía la historia y la de su vida actual. La cita es de Albert Camus: “En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible”.
¿Cuánto de su biografía hay en la novela?
El libro es autobiográfico con respecto al amor maduro, que es lo que me está pasando a mí ahora. Yo me separé de mi marido muy tarde y luego viene la pregunta lógica: ¿Uno es capaz de enamorarse en la vejez? Con respecto a la novela, yo soy mucho más vieja que la protagonista del libro (se ríe)… Pero lo cierto es que yo siempre he creído que el amor se da a cualquier edad si uno está abierto. Esta novela viene de la cita de Camus, que de alguna manera me dio la estructura del libro. La idea de que todos pasan el invierno real, y que también es el invierno metafórico de las vidas de estas tres personas de la novela, que están como detenidas en un momento invernal. Y bueno, luego hay una circunstancia que los saca de allí y los tres descubren que hay en ellos un verano invencible, que todos tenemos, que es la capacidad de alegría y de conectarse con el corazón.
¿Qué sabía de pandillas como los Maras?
Esas pandillas partieron en Los Angeles. Después fueron deportados y volvieron a El Salvador, Honduras, Guatemala y formaron allá nuevas pandillas, y ahora son una red internacional. Son más de 70 mil pandilleros que cometen las atrocidades más grandes, que incluyen violaciones, secuestros, asesinatos, y el liderazgo del narcotráfico. De todas ellas la peor es la MS-13, la Salvatrucha. Y conozco víctimas de esas pandillas, que reclutan a los muchachos. Nadie emigra por gusto. La gente se convierte en refugiado o exiliado porque viene escapando de algo. La gente llega a EEUU escapando de la pobreza, pero también del crimen, la violencia y la corrupción. Además, las mujeres son víctimas también por el solo hecho de ser mujeres.
¿Es más complejo con Donald Trump?
Lo que ha disminuido es el número de refugiados que quieren entrar. La deportación no resuelve el problema, sino la causa por el que se produce y eso está en los países de origen, donde hay una desigualdad tremenda.
Richard consume marihuana como uso medicinal ¿Qué opina de su legalización?
Aquí ya hay varios Estados que tienen aceptado su uso medicinal que sirve, por ejemplo, para combatir el insomnio como para aplacar el dolor. Yo no fumo porque me hace pésimo, pero conozco a muchas personas que fuman y eso no te convierte en un adicto. Yo creo que la legalización permitiría el pago de impuestos y un mayor control. Creo que hay todo un mito con respecto a la marihuana, hay gente que le da terror la pura palabra. Mi ex marido me cuenta que en California cuando él tenía 10 años, la gente plantaba marihuana en el jardín y que era más fácil conseguir en el colegio un pito de marihuana que un cigarrillo. También está la satanización de la marihuana, de que es una droga que abre la puerta a otras drogas más fuertes. Y el problema de las drogas lo he vivido de cerca: los tres hijos de Willy eran drogadictos, dos de ellos murieron y el otro no tiene vida por la droga.
¿Se proyecta con su nueva pareja?
Bueno él ahora está planeando venir a vivirse conmigo a California (se ríe). Y no es que yo ande apurada, pero a la edad que tengo ¿Cuántos años más me quedan por vivir? No sé… Ahora él es abogado y trabaja a tiempo completo. El dice que puede hacer una parte del trabajo a distancia porque no va mucho a tribunales. Ya estuve con él en Chile. Se los presenté a mis viejos. Mi padrastro, el tío Ramón, tiene 101 años y mi madre 96 años. Y al tío Ramón le dije: “Le presento mi nuevo pololo”. Y me dijo: “¿Cómo? ¡Otro más!” (Se ríe). Pero le cayó bien a todo el mundo, lo llevé al desierto de Atacama. Fue una bella experiencia.
(Nota de Javier García en www.latercera.com)
Textos para escuchar
Dos mundiales y un país de fantasía – Eduardo Sacheri
Eduardo Sacheri lee el texto “Dos mundiales y un país de fantasía” que publicara en la edición de mayo de 2012 de la revista El Gráfico
Hoy ando con ganas de escribir una ficción, aunque no la tengo fácil. Hay ocasiones en que las historias se te ocurren enteritas, de principio a fin, y el escritor lo único que tiene que hacer es dejarse llevar y poner en palabras las imágenes que le han surgido, encadenadas, dentro de sí. Pero otras veces pasa esto: uno tiene algunas imágenes, pero no todas. Entre ellas quedan huecos o mejor dicho, silencios. Eslabones vacíos. Y da mucho trabajo llenarlos. Encontrar el cemento que los aglutine, que les dé coherencia, cuerpo y entidad.
Lo que puedo hacer, por el momento, es compartir con ustedes los elementos que sí tengo. Los materiales y las imágenes de las que sí dispongo.
Imagino esta historia en 1982, en algún país de América del Sur. Tiene que ser de América del Sur porque ese país de fantasía tiene que estar gobernado por una dictadura militar. Y en América del Sur, a principios de los ochenta, esas dictaduras abundan. Y otro requisito de esta ficción que quiero construir es que se trate de un país futbolero, pero muy futbolero. Y 1982 fue un año de campeonato mundial. Y la ficción que tengo en mente incluye, de modo lateral o no tanto, al fútbol.
La cosa es así: este país sudamericano y futbolero se dispone a disputar el Mundial de España, que empieza en junio de 1982. La opinión pública, que no es nadie pero al mismo tiempo son casi todos, abriga muy firmes esperanzas de hacer un estupendo papel en ese campeonato. No son esperanzas infundadas: ese país viene de ganar, en 1978, el Mundial anterior, y en 1979, el Mundial Juvenil. Las perspectivas son estupendas: la base de los campeones del 78 sumados a los pibes del 79. Y entre esos pibes, juega el que –según unos cuantos- está destinado a convertirse en el mejor jugador de fútbol de la historia. En síntesis, la amalgama perfecta entre logros y expectativas, entre experiencia y juventud, entre solidez y lozanía. El alfa y el omega, el ying y el yang, el “nos comemos los chicos crudos” y el “ganamos la copa de punta a punta”.
Sin embargo, algo sucede en ese país de fantasía apenas unos meses antes de la hazaña inminente. El gobierno–ya dije que este país sudamericano que imagino está gobernado por una dictadura- lanza una acción militar para recuperar un territorio colonial que ese país viene reclamando desde hace mucho. Acá tengo mis dudas, con lo del territorio. No estoy seguro de dónde situarlo. Podría ser una región selvática y tropical, digamos, amazónica. Ahí da para hablar de mosquitos ponzoñosos, de un calor húmedo e insoportable, de una naturaleza hostil e intimidante. Otra opción serían sus antípodas: una región fría, helada, insular, aislada en medio del mar o del vacío. También aquí la naturaleza puede aportar una dosis de dolor y de tragedia. Creo que esta opción es la mejor. La del sur, la de unas islas frías en medio del océano. Porque, en cierto momento de esta ficción que quiero construir, necesito remarcar la sensación de soledad de los que están en ese territorio. Sí, definitivamente me quedo con las islas australes. Son un estupendo elemento trágico.
De todas maneras, elementos trágicos no me faltan. Diría que me sobran. Para poner las cosas difíciles, la reconquista territorial se hace a expensas de una potencia colonial de primer orden. Pongamos por caso, Inglaterra. Una Inglaterra gobernada por los conservadores. Esos son datos importantes. Porque si fuera un país menos colonialista, o un partido político menos colonialista, tal vez los sudamericanos tendrían una chance de salirse con la suya. De conservar ese territorio recuperado. Pero no con Inglaterra, ni con los conservadores ingleses. Porque Inglaterra va a responder a la invasión con la guerra. Ahí ya tenemos un elemento trágico importante. ¿Hay algo más trágico que una guerra?
Pero cuidado, que existen todavía más elementos para alimentar el costado trágico de la ficción. Porque este país sudamericano enviará al lugar del conflicto, un ejército formado fundamentalmente, por chicos. Habrá algunos soldados profesionales. Pero la mayoría, no. La mayoría serán chicos de dieciocho o diecinueve años. Saquemos cuentas. Serán de la clase 1962 y 1963. Chicos que son eso: chicos sin experiencia militar, chicos sin vocación de soldados, sin preparación de tales. Chicos.
Repasemos los elementos: un lugar frío, lejano y hostil. Una potencia vengadora con deseos de guerra. Un ejército de chicos que no son soldados. Tal vez se me está yendo la mano con esto de la ficción. Tal vez nadie crea posible una historia semejante. ¿Qué sociedad puede estar dispuesta a embarcarse en una aventura así?
Agreguemos algunos detalles. En este país de fantasía, el gobierno militar controla los medios de comunicación. Y aquellos medios a los que no controla, se controlan solos. Se cuidan de decir cosas que molesten al régimen. Entonces la improvisación presidencial no es improvisación sino “un plan largamente elaborado”. Y la aventura de recuperar las islas no es una aventura sino “una gesta heroica”. Y la certeza de que los ingleses van a pulverizar a ese ejército de chicos es una mentira, una vil patraña. Como mentira será la muerte, mentira serán el hambre, el frío, el maltrato y el armamento obsoleto e insuficiente. Dios es nuestro. Dios está con nosotros. Nada malo puede ocurrirnos.
Vuelvo a detenerme. Releo lo que he escrito y sí, la verdad es que se me fue la mano. Es demasiado inverosímil que un gobierno militar lleve adelante una historia como esta. Es delirante. Supongamos por un instante que no. Que hay personas lo suficientemente enloquecidas o insensibles como para intentar algo así. Pero está el freno de la sociedad. ¿Qué sociedad podría acompañar una locura semejante? Más allá de lo que digan los diarios, las radios, la tele o las revistas. ¿En qué cabeza cabe pelear una guerra contra Inglaterra con un ejército de chicos? Supongo que este debería ser el límite de la ficción que estoy construyendo. Hasta acá puedo inventar esta locura. Más allá, no puedo seguir inventando. Porque sería imposible que la sociedad, o buena parte de ella, se comiera ese caramelito ácido de mentiras y falseamientos y exageraciones e improvisaciones atadas con alambre.
Entonces, claro, lo lógico es que la sociedad se mantenga al margen. No puede oponerse abiertamente, porque se trata de una dictadura sangrienta. Pero la población de este país sudamericano, sin dudar manifiesta su oposición a esta locura vaciando las plazas, arriando las banderas, desoyendo las marchas militares. Si este es un país de gente sana, esa gente se refugia en sus casas para evitar aparecer como cómplices de la aventura.
Pero detengámonos un momento. ¿Qué ocurriría si eso no sucede? ¿Qué pasaría, en esta historia de ficción, si la hipotética población de mi hipotético país se entusiasmara hasta el paroxismo con la aventura? No digo todo el mundo, porque siempre quedan personas razonables que podrán condenar lo que sucede con su reconcentrado silencio. Digo la mayoría. Yo sé que es imposible, pero le pido al lector que me acompañe por un rato en esta fantasía. Porque, aunque humanamente esa posibilidad sería terrible, para la historia de ficción que me propongo escribir estaría buenísimo.
Imagínense. Las plazas rebosantes de manifestantes entusiastas que agitan banderas y vivan al osado general aventurero. Los voluntarios que se agolpan para ir a pelear. Los optimistas que se acercan a cualquier micrófono o cámara disponible para felicitar al gobierno. ¿Se imaginan? Una sociedad que, de buenas a primeras, y mientras espera el mundial de fútbol de España, cambia momentáneamente un deporte por otro. Deja de hablar de delanteros y mediocampistas y se convierte en especialista sobre misiles Exocet y negociaciones en las Naciones Unidas. Deja de analizar los rivales del grupo C de la Copa para analizar las chances de un desembarco inglés y la conveniencia de aproximarse al bloque de Países No Alineados. Una sociedad que deja –por unos días- de enfurecerse porque el periodismo internacional no es unánime en considerarnos los futuros campeones, para indignarse por el no cumplimiento del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. Ya sé –repito- que es imposible que un pueblo casi entero se comporte así. Pero les pido que me acompañen en la hipótesis.
En esta historia de fantasía, un mes y medio antes del mundial empieza la guerra. Y ahí se va el país detrás, encolumnado. No digo el ejército de pibes, que ya está en ese sitio, y no tiene para dónde escapar de los tiros. Digo la sociedad que los ha enviado. ¿Será posible inventar una sociedad que, enceguecida, se crea a pies juntillas todas las barbaridades ilusorias que le cuentan? Una sociedad que empiece a computar aviones derribados y barcos hundidos como si fueran goles de ese mundial inminente. Una sociedad capaz de borrar de un plumazo la noticia brutal de un crucero propio que se hunde y que se lleva consigo a 323 compatriotas al fondo del mar. Una sociedad que se detiene, cada día, varias veces, cuando en la tele aparece el escudo y la voz en cadena nacional de los comunicados del Estado Mayor Conjunto. Una sociedad que toma lápiz y papel y anota, como en el juego de la batalla naval: A4, agua. F8, hundido. Una sociedad que todos los días se va a dormir cándidamente convencida de que “estamos ganando”.
Para completar la historia, en un momento deben confluir los dos Mundiales, el del Sur y el de España. Se me corregirá que no, que en mi historia no son dos mundiales, sino una guerra y un mundial. Y yo diré que me disculpen pero que lo del Sur, para esta sociedad enloquecida que estoy creando en esta historia, se vive más como un mundial que como una guerra. Una guerra cuyos muertos no vemos, una guerra que se festeja como un torneo que nos tiene sólidos en la punta de la tabla, una guerra en la que nos creemos cualquier mentira con tal de que llegue vestida de buena noticia, una guerra que no aceptamos ver como tal, con todo su peso de tragedia y de muerte. Una guerra que estamos dispuestos a enfrentar como un gran desafío deportivo.
Ya para esta altura de la narración voy a mezclar situaciones imposibles. Por ejemplo: la selección de este país sudamericano tendrá que jugar el partido inaugural del Mundial con la guerra todavía en marcha. Ya sé que es imposible. Que ningún país va a mandar a su selección a jugar un mundial en medio de una guerra. Pero les pido que me sigan el juego hasta el final. ¿Se imaginan? Todo el mundo con las camisetas, las banderas y las cornetas. Toda la sociedad exhumando el carnaval del mundial anterior. Toda esa gente dispuesta a ganar los dos mundiales al mismo tiempo. ¿O para qué carajo Dios es nuestro?
Se me ocurre una escena más imposible que ninguna otra: El primer tiempo del partido inaugural termina 0 a 0. En el entretiempo aparece un comunicado del Estado Mayor Conjunto, uno de esos con la marchita y el escudo, para contar que los valientes soldados de la patria combaten en los alrededores de la capital de las islas, con ahínco y fervor inusitados.
Les ruego que no dejen entrar al sentido común. Porque si lo dejan entrar, ese tiene que ser el momento en que esa sociedad, si no pudo hacerlo antes, ahora sí concluya en que se dejó estafar, se embanderó en una empresa imperdonable, que permitió con su aplauso estúpido que un montón de pibes fueran enviados a pelear en un infierno. Y la gente sale masivamente de sus casas, deja a la Selección Nacional jugando sola en los televisores, y exige que la guerra se detenga ya, que no se dispare ningún otro tiro, que ningún pibe siga en peligro.
En mi historia, no. En mi historia la gente escucha el comunicado con gravedad, con preocupación, intuyendo que las cosas son mucho peores que aquello que los medios venían anunciando –y la gente se venía creyendo-. Pero después empieza el segundo tiempo del partido con Bélgica y la gente vuelve al asunto, porque con Kempes y Maradona juntos no hay Dios que nos impida el bicampeonato.
En mis días buenos me consuelo pensando que, en 1982, yo tenía 14 años. Y que mi juventud me disculpa de mi credulidad, de mi simplismo, de mi ingenuidad cómplice que colaboró con que muchos pibes perdieran la vida, o el deseo de la vida, en esas islas lejanas. Pero en mis días malos me digo que no. Que ni los otros ni yo tenemos disculpa.
Historias Reflejadas
“Un cuento sin punto”

“Un cuento sin punto”
El punto de la i se había arrojado al vacío. Rodaba por los renglones que, como si fueran elásticos, le servían para rebotar y rebotar. Entre saltos y medias vueltas, subidas y bajadas, arrastraba a todo aquel que se cruzara en su camino. Unos y otros fueron cayendo por esa escalera invisible, sin rumbo.
Aferrado a uno de los márgenes, el gigante que habitaba en ese cuento trataba de evitar lo inevitable. Sin punto, la i que formaba parte de su nombre ya no tenía fuerzas para sostenerlo. Su cabeza, desinflada, comenzó a acercarse a los pies a medida que su cuerpo se achicaba. Mientras rodaba renglones abajo, éste se fue transformando hasta que, finalmente, justo en el borde de la página en la que habitaba, se descubrió enano. Perdido en ese mundo pequeño fue testigo de cosas que nunca antes había visto. Arriba no era igual que abajo y, sin embargo, ambos mundos se comunicaban a través de unas partículas invisibles, portadoras de mensajes secretos.
Escondido detrás de la i que había perdido el punto, encontró, justamente, al punto. En ese momento, tras unos saltos improvisados, pudo ver cómo se reproducía en otros más pequeños, igualitos a él. Minutos después, todos comenzaron a rodar como si estuvieran vivos, mientras jugaban con palabras invisibles, mágicas. Entonces ya no eran puntos, sino hombrecitos de papel, llegados de otras galaxias o gigantes o enanos, o tan solo viajeros de tinta que formaban parte de ambos mundos, el de arriba y el de abajo, a los cuales solo podía llegarse desde el punto de una i, que alguien había hechizado para contar un cuento sin punto, capaz de continuar en otros donde la magia, que viaja en partículas invisibles, sea posible.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia los siguientes cuentos: “Gigantes”, de Mario Méndez; “Enanos y gigantes”, de Hernán del Solar; “El gigante y el enano”, de Carla Dulfano y Claudia Degliuomini; “Cositos”, de Laura Devetach; y “Oliverio y los dlobs”, de Ana Beatriz Vexler.
Literatura
Guillermo Saccomanno y un libro sobre el oficio de escribir
La Flor Azul presenta “Escribir pájaros en la noche”, de Guillermo Saccomanno, un libro sobre el oficio de escribir. En ese marco, la escritora Selva Almada conversará con el autor en la biblioteca Ricardo Güiraldes, de calle Talcahuano al 1261 de CABA, el domingo 7 de junio, a las 17.
Sobre “Escribir pájaros en la noche”
Saccomanno empezó a escribir este cuaderno en Villa Gesell alrededor de 2009 y siguió, esporádicamente, hasta 2022. “Páginas lisas, tinta negra. ¿Qué es escribir?”, se pregunta ese cuaderno, y se responde con insistencia, como quien medita y repite un mantra, con la intención de llegar más hondo cada vez. Saccomanno escribe en una mesa de madera. Detrás de la mesa, una ventana que da al bosque: “Escribo escribir. Escribo la palabra escribir”.


Acerca del autor
Publicó, entre otros libros, “Situación de peligro”, “Bajo Bandera”, “Animales domésticos”, “El buen dolor”, “El pibe”. Ganó el Premio Crisis de Narrativa Latinoamericana, el Premio Club de los XIII, el Premio Municipal de Cuento y el Premio Nacional de Novela. Con su novela “El oficinista” (2010) obtuvo el premio Biblioteca Seix Barral. Su crónica “Un maestro” (2011) recibió el Premio Rodolfo Walsh. La novela “Cámara Gesell” (2012) fue premiada con el Dashiell Hammett. Recibió el Premio Democracia y el Konex de Platino como mejor novelista. Su novela “Arderá el viento” (2025) recibió el premio Alfaguara. En 2024 publicó en “La Flor Azul Escrito en Patagonia”, compilación de crónicas y ensayos.
La editorial
La Flor Azul es una editorial autogestiva de Argentina. Edita desde 2020, tiene más de veinte títulos en su catálogo y está compuesta por cuatro personas que trabajan en conjunto y se distribuyen las tareas de edición, corrección, relación con las imprentas, distribución y promoción, entre otras.
El catálogo tiene varias líneas: novela contemporánea, no ficción, crónica, ensayo histórico, muchos de estos últimos referidos a la Patagonia y a los pueblos originarios, y está integrado por autores de renombre, como Saccomanno, Márgara Averbach, J. B. Duizeide, David Viñas, Juan Forn, Dalmiro Sáenz, Alejandro Winograd; y también por autores noveles, en especial de novela.
(Fuente: Mariana Hunt – Prensa)
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