María Rosa Lojo: “Los escritores somos un canal por donde resuena el inmenso coro de la voz colectiva”

(Foto FNA)
Por Andrea Viveca Sanz
(@andreaviveca) //

Tejedora de palabras, María Rosa Lojo logra hilar con sus letras las historias que la habitan y que emergen desde su interior, como un recuerdo lejano colgado en los telares del tiempo. Con paciencia, se atreve a escuchar aquello que permanece más allá de las líneas temporales, para crear sus mundos de ficción, en los que vale la pena perderse.

En diálogo con ContArte Cultura la escritora relata de qué manera se entrega a la tarea de modelar, como una verdadera artesana, las frases que darán vida a cada una de sus obras.

—Imaginemos, para presentarte, un puente de palabras entre las dos orillas que forman parte de tu identidad, ¿cuál sería la frase, nacida de esas palabras vivas, que podría unir las dos mitades que te representan?
—Creo que esa frase la escribí en mi última novela (Solo queda saltar) y la dice el personaje de Isolina: “Yo soy el vaivén. Cuando me voy, nada dejo, porque todo viaja conmigo. Soy la casa sin anclas, soy mi propia barca que cruza los abismos llevando la memoria de todas las orillas”. Esta imagen se relaciona mucho con la metáfora de un “corredor” entre dos mundos, de otra novela anterior (Árbol de familia), muy vinculada con esta última por diversos hilos de memoria.

—¿En qué momento te descubriste habitada por las historias que necesitaste compartir en tus creaciones?
—Siempre me gustó, desde muy chica, escuchar y leer historias e imaginarlas. Los personajes de la literatura, del mito y de la historia social, me resultaban inspiradores, así como también otras aventuras humanas que había conocido de cerca: las de mi propia familia, la microhistoria. Y escribí y sigo escribiendo sobre todo eso, cruzando lo personal y colectivo, la autobiografía y la biografía, la poética realista y lo maravilloso, la fantasía y el testimonio. Empecé a hacerlo cuando me sentí en poder de los recursos imprescindibles, que se fueron acrecentando y puliendo con el tiempo.

—¿Cuál creés que puede ser el mejor punto de partida de un cuento o de un relato?
—No hay recetas sobre puntos de partida. Al menos, yo no las tengo. Pero sin duda en un cuento clásico necesitamos una buena trama. Una situación humana llevada de tal manera que interese y sorprenda. Otra cuestión es encontrar la mejor perspectiva, la voz adecuada, el enfoque justo para narrarla. A veces se empieza desde el lugar equivocado y hay que hacerlo todo de nuevo. ¿A quién no le pasó?

—¿Cómo llevás adelante el proceso creativo de tus novelas? ¿Qué no puede faltar?
—El proceso creativo de la novela suele ser extenso y laborioso. Puede tener diversas etapas, separadas incluso por lapsos considerables. Por ejemplo, Finisterre (2005) empezó a germinar en 1999 y era en sus orígenes bastante distinta del resultado final. Por aquel entonces yo pensaba en reescribir, desde otro ángulo, las Memorias de Manuel Baigorria, figura histórica de segunda o tercera línea: un militar (y paisano gaucho) de San Luis, que decidió exiliarse entre los ranqueles, se quedó entre ellos más de veinte años y se convirtió en un jefe influyente, aunque resultó cuestionado y cuestionable tanto desde el punto de vista de los indios como del de los cristianos. Después, en mi libro, Baigorria terminó desplazado hacia otro plano, hacia lo profundo de la novela, como un generador de los acontecimientos, aunque no como protagonista. Finalmente, las grandes heroínas fueron dos mujeres sin referentes históricos concretos, personajes solo imaginarios que me permitieron explorar puntos de vista femeninos, el lado oculto de la Historia, fuera de los relatos habituales y canónicos. En cuanto a lo que no puede faltar en las novelas, creo que son los buenos personajes. En ese sentido, el Quijote, primera novela moderna propiamente dicha, sigue ofreciendo el gran modelo. Crea un personaje extraordinario, complejo, que tiene todo tipo de aventuras, sí, pero lo más atractivo es su transformación interior.

—La inmigración es una temática que atraviesa varias de tus obras, ¿sentís que lograste escuchar tanto las voces de aquellos que sufrieron el desarraigo como las de quienes pudieron echar raíces en otra tierra para reconstruir sus vidas?
—Escribo desde el lugar de la escucha. Los escritores somos un canal por donde resuena el inmenso coro de la voz colectiva, con multiplicidad de matices y experiencias. En la inmigración, de la que yo misma procedo, existen esos polos que mencionas, y así se vivieron dentro de mi propia familia. Pero me parece que hay una mezcla de reconstrucción y desarraigo en todas las vidas de los que migraron. Una ambivalencia que las tensiona siempre.

—Tu última novela “Solo queda saltar” habla justamente de la inmigración de dos jóvenes españolas a nuestro país, ¿cómo nace esa historia en tu imaginación? ¿Hay algo de autobiográfico en ella?
—No en esta novela, aunque sí tomé prestados dos nombres de familia: Isolina y Celia (dos de mis primas del lado paterno); el año 1948, fecha de arribo de las dos hermanas al país, es el mismo en el que llegaron mis padres a Buenos Aires, cada uno por su lado. A partir de ese disparador empecé a pensar en estos personajes: una niña y una adolescente, representativas de tantas otras. Huérfanas de guerra que sufrieron diversas formas del desamparo, el maltrato, el abuso, y que buscaron otro espacio donde plantearse nuevamente una vida. En otros libros míos –Árbol de familia, Todos éramos hijos- sí emerge, literariamente transfigurada, una historia familiar más cercana.

—Trabajaste con tu hija, Leonor Beuter, en “El libro de las Siniguales y del único Sinigual” (2010 y 2016) en el que es posible internarse en un mundo mágico, cargado de poesía, ¿cómo llegan a ustedes las Siniguales? ¿De qué manera pudiste darles forma con tus palabras?
—Las Siniguales empiezan a existir como esculturas minúsculas, de tela, tul, alambre y lana, creadas por Leonor. Ella se inspiró a su vez, muy libremente, en las muñequitas quitapenas de Centroamérica, y se puso a fabricarlas para hacerme un regalo especial de cumpleaños. Después se le ocurrió pedirme que inventara para ellas una narrativa, una cosmogonía, un mito sui generis. Al principio me costó engancharme, hasta que la idea prendió y me puse a pensarlas como una especie nueva de seres; ni hadas, ni insectos, ni brujas, pero con algo de esas tres categorías. El libro está ideado como una parodia lírica de los manuales de biología o zoología, con encabezamientos de este tipo: “Naturaleza y propiedades de la especie. Las Siniguales: su definición improbable.”, o “La reproducción de las Siniguales”, o “La singularidad del Sinigual”. Por supuesto que el desarrollo de estos títulos no es precisamente científico sino poético. Y los seres que se describen tienen que ver más bien con criaturas feéricas de la tradición celta y con experimentos de la vanguardia. Una niña, Isolina (que reencontraremos en la novela Solo queda saltar), las ve por primera y única vez en los acantilados de Finisterre, en Galicia. Lo que no sabe es que las Siniguales han migrado con ella.

—¿Habrá nuevas entregas de “Las Siniguales”?
—Desearía que sí, porque el material de textos e imágenes está hecho. El relato de las Siniguales continúa más allá de este libro. Pero lamentablemente, nos quedamos sin editor. El sello Mar Maior, desprendimiento de la editorial Galaxia, no pudo instalarse en Argentina y empezar a funcionar por su cuenta, como se había pensado. Ahora está en proceso de cierre. Tendríamos que encontrar otra editorial para este álbum ilustrado y los que vengan.

María Rosa junto a Leonor Beuter (Foto: Paco Rodríguez)

—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?
—En un libro de cuentos que se va a llamar Así los trata la muerte, y que
vuelve a un escenario ya frecuentado en una obra anterior (Historias ocultas en la Recoleta, en colaboración con el historiador Roberto Elissalde), pero toma otra selección de personajes y tiene la particularidad de que imagina lo que les sucede después de la muerte (lo cual desde ya tiene que ver con las vidas que vivieron). También escribo, de a poco, un libro de poesía, con el formato de un texto de viajes, que se llamará probablemente Nuevo libro de las maravillas del mundo (no sin alguna ironía), y se instala en el cruce de la cartografía y de la imaginación poética. El título remite al Libro de las maravillas del mundo, una obra del siglo XIV atribuida a Jean de Mandeville, que tuvo un gran impacto en la configuración del imaginario espacial en su tiempo.

—¿Cuál es tu sueño escondido entre letras que te gustaría hacer realidad?
—Tengo muchos sin cumplir, unos quizá imposibles, otros improbables. Hay uno que no me parece tan disparatado o irrealizable: me encantaría que alguno de mis libros pudiera ser filmado y que llegara a públicos más amplios. Sería toda una novedad y un desafío que uno de mis textos se trasladase exitosamente al lenguaje del cine y de las series.


María Rosa Lojo

Nació en Buenos Aires en el año 1954. Hija de españoles, es una escritora e investigadora argentina. Se doctoró en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Ingresó al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, donde llegó a ser Investigadora Principal. Actualmente es directora académica del Centro de Estudios Críticos de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía, Letras y Estudios Orientales de la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Profesora Titular de la misma Universidad. Es autora de una considerable y varia producción especializada en su campo de investigación. En 2015 fue nombrada miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y desde 2017 forma parte del Consejo de Administración de la Fundación Sur, creada por Victoria Ocampo.
Su obra creativa incluye cuatro libros de microficciones líricas/poemas en prosa compiladas en Bosque de Ojos (2011). Su prosa comprende las novelas Canción perdida en Buenos Aires al Oeste (1987), La pasión de los nómades (1994), La princesa federal (1998), Una mujer de fin de siglo (1999),  Las Libres del Sur (2004), Finisterre (2005), Árbol de familia (2010), Todos éramos hijos (2014), Solo queda saltar (2018), así como las colecciones de cuentos Marginales (1986), Historias ocultas en la Recoleta (2000, con Roberto Elissalde), Amores insólitos de nuestra historia (2001), y Cuerpos resplandecientes. Santos populares argentinos (2007). Publicó también El libro de las Siniguales y del único Sinigual (2010 y 2016, en gallego y en castellano), álbum ilustrado, en co-autoría con la artista visual Leonor Beuter.

Conocé más sobre María Rosa Lojo aquí.

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