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Literatura

“Seres queridos”, el recomendado de la semana

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Por Graciela Speranza

En el comienzo, antes incluso de empezar a leer “Seres queridos”, hay un vaivén, un repliegue, una reconvención. Porque si, desde el título, el segundo libro de Vera Giaconi (Montevideo, 1974) anuncia un paisaje íntimo y un campo de acción, la frase hecha se deshace muy pronto en el epígrafe de Clarice Lispector, que anticipa el cristal facetado con que los diez cuentos desmontarán el clisé sentimental hasta devolverlo transformado. “La crueldad de la necesidad de amar”, “la malignidad de nuestro deseo de ser feliz” y “la ferocidad con que queremos jugar” se agolpan en la frase de Lispector como un géiser de fuerzas subterráneas que anidan en los lazos familiares y los relatos tarde o temprano harán aflorar.

No hay estallidos violentos, sin embargo, sino un lento desovillarse de sentimientos encontrados, miserias del amor filial, fraternal o conyugal que son el germen mismo del relato y le dan su trama o su discreto pathos. Lo sabíamos desde Tolstói pero vale recordarlo: todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera; Giaconi desmenuza ese venero inagotable de dobleces -rencores, egoísmo, envidia, desprecio, venganza, desamor o hastío- sin ninguna contemplación ni piedad. Un eco del Onetti más implacable la alcanza y renace transfigurado.

Pero en los mejores cuentos de “Seres queridos” el doblez es incluso una matriz formal. No se trata, sin embargo, del iceberg hemingwayano que sólo asoma en la punta, ni de las dos historias, una secreta, que se traman en la clásica tesis de Ricardo Piglia; todo está en la superficie, delicadamente repartido en dos planos que se alternan con sutiles cambios de foco. En “Survivor”, por ejemplo, una chica monitorea a la distancia el noviazgo de su hermana con un ex-concursante de un reality show en Los Ángeles y, aunque todo sucede en las pantallas (en las varias temporadas del reality que la chica mira fascinada por youtube, en las conversaciones con su hermana por skype, en el compilado de videos que se intercambian), una maraña de sentimientos confusos y autoengaños va aflorando en el vaivén con otra medida de la distancia. También en el inspiradísimo “Tasador” el primer plano es para un programa inglés de tasadores que Adrián y su madre miran por televisión, atentos a los fraudes de las imitaciones que desilusionan a los concursantes y las sorpresas de objetos que enfervorizan al público cuando inesperadamente valen fortunas. Pero el foco se desvía poco a poco a los muebles de mimbre de la casa, las reproducciones baratas que cuelgan en las paredes, los aros de fantasía que Adrián observa mientras su madre se queda dormida (“Sabe que en casa de su madre nada vale nada”), con un zoom al vergonzante reloj ostentoso que lleva en la muñeca (regalo de su madre, grabado con la frase “La sangre une”), y después a la madre roncando, al pantalón de jogging que delata años de uso en las pelotitas de la entrepierna, a las arrugas del escote y la piel reseca, mientras Adrián tasa un futuro de ruina cuando tenga que internarla en un asilo. Al paneo inclemente por las miserias de la vejez se suma la banda sonora final del reloj ritmado con la respiración de la madre, “una alarma siempre encendida”, “algo que le pertenece pero no puede sacarse de encima”.

El cierre sorpresivo es más clásico en “Limbo” pero lo que cuenta en realidad es la minuciosa reconstrucción del vínculo de una paciente con su médico, de la enfermedad crónica e incurable para la que el médico por fin encuentra un diagnóstico, del detallado recuento de los protocolos de nombres radiantes en que la paciente se ofrece a participar (“Electric Tree”, “Season Food”, The Third Eye”), y más tarde del “abandono” cuando es el médico el enfermo y los planos se trastocan. Hay otro abandono que la enfermedad del médico replica, pero está a la vista, entreverado en los formularios del protocolo y las conversaciones de la consulta.

Si en el primer libro de Giaconi, “Carne viva”, el paisaje era sustantivamente femenino, la escena familiar se amplía en “Seres queridos” y también se expande el tiempo, con flashes a la dictadura uruguaya y los coletazos íntimos del exilio (“Dumas”, “A oscuras”), o a un limbo atemporal que acerca algunos cuentos (“Los restos”, “Bienaventurados”) a Cortázar o Silvina Ocampo. Giaconi escribe con una precisión y una firmeza rara en un segundo libro, pero brilla más cuando prescinde de los resortes clásicos del género que hoy revisitan muchas cuentistas, y deja que el cuento se bañe en las aguas del paisaje próximo (realities, youtubes, programas trash de la televisión, comida de delivery) y se dilate en los meandros de la observación afinada que dan vida al género desde Katherine Mansfield hasta Alice Munro. La mirada se posa en el detalle palpable, ambivalente, como si la prosa presionara con los dedos la arcilla de la energía humana que modela a los personajes.

“Hoy, por ejemplo”, se lee en “Tasador”, “él no siente rastros de naftalina en la ropa que ella está usando. Adrián se acerca un poco más para asegurarse, pero es difícil olfatear mejor su camisa sin verse envuelto por el aliento de su madre, que ronca cada vez más fuerte. La luz azulada del televisor se refleja en las tachas del cuello y las hace brillar como si fueran uno de esos adornos del barrio chino con los que su madre decoró el espejo del baño.” Con la misma llaneza tangible, un soplo de metafísica se cuela en “Dumas”, traducido a la expresión cotidiana: “La palabra ‘abuelo’ era para él un regalo, como si, a sus cincuenta y nueve años, lo que en realidad le estuvieran diciendo fuera ‘buen trabajo’, o ‘misión cumplida’, y todo eso le provocaba una sensación que no era tanto la que produce un halago, sino algo más parecido al alivio, aunque con una cierta carga de ansiedad, como si también le estuvieran diciendo ‘podés morirte tranquilo’.”

La mirada es invariablemente dura pero no falta compasión por las miserias humanas que anidan en cualquier familia. Son los “seres queridos” del título que hacia el final, tras el desfile de hermanas rencorosas, padre ausentes y mujeres abandonadas, sólo puede leerse como una ironía.

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Literatura

Llega la obra “Severino, el infierno tiene nombre”, ópera prima del poeta Gabriel Rodríguez Molina

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

La llama permanece encendida. Es un fuego profundo, se abre paso entre laberintos de silencio. Danza. Hace sombra la sombra, tambalean las palabras, una vez, muchas veces. Intentan fusilarla. Sin embargo, la poesía no ha muerto.

El escritor y poeta platense Gabriel Rodríguez Molina, luego de escribir la novela “Severino”, la historia del anarquista italiano Severino Di Giovani, presenta por estos días su ópera prima “Severino, el infierno tiene nombre”, que verá la luz el próximo 12 de agosto.

Contarte Cultura charló con él para recorrer a través de sus palabras las rutas que lo llevaron a contar la vida y el proceso de morir del conocido tipógrafo.

“Severino –dice el autor- es mi primera obra de teatro. Acercarse a él ha sido acercarme a un fuego profundo. Tomar su voz es como tomar una antigua antorcha para alumbrar los oscuros laberintos de la historia y en sus paredes ver reflejada nuestra propia sombra que, de alguna manera, siempre ha sido testigo del fusilamiento de los poetas, es decir, del fusilamiento de la poesía”.

—Comencemos esta charla haciendo foco en el personaje que da nombre a tu libro y a la obra “Severino”, ¿cómo y cuándo se cruzó en tu camino?

—”Severino” se cruzó en mi camino al conocer, hace algunos años, a Osvaldo Bayer. Comenzaba el verano y yo había leído su primer libro de poemas, “Los cantos de la sed”, un trabajo muy bello y muy poco conocido. Magnetizado por esa obra llegué un día a su puerta para conversar de poesía, sobre todo, poesía alemana, que le gustaba más a él. En esa ocasión, ya habiendo leído su hermosa biografía publicada en 1970 sobre Severino Di Giovanni, le llevé el boceto de un relato, lo que luego se transformaría en la novela. Quedó en llamarme tras leer el relato pero ese llamado nunca existió, ya que un tiempo después él falleció. De alguna manera, la novela es una conversación implícita con él. Una forma de llenar ese silencio. 

—Luego de ese primer encuentro con Severino y su historia, llegó la novela, ¿cuáles fueron las rutas que recorriste para atravesar la historia y darle voz a tu protagonista?

—Las rutas podría decir que fueron dos: las de sus ojos y las de sus manos. Las de sus ojos en tanto que las poéticas que estaquean de alguna manera la obra son las de sus lecturas: Tolstoi, Nietzche, Shakspeare, Dante. Y las de sus manos en tanto que la poesía que se hilvana en la novela siempre corre por el surco de la carne. Las manos que escriben son las manos de un florista, de un docente, de un tipógrafo, de un anarquista, de un hacedor de bombas y también, claro, las manos de un poeta.  

—Y fue ese mismo recorrido el que te llevó a escribir tu primera obra como dramaturgo, “Severino, el infierno tiene nombre”. ¿De qué manera se desarrolló ese proceso de llevar a las tablas la historia del tipógrafo italiano?

—Entiendo que sí. La mirada y las manos de Severino se hicieron fuego en mí hasta que un día, tras un largo sueño, lo escuché hablar. Fue entonces que empecé a soñar con la obra. Pensar en su reencarnación a metros de dónde empezó su última persecución es, sin dudas y en palabras de un periodista con el que hablé hace poco, una reconquista del territorio. Se vuelve todo muy simbólico y ese silencio pasado por el misterioso filtro de la poesía hoy se vuelve grito. El proceso fue largo, ya que la idea comenzó a bocetarse a finales del 2020, aún encierro de por medio. Pero la espera, con el sólido equipo que se fue formando, de alguna manera hizo que la versión madurara y que cada palabra golpee como debe hacerlo. Eso ha sido un trabajo sutil de Mariano Dossena, quien ha sabido con paciencia y sensibilidad posarse también en los ojos de Severino para atravesar ese umbral. Hay también una belleza y una metafísica que ha ido adquiriendo la obra que tiene que ver con la lectura que han ido haciendo todos los que están trabajando alrededor de “Severino” desde la puesta, hasta la asistencia de Katiuska Francis, pasando por el trabajo de luces que propone Ana Heilpern

—Sobre el escenario se produce un diálogo entre el protagonista (encarnado por el actor Juan Manuel Correa) y la música de un bandoneón (Julio Coviello/Carla Vianello). Si pudieras elegir una palabra que represente ese intercambio que determina el ritmo de la historia, ¿cuál sería y por qué?

El actor Juan Manuel Correa interpreta a “Severino”. Ph: Matanza Viva.

—La palabra sería “ímpetu”. El ímpetu es la fuerza que mueve la obra. Es lo que movía la sangre de Severino. La música compuesta por Julio Coviello, e interpretada por él y por Carla, traducen el alma de Severino, desde la alborada de su juventud hasta su mítico final, sin dejar de lado las contradicciones que trazaron su camino. La voz del bandoneón, esa voz que desde las sombras jadea, es la voz de un segundo Severino que desde las nieblas retorna y perfora la trama histórica del relato para desnudar al actor y ponerlo cara a cara con la muerte, es decir, cara a cara con el vacío, es decir, con la eternidad. 

—Y si de palabras se trata, la poesía es otra de las protagonistas en escena, ¿de qué manera se filtra tu propia poesía en esta obra?

—Mi poesía, si se filtra, es a través de la fragilidad. Tomar una voz sanguínea como la de Severino y hacerla caminar por el terreno de la vacilación, de la duda, de la pregunta, es una apuesta poética. De allí brotan los momentos más curiosos de la obra donde el amor, la pasión, la tristeza, el dolor, se condensan para que esa ausencia, una ausencia existencial que todos llevamos dentro, se manifieste e irrumpa para desgarrar.  

—¿Qué te gustaría destacar de la escenografía y del vestuario?

Nicolás Nanni, encargado tanto de la escenografía y del vestuario, ha tenido a mí entender una lectura muy acertada de Severino. Lo coloca, por un lado, en el calabozo donde esperó la muerte, sin dudas cargado de un tinte reo. Y por otro lado, se desprende de esa representación, de ese espejo, para con sutileza, y gracias a un elemento central, romperlo, producir extrañeza, diálogos implícitos. La obra, el texto, el cuerpo del actor y la música, danzan alrededor de ese elemento haciendo que todo se pliegue, pero de otra manera, que da como resultado una visión muy original y muy abierta de la obra. 

Julio Coviello, Mariano Dossena, Gabriel Rodríguez Molina y Juan Manuel Correa. Ph: Matanza Viva

—¿Existe algún objeto simbólico dentro de esa escenografía que represente el espíritu o la temática principal de la obra?

—Sin dudas. Hay varios elementos donde se inscribe el alma de Severino y donde la poesía dialoga con la historia para expresar la verdadera condición humana: la dualidad, la duda, la pregunta, la incertidumbre, la eterna espera frente a la muerte, la posibilidad de mirar a los ojos al verdugo. ¡Ya los verán cuando vengan al teatro! (risas).

—¿Cuándo y dónde se podrá disfrutar de “Severino, el infierno tiene nombre”?

—“Severino” tendrá lugar los viernes de agosto (y muy posiblemente septiembre), a las 22.30, en el Centro Cultural de la Cooperación, de Avenida Corrientes al 1543 de la Ciudad de Buenos Aires. Como dijera aquel periodista que mencioné antes, y compartiendo su opinión, ponerlo de pie a pocos metros donde empezó su persecución final y 91 años después tras un largo silencio, es un acto de justicia poética. Quienes estén interesados, las entradas se pueden adquirir por Alternativa Teatral o en la boletería del teatro.

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Literatura

La Feria de Editores concretó la edición más convocante de su historia

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Con un gesto que desafió la incertidumbre económica y que da cuenta de la vitalidad de la edición independiente en el país, unas 18.000 personas participaron el fin de semana de la onceava edición de la Feria de Editores que reunió a más de 280 sellos en el Complejo C Art Media y se convirtió en la versión más convocante desde que abrió sus puertas por primera vez en 2013.

Las cifras que de movida marcaban un alza en el tamaño de la convocatoria -que pasó de 200 stands en 2021 a 280 en esta ocasión- tuvieron su correlato en la concurrencia, ya que mientras la edición anterior había reunido a 16.300 personas en el Parque de la Estación en un formato híbrido que fusionó charlas presenciales y virtuales, en este caso fue visitada por un total de 18.000 lectoras y lectores: 3.600 personas el viernes, 6.300 el sábado y 8.100 el domingo.

Las calles internas del predio -bautizadas con criterio literario como Juan José Saer, Sara Gallardo, Hebe Uhart, Ricardo Piglia, Juan Forn y Tamara Kamenszain– lucieron abarrotadas de visitantes que durante los tres días hicieron hasta cuatro cuadras de cola para ingresar. La demora les permitió garantizar la circulación, que los lectores pudieran disfrutar de los libros y, además, mantener un aforo razonable para esta última etapa de la pandemia.

“Logramos armar un espacio de casi 100 metros para que pudieran esperar bajo techo y para amenizar la espera recibían una impresión de Prensa la Libertad, podían ver un show de magia y tomar un café de especialidad de cortesía. La FED es evento público y gratuito consolidado para el mundo editorial, pero también es un paseo”, reflexionó al cierre el cocreador de la FED y de Ediciones Godot, Víctor Malumian quien, preocupado por las colas, se tomó el trabajo de cronometrar dos veces el tiempo que llevaba llegar a la puerta. “Lo máximo de espera fueron 6 minutos porque había circulación, no era grave”, contó con precisión.

Los sellos convocados dieron cuenta de un criterio federal y trascienden el mapa local: 50 de los 280 no son de Buenos Aires y 40 de esos 230 restantes son del exterior. Según Maluamian, el balance de las jornadas fue positivo para los nacionales y los internacionales que lo consultaban sobre cómo reservar para estar presentes el próximo año.

“Mucha gente. No podés arreglar encontrarte con nadie pero tampoco podés evitar encontrarte a alguien”, reflexionó, observadora, Marina, una lectora que reparó en esa mezcla de encuentro social con evento cultural que asumió la FED en estos días días. Esa dinámica tuvo un correlato en las redes sociales: muchos de los que visitaron la Feria se ocuparon de dejar, con fotos y videos, una huella de su paso por allí.

El encuentro creció a medida que pasaron los días. Para la primera jornada, el 90% de los stands había logrado recuperar el alquiler del stand, para la segunda, 9.600 lectores habían pasado por el predio y el domingo la concurrencia fue de 8.100 personas.

“La cantidad de gente fue increíble. Vendimos muy bien a libreros y a lectores y notamos mucho interés en nuestro catálogo. Además hubo una gran afluencia al espacio de la mini FED, un espacio para las infancias que armamos en un sector”, repasó Luciana Kirschenbaum, del sello de literatura infantil y juvenil Limonero. “Solemos decir que las ferias del libro son como fiestas, pero realmente la FED me parece una fiesta, sin mediación de ninguna metáfora. Uno se encuentra, comparte e intercambia entre muchos autores, lectores y escritores que están felices de asistir”, define.

Para Joana D´Alessio, editora y creadora del sello Vinilo y del infantil Ralenti, la FED fue “una bomba. Nos fue bárbaro con las ventas. El año pasado era la salida del encierro y eso generaba cierta euforia por la situación social. Este año, creo que la gente tuvo más resto para reparar en los libros, para buscar una editorial que les gusta mucho. Siempre es lindo encontrarse, pero ahora pareciera haber más tiempo y disponibilidad para hablar de literatura”.

Gimena Bilbao, quien también estuvo en el stand del sello, destaca la sed por “saber, preguntar y curiosear” con la que se acercaban los lectores. Para poder atender a todos, el escritor Mauro Libertella, editor de Vinilo, pasó varias horas con lápiz y papel anotando las ventas y actualizando el stock.

Si bien D´Alessio este año notó cierta revitalización de lo literario por sobre lo coyuntural, extrañó estar al aire libre porque las jornadas son largas. ¿Sus preferidos? El catálogo que trajeron las editoriales chilenas y mexicanas.

El escritor y traductor Martín Castagnet participó de la feria como encuestador: “Todos los años realizamos una encuesta, organizada por la propia FED y el Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro de la UNSAM, que coordina Alejandro Dujovne, para conocer a quienes se acercan a la feria. El objetivo es descubrir hábitos de lectura, qué editoriales y autores siguen, cómo es su consumo de libros y a través de qué medios. El resultado de este relevamiento anual es importante para nuestro presente y confiamos en que eventualmente también será una fuente de información muy rica para la historia nacional del libro y la edición”.

Castagnet, quien fue elegido por Granta como uno de los mejores autores sub 35 en lengua castellana, estuvo presente en el stand de Cúmulus Nimbus con su traducción de “Diecisiete sílabas”, el libro de cuentos de la japonesa-norteamericana Hisaye Yamamoto. Entre la multitud de stands, eligió tres destacados: los títulos de poesía de la editorial Llantén, incluyendo los libros de sus dos editores y traductores, Natalia Litvinova y Tomás Maver, con joyas rusas, australianas y locales; los libros de Erizo Ediciones, en especial “El empapelado amarillo” de Charlotte Perkins Gilman y “La historia de una hora de Kate Chopin”, dos libros esenciales de la literatura norteamericana del siglo XIX y cuyas autoras son cada día más actuales; y la editorial Pupek, una de las mejores novedades de literatura infantil, con libros pensados con un corazón musical.

Santiago La Rosa, editor del sello Chai, hizo un balance sumamente positivo de las tres jornadas. “Nos fue muy muy bien con las ventas y las novedades tuvieron mucha fuerza. Hubo gran cantidad de compras chicas. Entre viernes y sábado, vendieron más que en la edición 2021 y también más ejemplares que durante toda la Feria del Libro”, comentó el editor, en una ecuación que da cuenta de hasta qué punto la FED es fundamental para el sector independiente. Las novelas de Cynan Jones y “Autorretrato” de Celia Paul fueron las estrellas del catálogo de Chai. La charla de Peter Orner impulsó las ventas de su libro, “¿Hay alguien ahí?” y generó gran expectativa entre los lectores que esperaron más de una hora para irse con su ejemplar autografiado. Entre ellos, hubo uno muy agradecido que le obsequió un fernet con Coca Cola como un souvenir argentino.

Hubo otras visitas internacionales de lujo en esta edición: la consagrada autora mexicana Margo Glantz; la filósofa y socióloga eslovena Renata Salecl; la especialista canadiense en urbanismo y género, Leslie Kern, y desde Brasil la escritora feminista y crítica literaria Amara Moira.

Nicolás Leyton de la editorial chilena La Pollera celebró el interés de los lectores argentinos por el catálogo. “Ha sido muy lindo ver cómo el trabajo y la organización de la FED, que integra a editoriales y libreros y que fortalece finalmente a toda la cadena del libro”, sostuvo. La Pollera también celebró la dinámica comercial: “Hemos vendido bien. Recuperamos el costo del stand el primer día, pero más que eso ha sido muy importante para nosotros poder conversar con nuestros lectores acá en Argentina”.

Quienes se acercaban al stand del sello, repararon en las dos novelas del escritor Marcelo Vera, “Estepicursor” y “Solo”, su primera novela del año 2020. También vendieron varios ejemplares de la colección de narrativa contemporánea como “La muerte viene estilando” de Andrés Montero o el libro de divulgación científica “Vida sumergida”, de Catalina Velasco, que trata sobre la importancia de preservar el océano para preservar la vida en la Tierra.

Quienes pasaron por la FED usaron las redes sociales para postear su “botín”, la foto con los ejemplares que se llevaron. “Creo que el año que viene hay que hacer la FED en La Rural”, lanzó por Twitter la periodista, escritora y editora en Siglo XXI, Raquel San Martín e inauguró un diálogo en el que otros proponían a Tecnópolis y al Centro Cultural Kirchner como nuevas sedes. El intercambio, en tono de apuesta, da cuenta de una sensación: la FED es un evento cultural consolidado que en el futuro requerirá de un espacio más importante para seguir creciendo.

(Fuente: Agencia de noticias Telam)

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Literatura

Llega la segunda edición del Festival Borges

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Por Carlos Aletto (*)

Los diversos Borges que aparecen en cada época y con cada nueva lectura se reflejarán del 8 al 12 de agosto en la segunda edición del Festival que lleva el nombre del escritor, a través de las miradas de especialistas como Beatriz Sarlo, María Rosa Lojo, Jorge Fondebrider, Mariela Blanco y Silvia Hopenhayn, quienes a propósito del ciclo dedicado al autor de “Ficciones” explican la centralidad y la influencia del cuentista y poeta argentino desde la década del 40 a nuestros días.

La segunda edición del Festival se llevará a cabo en el marco del 123º aniversario del nacimiento del autor y sus catorce actividades programadas serán gratis. Participarán del encuentro figuras nacionales e internacionales. Desde España el escritor Javier Cercas y el poeta Luis García Montero. De Italia el académico Federico Favali. También dirá presente la profesora francesa Mariana Di Ció. De Argentina participarán además de los mencionados Alberto Manguel, Alberto Rojo, Sebastián Cardemil Muchnik, Magdalena Cámpora, Lucas Adur y Marcos Liyo.

Al protagonista del célebre cuento de Jorge Luis Borges “Funes el memorioso” le molestaba que “el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”, porque en ese río de cambios el animal ya era otro. Y según su poema “Heráclito”, el filósofo presocrático descubre que si bien el río cambia “él también es un río y una fuga”. Durante el Festival Borges aparecerán múltiples Borges, como si fueran mutando también en contacto con cada nueva mirada y cada nuevo tiempo que lo recupera.

Así, será posible acercarse al poeta aceptado y luego rechazado por sus pares, que la perspectiva de Jorge Fondebrider. Un Borges diferente al escritor que fue central en las décadas del cuarenta y cincuenta según plantea Mariela Blanco, tan distante también del cuentista candidato al Premio Nobel que ocupa la centralidad en las décadas de los sesenta y setenta, de acuerdo al recorte de Beatriz Sarlo, así como del Borges conferencista y de participación masiva en los medios y al escritor de policiales (Silvia Hopenhayn). Distinto también es el que encuentra su destino sudamericano en el recorrido que hace María Rosa Lojo). Hoy parece haber millones de Borges de ese Borges para millones que fue en los setenta.

El poeta Jorge Fondebrider explica a la agencia de noticias Télam que cuando el escritor empezó a publicar poemas en Argentina, inmediatamente fue bien recibido por sus contemporáneos e incluso llamó la atención de algunos de los poetas de la generación anterior. Dice el especialista que Borges “de alguna forma instaló una cierta idea de Buenos Aires en la poesía argentina que, con el tiempo, fue abandonando y que produjo el desencanto de sus pares”.

“Luego, produjo una serie de cambios bastante violentos en su poesía inicial, atribuyéndoselos al joven que había escrito esos poemas, que ahora era un hombre maduro y completamente formado -apunta Fondebrider a Télam-. Ambas cuestiones motivaron el repudio de otros poetas argentinos que, no sólo quedaron mal parados, sino a los que Borges, luego de cortejarlos, ridiculizó”.

El Borges de los 40

La crítica e investigadora Mariela Blanco explica que cuando Borges, en las décadas del 40 y del 50, publicaba asiduamente en los diarios, colaboraba con revistas, dirigía “Los Anales de Buenos Aires” (1946/1947), integraba jurado de concursos, realizaba cuantiosas traducciones y también daba conferencias en Montevideo y en muchos lugares del país. “La cuestión de su peso en el campo intelectual comienza a ser cada vez más demostrable, más allá de todo lo ya dicho sobre su importancia a nivel simbólico, luego de revolucionar el campo de la narrativa rioplatense a partir de sus cuentos más distintivos”, señala.

Según el equipo de investigación que integra la especialista, entre 1949 y 1955 Borges ofreció más de doscientas conferencias entre Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Bahía Blanca, Tucumán, Santiago del Estero y localidades más pequeñas como Azul u Olavarría. “Llegaba en tren y se sentaba detrás de un escritorio a hablarle al público con un tono monótono y confidencial, según los testimonios de momento, gracias a una poderosa red de instituciones que lo recibían y trataban como a una celebridad”, detalla Blanco.

En busca de la masividad tardía

La crítica Beatriz Sarlo explica a Télam que a partir de los 60 los medios de comunicación más masivos hicieron difusión de “Borges como el gran escritor nacional”. Y fundamenta: “Roberto Arlt en ese momento era un escritor que funcionaba mejor para los lectores y por lo tanto Borges -que es un escritor muy difícil- no tenía circulación, pero fue el impacto de la circulación mediática lo que aumentó el número de lectores. Es una ocasión en la cual afortunadamente los medios intervinieron difundiendo al más grande escritor del siglo veinte argentino”. Para la autora de “Una modernidad periférica” los dos grandes escritores en la historia argentina son “Sarmiento en el siglo diecinueve y Borges en el veinte”.

En la década del 60, Borges era un autor muy conocido en Europa: recibía premios, reconocimientos, ediciones completas de una revista. Sarlo explica que eso repercutía sobre su difusión en Buenos Aires: “No se publicaba en Buenos Aires lo que se escribía en Francia sobre Borges, pero sí se sabía que en Francia se publicaba a Borges como escritor central de la literatura del siglo veinte. Esa repercusión internacional que Cortázar tuvo muy tempranamente a Borges le llegó bastante tarde”, sostiene.

La autora de “Borges, un escritor en las orillas” agrega que el escritor “merece más lecturas que menciones, porque sus menciones se multiplicarían estéticamente de manera mucho más productiva si fuera más leído, pero es complejo descubrir su perfección. En el caso de Cortázar es más sencillo desvelar su forma. En Borges hay que conocer mucha literatura para descubrirla”.

El sudamericano más universal

La novelista y académica María Rosa Lojo dice a Télam que Borges desarrolla con éxito arrasador el programa literario diseñado en “El escritor argentino y la tradición”, la conferencia que ofreció en 1951: “Logra ser el argentino (el sudamericano) más universal, internacionaliza lo histórico/folklórico local, se apropia de los clásicos y de los excéntricos de cualquier tradición siempre que le sirvan para su proyecto único” explica y agrega: “Es un cuatrero genial y audaz que impone a todo lo que toca una indeleble marca personal por sobre cualquier yerra previa. Desde ya, le va mucho mejor que a Francisco Narciso de Laprida. Lejos de quedar hundido en ‘la noche lateral de los pantanos’, entra desde la periferia al canon occidental y ahí sigue. A tal punto que, en un país tan fisurado como la Argentina, se ha convertido en el prócer literario por antonomasia. Hoy es el San Martín de nuestras letras. Planea sobre todas las divisiones, las mira desde arriba como un cóndor andino”, dice la autora de “La princesa federal” y “Amores insólitos de nuestra historia”.

Volver a los clásicos para innovar

La escritora y periodista Silvia Hopenhayn señala por su parte que “Borges se nutre de los clásicos para crear nuevas formas (cuentos, poemas, ensayos, críticas, prólogos), que parecen provenir del impacto y el placer de lo leído. Como si hubiese hallado en el tesoro de la lengua, fórmulas (¿gemas?) para su propia escritura, que subvierte, recrea, dándonos pistas de los relatos universales, fundantes, de nuestra humanidad. Leer a Borges es como la guerra de las galaxias literarias, donde confluyen autores de siempre en actualidad permanente”, explica.

Hopenhayn, autora de la novela “Vengo a buscar las herramientas”, dice que “las novelas policiales (sobre todo las de enigma, pero también ‘negras’) fueron fundamentales”. Y detalla: Borges gozaba del género, le buscaba la vuelta y llegó a practicarlo en alguno de sus cuentos deconstruyendo sus partes, jugando con la figura del narrador-lector-detective”.

Con respecto a uno de sus relatos más conocidos dice la escritora que “‘Emma Zunz’, su cuento más distinto, tan genial y violento, protagonizado por una joven obrera, judía, virgen y asesina, en solo tres o cuatro páginas pone en juego las reglas del género, cambiando el estatuto de dos recursos fundamentales: el móvil y la coartada”. Y explica que en el taller que dictará en el marco del Festival Borges lo leerán para desglosar estos recursos, dando cuenta de su maravilloso hallazgo: “mover el móvil” en el medio del cuento, “revelando lo que Borges suele ofrecernos en todos sus relatos, lo intrínsecamente humano, en este caso, que no siempre se sabe en un policial (en la vida) a quién se quiere matar y por qué”.

Con respecto a este famoso cuento, Lojo plantea que “hay pocas heroínas en las ficciones borgeanas, en relación con los protagonistas varones. Suelen subordinarse a los valores viriles y ser funcionales a ellos, aunque no siempre. O no del todo. Emma Zunz, que tiene como objetivo central vengar la muerte de su padre, termina, sin embargo, buscando la reparación para sí misma y para su género, por el ultraje sexual al que ha debido someterse en ese proceso”.

“Algunas, como su abuela Fanny Haslam convertida en personaje, como la ‘India inglesa’ casada con un capitanejo ‘Historia del guerrero y de la cautiva’ (El Aleph), parecen estar solo acompañando a sus hombres, pero no lo hacen en forma inerte. Deciden, toman un camino, desafían. Otras heroínas se acercan a lo mítico, como la inquietante ‘Ulrica’ en ‘El libro de arena'”, acota.

El Festival Borges y tantos otras charlas, conferencias en torno al autor de “Ficciones” mostrarán todas estas distintas caras del escritor argentino más universal. Impulsada por la escritora Vivian Dragna y la editora Marisol Alonso, esta nueva edición del ‘Festival Borges’ se retransmitirá a través de YouTube La programación completa se puede consultar en https://www.festivalborges.com.ar/

(*) Agencia de noticias Telam

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