Literatura
Se celebra el Día del Lector
Somos caminantes
Somos caminantes. Avanzamos sobre las letras con pasos inciertos. Nos detenemos en la densidad de cada punto. Tomamos aire. Inspiramos la pausa de cada coma y absorbemos el oxígeno de los silencios, tan sólo para adentrarnos en la morfología de las palabras y percibir la sutileza de los sonidos que las habitan.
Somos lectores y caminamos, una y otra vez, sobre el territorio del lenguaje.Andrea Viveca Sanz
Borges, a 121 años de su nacimiento
Con la publicación de contenidos especiales en diversos formatos, que incluyen la presentación de material audiovisual, homenajes, jornadas sobre su obra y clases magistrales, este lunes es homenajeado el gran escritor argentino Jorge Luis Borges, a 121 años de su nacimiento, fecha en la que en su honor se celebra el Día del Lector.
Así, a las 18, se realizará una conmemoración que será transmitida a través del canal del Centro Cultural Kirchner en YouTube y su cuenta de Facebook, en la que participarán el Ministro de Cultura de la Nación, Tristán Bauer; la presidenta y creadora de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, María Kodama, y su vicepresidente, Fernando Flores; los profesores Graciela Maturo y Lucas Adur, y el docente y periodista Pablo De Vita y habrá intervenciones musicales a cargo del Ensamble Fundación Borges.
Desde este lunes también estarán disponibles en la web y el canal del Centro Cultural en YouTube las clases magistrales en las que el escritor y ensayista Ricardo Piglia (1941-2017) analiza la obra de Jorge Luis Borges, en una producción conjunta entre la Televisión Pública Argentina y la Biblioteca Nacional.
En conjunto con el Archivo General de la Nación se presentará “Borges, por él mismo”, que ofrece acceso a parte del repositorio que la institución histórica conserva en torno al emblemático escritor, y en el canal de Spotify del CCK estará disponible la serie de audios grabados en 1970 como audiolibro, en los que Borges lee y comenta textos propios emblemáticos, como “Fundación mítica de Buenos Aires”, “El Golem” y “Borges y yo”, entre otros.
Además la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref) auspiciará las actividades que realizará la Fundación Internacional Jorge Luis Borges en homenaje al escritor en el 121° aniversario de su nacimiento, que comienzan este lunes y culminarán el 17 de septiembre con una teleconferencia en la que participarán la UNTREF y la Brown University.
Ese marco, el viernes 28 y sábado 29 tendrán lugar las Jornadas Borges 2020, organizadas junto con FYLOCIT UBA y el Foro Ecuménico Social, en las que especialistas en la obra del autor reflexionarán sobre intertextualidades borgeanas y sobre las relecturas de los libros “El Hacedor” y “El informe de Brodie”.
Este ciclo finalizará el 17 de septiembre con una teleconferencia entre la Brown University y la Untref sobre “El amor en español”, en la que expondrá el coleccionista, escritor y presidente de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, Julio Crivelli.
Los interesados en participar pueden hacerlo registrándose en https://www.eventbrite.com.ar/e/jornadas-borges-2020-tickets-116533180881. Las actividades son gratuitas y los inscriptos podrán formular preguntas y comentarios.
A su vez, el ministerio de Cultura de la ciudad de Buenos Aires presentará, en la web Cultura en Casa, la clase magistral brindada por Beatriz Sarlo en 2016, en la que la ensayista reflexiona en torno a la argentinidad de Borges y fue organizada por El Cultural San Martín.
Textos para escuchar
El tiempo que nos une – Alejandro Palomas
Alejandro Palomas lee un fragmento de su novela El tiempo que nos une
Es un vacío, un tropezón de aire que se te atraganta en los pulmones cada vez que respiras. Como un pellizco, a veces suave, a veces agudo y a traición. No es ni un antes ni un después. Es lo que no habrá de llegar. Sueños no articulados por falta de tiempo, no de imaginación. Es un crujido en el alma, eso es exactamente: el momento en que sabemos que tenemos alma porque la hemos oído crujir.
Es la muerte.
Es la muerte de una hija.
Es la muerte de una hija cuyo cadáver nunca apareció, empotrándome contra la peor de las preguntas: «¿Y si no? ¿Y si no fue? ¿Y si no fue y sigue viva en alguna parte?».
Es invocarla en secreto.
Es no bajar nunca al mar por miedo a ver entre las rocas alguna señal, algún rastro de ella.
Es seguir nadando de espaldas contra las olas, a ciegas, sin miedo a tocar lo intocable. Aprender a vivir con un jadeo de angustia al despertar por la mañana. No está. Mi hija no está. Salió a navegar y desde entonces no existe. ¿Qué madre se conforma con eso? Helena y su ausencia. Yo no sé hablar de muerte. Helena no está.
Está ida. Literalmente. Exactamente.
Me dijeron que era más fácil así. Que si hay que perder a un hijo, más vale que sea de golpe, desde lo inesperado, que no haya tiempo para predecir, que el dolor no logre hacerse hueco entre él y tú por la puerta de la enfermedad. La muerte de un hijo es inexplicable. Ningún padre es capaz de imaginarla, por mucho que te la cuenten, por mucho testimonio y mucha confesión en primera persona que intenten hacerte llegar. No es posible. No es pensable. Incapacita la mente.
Si es accidente, el tiempo se paraliza y la vida se te cae de las manos como una hucha medio llena, estampándose contra el suelo, hecha añicos. Dedicas el resto de tu tiempo a pegar trozos, montando un rompecabezas inmenso sobre la mesa del salón mientras lo que queda va devolviéndote poco a poco una cara que no reconoces, que no te interesa.
Si es enfermedad, el tiempo gasta y mancha, matando a contrarreloj.
Pero si es accidente y no hay cuerpo que velar, queda siempre la imaginación. Sólo una madre de un hijo ausente lo sabe: la combinación trenzada de duelo, ausencia e imaginación crea monstruos.
Un día, hace un par de años, después de oírme hablar por teléfono con Helena, Flavia me dijo que lo que más envidiaba de mí era la relación que tenía —y que tengo aún— con mis hijas.
—Sobre todo con Helena —añadió, un poco a disgusto, torciendo la mirada para que no pudiera verle los ojos.
Sonreí al oírla hablar así. Quién me iba a decir a mí veinte años antes que mi niña mayor, ese iceberg de ojos blancos y manos de alambre que durante tanto tiempo me había convertido en el espejo de la peor de sus sombras, era, desde las dos semanas que habíamos pasado juntas en Berlín, mi mejor amiga.
—Qué extraño, ¿no? Con lo mal que os habíais llevado siempre —continuó Flavia, como no hablándole a nadie—. Y de repente, así, sin más…
Sin más. Claro. Cómo no.
Sin más no, Flavia.
Helena nunca me perdonó como madre. Probablemente, a su edad era ya consciente de que nunca aprendería a hacerlo. La madrugada en que la llamé a Berlín y me dijo que estaba embarazada, no supe oír lo que no me estaba diciendo. «Lía», eso fue lo que dijo. Lía. Mi hija decidió entonces rebautizarme con mi propio nombre y despojarme del papel que no había sabido representar para ella. Incapaz de dejar de odiar a su madre, tenía que cambiarla por otra, había que matarla para dejar entrar a Lía, para dejarme entrar.
Porque no hay hija capaz de pedirle a una madre que la ayude a deshacerse de su bebé. Ni siquiera cuando corre peligro su vida.
A una amiga sí. A Lía sí.
Sin más no, Flavia.
La ayudé, claro.
Muerta la madre, llegó la amiga. No hubo nada que perdonar. Ningún reproche. Lía y Helena. Nos reinventamos. Supimos hacerlo y funcionó. Nadie lo entendió.
Y Martín empezó a odiarme.
Desde hace meses vivo convencida de que es imposible entender la muerte de alguien como Helena. Imposible concebir la existencia de un ser como ella. Hay personas así, es cierto. Son pocas y parecen demasiado humanas, de vida demasiado grande para la pequeñez de lo vivido. Ésa era Helena. Cuando hablabas con ella, tenías la sensación de estar compartiendo unos minutos preciosos con alguien que había llegado a la vida aprendida, con las cartas marcadas, siempre dispuesta a darte una lección con esa alegría que a mí me robaba el aliento y con esas verdades generosas y a bocajarro que te arrugaban el corazón y de las que ella ni siquiera era consciente.
Desde que se fue, ya nadie me llama Lía. No con su voz. No desde un aeropuerto entre el rebote de voces aburridas de las azafatas de tierra anunciando vuelos. Desde que se fue, no consigo encontrarme la mía. Mi voz. La de la amiga.
“Mala mar. Hija de puta”, me oigo pensar con una sonrisa de vergüenza, apartando en seguida los ojos de una enorme vela blanca que cruza el horizonte más cercano y que no tarda en perderse cielo adentro. Una vela. Ocultándose tras el faro.
—Mala mar. Hija de puta —susurro sin darme cuenta mientras partimos y vamos alejándonos poco a poco desde el pequeño embarcadero rumbo a la isla.
Historias Reflejadas
“Soledades”

Soledades
Caminan sobre la cornisa, sus pies resbalan, buscan un punto de equilibrio.
Todo es gris.
El paisaje se mueve fuera de sus cuerpos, se asoman por un hueco inventado. Necesitan aire, los cubren capas de silencio.
Esconden secretos, se ocultan. Dudan.
La decisión está tomada.
Viajan.
Avanzan y retroceden.
Se proyectan en las sombras de otros cuerpos.
Son sombras. Se hunden en olas de miedo, en laberintos de hojas. Hunden sus ojos en trenes vacíos, como líneas en movimiento.
Se pierden en la geometría de un pueblo fantasma, entre los fantasmas del pueblo.
Buscan. Se buscan. Escapan.
Pasan las páginas que contienen su nombre.
Escriben en líneas torcidas. Son líneas en las páginas que dibujan.
Se arriesgan.
Saltan al vacío, los deglute el abismo, la soledad del abismo.
Todo es silencio en la verdad revelada.Por Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “La buena suerte”, de Rosa Montero; “La última felicidad de Bruno Fólner”, de Mempo Giardinelli; “Los abismos”, de Pilar Quintana; y “Dejen todo en mis manos”, de Mario Levrero.
Textos para escuchar
Una lluvia de pájaros – Gustavo Roldán por Laura Roldán Devetach
Laura Roldán Devetach lee el cuento Una lluvia de pájaros, de Gustavo Roldán.
Un pájaro puede volar muy alto. Dos pájaros pueden enamorarse. Pueden hacer un nido para poner tres huevitos blancos que cuidarán todos los días, de donde saldrán tres pichones que crecerán y crecerán. Que aprenderán a volar y recorrerán distancias y conocerán miles de pájaros. Y cada uno volará muy alto, casi hasta la esquina del sol, y se encontrará con una pajarita y volarán juntos. Porque dos pájaros pueden enamorarse para hacer una lluvia de pájaros.
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