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Magela Demarco: “Mi hijo me hizo rever mis sueños y mis temas pendientes, y uno de ellos era ser escritora”

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Por Andrea Viveca Sanz

Enredada en la rueda de la vida, Magela Demarco se deja llevar por el oleaje de cada día y se entrega a escuchar el susurro de las aguas cotidianas, cargadas de mensajes.

Con certeza, se abraza a la espuma de sus sueños, que burbujean en su interior para convertirse en proyectos.

Sus letras se expanden en palabras que dan vida a historias que la conducen y la incluyen, para luego convertirse en mar, que lleva y trae la fertilidad de las emociones compartidas.

Inmersa en la realidad que la cuestiona, la escritora logra recortar con destreza situaciones que atrapa para transformarlas en ficciones.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora comparte sus vivencias en el mundo de los cuentos y presenta su último libro Un papá con delantal, publicado recientemente en España.

—Para presentarte, tres palabras que te definan.
—Solidaria, sensible y cabrona. Si bien no se puede abarcar en tres palabras como uno es, creo que estas tres me definen bastante. Por eso, en estos momentos que estamos atravesando en el país, la paso bastante mal al ver cada vez más gente durmiendo en las calles, cada vez más personas desesperadas porque perdieron el trabajo o porque no pueden pagar los impuestos. Vivo en Caballito, y ver que cada día van cerrando más negocios, que cada día hay una persona más en alguna esquina… Me angustia. Y ayudo, en lo que puedo. Claro que no puedo ayudar todos los días a todas las personas con las que me cruzo, porque no hay dinero ni ánimo que aguante. Y me angustia más ver que las políticas del Gobierno actual no solo generan esto, sino que buscan acentuarlo. No es un Gobierno que se preocupe por el otro, ni tenga empatía con el otro, con el pueblo trabajador. Sino todo lo contrario. De ahí que sea tan importante generar lazos de ayuda, de solidaridad, de unión frente a esta realidad salvaje. Y sí, soy cabrona. La realidad actual me angustia y me encabrona. La mentira, me enfurece, el individualismo también. El cagarse en el otro, me saca. Soy de esas que cuando ven a un hombre o a una mujer dejar la caquita de su perro/a en la vereda, salto como leche hervida y me pongo a gritarle que lo levante en medio de la calle. No tolero la falta de respeto.

—¿En qué momento sentiste que había en vos una semilla capaz de convertirte en escritora?
—Lo que siempre sentí es una felicidad inmensa al escribir historias. Eso lo traigo desde adolescente. Hay personas que disfrutan mirando fútbol, otras jugando al tenis, otras bailando, pintando, durmiendo. Yo disfruto escribiendo. Me pone alegre, me río de solo pensar en algunas ideas para mis cuentos. También escribo cuentos para grandes, y esos me divierten mucho porque son más ácidos, más de humor negro, más feministas. Creo que hay situaciones en la vida real que si no le das un toque de humor, son muy patéticas, muy incomprensibles. Los seres humanos somos bichos muy raros de comprender. Luego, cuando nació mi niño Tobías, dije: “Si lo que más me gusta es escribir cuentos, allá voy”. Tener un hijo me hizo tomar más en serio todavía esto de ser y hacer, es decir, que uno esté relacionado con el otro. Y yo quería ser ejemplo para Tobías. Paso de esas personas que se la pasan diciéndole al otro lo que tienen que hacer, pero en su vida ellas no lo hacen. A mí, mi hijo me hizo rever mis sueños y mis temas pendientes, y uno de ellos era ser escritora o publicar mis cuentos. De hecho, seguí periodismo porque me gustaba escribir –dentro de otras cosas por las que elegí esa profesión–. Porque en el momento que elegí la carrera, ser escritora no estaba dentro de las opciones que manejaba. No tomaba muy en serio mis “aptitudes” o no era muy consciente de todo lo que se movía dentro de mí cuando escribía. Lo hacía porque me encantaba y lo necesitaba hacer. La llegada de mi hijo me dio la palmadita en la espalda que me faltaba para dar ese salto e ir hacia lo que quería. Porque además, aprendemos con el ejemplo, no con las palabras. Y yo quería ser ejemplo para mi hijo. Quería que él tuviera una madre que se animaba a ir tras sus sueños. Y acá estoy. Y me considero escritora, porque me gusta escribir. Desde ese lugar relajado y accesible para todas y todos.

—¿Contanos qué mensaje te trajeron las olas para dar vida a tu primer libro infantil “Mi amigo el mar”?
—Amo el mar. Su olor, su vaivén, su fuerza. Me parece el mejor lugar para estar, descansar, equilibrarme y reponer energías. Hay personas a las que les ocurre esto cuando van a la montaña. Bueno, a mí esto me lo da el mar, y nada más que el mar. Yo siento que va limpiando el alma con sus olas, su olor, su murmullo constante y su vaivén. Casi todos los veranos voy a Villa Gesell. Junto con mi gordo, esperamos ansiosos que llegue el verano. Y hubo un verano (Tobías tenía tres años) en que el mar se le llevó un autito No lo pudimos rescatar. Desapareció. Y él rompió en llanto. Con mucha angustia. Entonces, se me ocurrió decirle que seguro había pasado porque el mar se lo iba a llevar a algún chico a quien su mamá no podía comprarle ninguno. Que él tenía muchos, y que después a la tarde íbamos al centro y comprábamos uno igual. Costó, pero finalmente paró de llorar y se tranquilizó. Internamente, creo que esa explicación era mi intento para que él pudiera entender antes que yo ciertas cuestiones del desapego, de no aferrarse estáticamente a las cosas, porque la vida es movimiento, es cambio. Es un fluir constante. Y hay que aprender a ser más flexibles y a fluir con la vida. Ese mismo ejercicio lo hicimos con los castillos de arena que construíamos y que el mar, a veces, se encargaba de derrumbar. Al principio se enojaba, pataleaba y decía que no iba a hacer “ningún castillo nunca más”. Hasta que al final entendió que los castillos de arena están para romperse. Y cuando terminó el verano dejó de encabronarse con el mar, y en cambio le gritaba sonriendo: “Chau mar” o “No importa, total hago otro”. Y también porque quería que desde pequeño aprendiera esto del compartir. Con el que menos tiene, con el que necesita ayuda. Porque siempre pienso que uno podría estar en ese otro lugar. Es fortuito el lugar donde nacemos. Y tranquilamente, nos podría haber tocado a nosotros estar en un lugar de mayor necesidad. Es más, la vida es una rueda, y por lo tanto, cambio constante.

—¿Qué te inspira a la hora de ponerte a escribir?
—Las vivencias de mi hijo, sus experiencias, sus inquietudes, sus alegrías, sus miedos, que muchas veces se los traspaso yo, aunque no quiera, como el miedo a la oscuridad, por ejemplo (vieron, tan grande y con miedo a la oscuridad, jajaja) … Pero también leer algunas noticias, escuchar algunas opiniones (a veces increíbles), ver alguna situación en la calle…

—Acaba de publicarse en España tu segundo libro “Un papá con delantal”, ¿qué nos podés contar acerca de esa nueva obra?
—Se podría resumir así: una madre casada o en pareja, con dos hijos (una niña y un niño) contrata a un señor para que la ayuda en los quehaceres del hogar. En principio, me gustó esto de jugar con la idea de que sea un señor (que se llama Amador y en catalán es Salvador) a quien la mamá contrata para hacer las tareas del hogar, porque es algo que no pasa en la realidad, o al menos en Argentina, todas las personas que uno contrata para trabajar son mujeres. Y, a decir verdad, no son muchos los hombres que barren, pasan el trapo, hacen las camas, limpian los vidrios, lavan la ropa, ordenan la casa, hacen las tareas con las hijas y los hijos, los llevan al médico… A lo sumo hacen una cosa o dos cosas de todas esas, pero la mayoría las seguimos haciendo las mujeres, además de salir a trabajar, claro. Y elegí que fuera –y se llamara– Amador, porque se precisa de mucha entrega y amor diarios para realizar las tareas del hogar que permiten un mejor funcionamiento y organización de la familia. La historia, en clave de humor, está contada a través de los ojos de una niña, que nos invita a cuestionarnos la división de algunos roles arcaicos que todavía existen entre hombres y mujeres. Y a poder ver las diferentes formas en que las mujeres criamos a nuestros niños de nuestras niñas (y después nos quejamos). El hecho de que un hombre “se ponga el delantal” simboliza la distribución equitativa de las tareas del hogar, que son abundantes, llevan mucho tiempo y siempre quedan a cargo de nosotras. Los hombres no tienen que “ayudarnos” a las mujeres con las cosas de la casa. Es un error este concepto de la “ayuda”. ¡Ellos deben hacer su parte!, es decir la mitad: 50 y 50.

—¿Cómo es el proceso de atravesar tus libros infantiles con temáticas que se asocian más al mundo de los adultos?
—Creo que todo libro “infantil” es para niñas, niños y grandes. Y todo adulto es una niña o un niño que ha acumulado muchos años. Con esto quiero decir que, todas y todos conservamos esa mirada, esas sensaciones, esas reacciones de cuando éramos pequeñas y pequeños. La famosa y el famoso niño y niña interior. Y por el otro lado (y con esto muchas y muchos me van a querer matar), creo que hay ciertos mensajes que vale la pena transmitir a las niñas y a los niños. Frente a la crisis de valores, de compromiso, de empatía, de solidaridad… en definitiva, frente a la falta de amor que estamos viviendo como sociedad y como humanidad, creo que hay mensajes para susurrar, soplar, “barriletear”, hacer volar y esparcir por los aires.

—¿Hay algún nuevo proyecto en el que estés trabajando?
—Sí, siempre hay proyectos nuevos, porque siempre están las ganas de escribir. Hay algunos que están buscando la editorial que los acoja.

—¿Cuál sería el sueño que te gustaría ver hecho realidad entre las páginas de un libro?
—Hay uno que todavía no comencé a escribir, pero que tengo muchísimas ganas de que se concrete. Tiene que ver con esto que hablaba antes, de poder ver al otro. Si se concreta, les cuento. =)


Magela Demarco

Tobías y Magela

Nació en el año 1976. Su infancia transcurrió entre las ciudades de Zárate, Campana y Buenos Aires. Creció escuchando cuentos e historias narradas que alimentaron su amor por los libros. Estudió Periodismo en la UCES. Trabajó nueve años para el diario Clarin.com. Luego en IntraMed, un portal de salud, realizando entrevistas a médicos. También para Unicef, como asistente de comunicación. Colaboró en revistas como G7 y Factor S, de Uruguay. Y más tarde fue encargada de prensa en Green Drinks Buenos Aires, una ONG que organiza charlas sobre sustentabilidad.

Escribe cuentos para manuales escolares. Obtuvo numerosas menciones en diferentes concursos y algunos de sus relatos para adultos fueron publicados en antologías.

Cuando nació su hijo Tobías empezó a escribir también para los más chicos.

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Mabel Pagano narra el camino recorrido en la escritura de “Eterna”, una biografía de Eva Perón

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Oma Buffarini //

Entre las páginas, la voz que muta, una murmuración sobre el ronquido de la muerte. La multitud en la ausencia. El nombre escrito en el aire, una vez, muchas veces, tinta sobre tinta, gotas de historia.

“Eterna”, la biografía novelada escrita por Mabel Pagano y publicada por Del Fondo Editorial, recorre las distintas etapas de la vida de Eva Duarte, quien cuenta su propia historia desde los distintos rincones del tiempo, gracias al movimiento de la pluma que la escribe, gracias a la tinta que resbala para darle forma a cada uno de los fragmentos que la constituyen.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora cuenta cuáles fueron los caminos que la acercaron a la figura de Eva Perón y cómo llegó a escribir el libro, un cristal compartido.

—Antes de entrar de lleno al proceso que te llevó a escribir esta biografía novelada, comencemos la charla haciendo foco en la imagen de tapa de tu libro “Eterna” (Del Fondo Editorial). ¿Qué representa para Mabel Pagano esa imagen? Si pudieras elegir una palabra que sea síntesis de este trabajo que te acercó a la figura de Eva Perón, ¿cuál sería y por qué?

—Esta imagen fue el resultado de un intercambio de ideas con el diseñador de la editorial. Yo quería una imagen diferente de Evita. Un arte sobre su figura y su significado en la historia política de la Argentina. Interpretó muy bien mi sugerencia. Ahí, en esa tapa, está ella, plena de fuerza y energía, hablando a su pueblo y dándose y recibiendo de él todo el amor que se profesaban mutuamente. Me acercó a la figura de Eva Perón, ese profundo y convencido rechazo hacia la injusticia. Y también todo lo que hizo para remediarla. Es decir, no sería una sola palabra, sino dos: Justicia Social.

—¿Cómo despertó en vos la idea de este libro y cuáles fueron los primeros pasos que diste para comenzar a escribir?

—La idea de este libro la tuve desde muy joven, por el motivo que señalé anteriormente. Después, leyendo sobre su vida, todo lo que se escribió, a favor y en contra, pensé que había que escribir una biografía novelada que dejara testimonio de todos los actos que realizó en su breve vida, en favor de los demás. Aunque en su tiempo no existiera esa definición, para ella la patria era el otro. Para mí también. Los primeros pasos fueron reunir toda la documentación posible del período peronista y contactar a las personas que lo habían vivido de cerca, para informarme y, asimismo, reforzar mis ideas.

—A lo largo de las páginas vas y venís en el tiempo, ¿cuáles fueron las mayores dificultades con las que te encontraste al momento de ir hilvanando la historia?

—Ese ir y venir en el tiempo, como el cambio de las voces, es mi estilo literario, que aparece en los más de cincuenta libros que llevo publicados. No me he enfrentado con dificultad alguna en el momento de escribir.

—El libro está dedicado a “todos los que comparten tu pedazo de cristal”, ¿cómo viviste el proceso de recopilar información y testimonios como si fueran fragmentos de una vida que ha sido contada muchas veces y desde distintas perspectivas?

—El proceso de investigación tuvo momentos difíciles, porque –como también está expresado al comienzo del libro-, hubo gente que estuvo vinculada al período peronista que se negó a brindar testimonios. Pero fueron apareciendo otras personas que no solo me abrieron su casa y sus bibliotecas, sino también el invalorable aporte de su experiencia personal.

—Y hablando de esos testimonios, ¿cuál o cuáles fueron los que más te impactaron o sorprendieron?

—Sobre esta pregunta, debo citar a Enrique Pavón Pereyra, que fue el biógrafo oficial del general Juan Domingo Perón (vivió varios períodos en la quinta Puerta de Hierro de Madrid) y tiene una vasta obra sobre la vida del líder justicialista. A Cipriano Reyes, histórico dirigente del gremio de la carne, ejecutor del 17 de octubre, marcha que, sin costar una gota de sangre, marcó el nacimiento del Peronismo, con el ingreso de la clase trabajadora al escenario de la Argentina. Por fin, y especialmente, al padre Hernán Benítez, confesor de Evita (la acompañó hasta la muerte y le dio la extremaunción). Él vivía recluido en su casa de Vicente López. Carta de por medio, me recibió allí no sólo durante la elaboración de “Eterna”, cuyo original fue el primero en leer, y aprobar, sino que siguió haciéndolo posteriormente. Compartimos una cálida amistad, absolutamente enriquecedora para mí, hasta el último día de su vida.

—El libro termina con un destacado archivo de fotografías que ilustran a la protagonista en sus distintas etapas, ¿cómo llegaste a ese material y cómo fue el proceso de selección y organización del mismo?

—El tema de las fotografías, búsqueda, recopilación y armado, es un mérito de Ediciones del Fondo.

—Entre tus letras, y a medida que avanza el relato, se desliza una historia de amor, ¿qué detalles de ella te movilizaron especialmente durante el relato?

—Distintos comentarios del padre Benítez, que convivió con la pareja presidencial durante mucho tiempo, me convencieron de que entre Perón y Evita había existido una verdadera historia de amor. Hay un detalle revelador: compartieron habitación y cama conyugal, hasta que por la enfermedad de ella hubo que acondicionarle un cuarto que respondiera a las necesidades de la situación. El que visite la Quinta 17 de Octubre, en San Vicente, lugar en el que la pareja solía pasar algunos días de descanso, verá que en los dormitorios hay una cama matrimonial.

—Para terminar y deteniéndonos en la imagen de la llama encendida que mencionás en la contratapa de tu obra, ¿qué creés que encendió en Mabel Pagano la figura de Eva Duarte después de escribir esta biografía?

—Lo de la “llama de su eternidad”, frase con la que cierro la novela, se me ocurrió porque, a mí, como a la inmensa mayoría del pueblo argentino, el de antes, el de ahora y el del futuro, nos deslumbró ese fuego que la iluminó durante su vida y que se agrandó después de su muerte, en la veneración que enciende su recuerdo.

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Éter Retornable: “Amamos esta obra porque sabemos que la historia que contamos es emocionante”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Es un círculo. Todo se repite una y otra vez, las palabras retornan, una encima de la otra, superpuestas, se parten, se unen. Renacen. Para evitar la muerte. Para asegurar la vida. Rotan. Para regresar al punto de partida.

“Éter retornable” es una tragicomedia en la que el absurdo es protagonista. Desarrollada en un único acto, la obra de Angie Oña, dirigida por Laura Álvarez, es un círculo en el que vale la pena entrar para hacerse parte de una historia que podría ser la de cualquiera de los espectadores.

Contarte Cultura habló con sus protagonistas, Camila Sebio y Pablo Rusconi, quienes levantaron el telón y nos acercaron al espíritu de la obra.

—Comencemos esta charla con un juego de presentación. Para eso les pedimos que elijan alguno de los objetos que forman parte de la escenografía de “Éter retornable” y que nos digan qué representa para cada uno de ustedes, tanto en lo personal como dentro del escenario.

Camila: —Los marcos vacíos en la obra son una clara señal de aquello que podría haber sido pero no es. A Madelón, mi personaje, la angustia la nada, desea rellenar la vida con lo que sea porque no puede permitirse la incertidumbre de la ausencia, y esa característica de persona como actriz me convocó muchísimo. Me pareció siempre un desafío encontrar la forma de contar su historia porque en algún punto es algo que nos pasa a todos.
Pablo: —¡Los cigarrillos imaginarios! Para mí los objetos no son lo importante, sino el significante que tienen, por lo tanto no necesito que estén físicamente pero si en el imaginario.

—En toda obra existe una fusión entre la ficción que se desarrolla sobre las tablas y la realidad representada por los espectadores, ¿cómo recibe el público en general ese primer contacto con ustedes y qué le ocurre a medida que transcurre la trama?

—El primer contacto es impacto total. Los personajes pasan del “todo mal” al “todo bien” y viceversa. En cualquier momento interpelan al público de una u otra manera, no hay forma de que no haya identificación porque todos sus aspectos están llevados a la mayor exponencia. Estos personajes rompen y arreglan, arreglan y rompen, se aman, se pelean, se vuelven a amar. ¿Quién no?

—Y hablando de esa trama y de espectadores, “Éter retornable” es una tragicomedia que bien podría atravesar la vida de cualquiera de los presentes en la sala, ¿de qué manera trabajaron desde lo corporal para lograr transmitir esas emociones tanto a través del humor como del drama?

—Físicamente probamos mucho. Somos dos actores a los que nos divierte jugar, el laboratorio creativo creemos que es nuestro fuerte. Esta obra crece función a función, indagamos en escena porque vivimos el aquí y ahora durante los 60 minutos que dura Éter. Entonces, ninguna función es igual porque las acciones que hacemos devienen de las emociones que van atravesando nuestros personajes, pasando de la comedia al drama y del drama a la comedia, constantemente. Contamos una historia de amor, con sus idas y vueltas, por eso estamos permeables a mirarnos para vivir de verdad lo que le pasa a Elmer y Madelón, que en el fondo son una pareja como cualquier otra.

—Hay una temática que va envolviendo otras, pequeñas, cotidianas, que son espejos en los que es posible mirarse, ¿cómo fue el proceso de ir dando forma a esa circularidad que sostiene la obra?

—El texto lo es todo en este sentido. El eterno retorno a la nada, a hablar de la nada buscando un todo nos permitió hacernos cargo corporalmente de esa propuesta. Con un texto tan hermoso y contundente, teníamos el desafío de lograr lo mismo con el cuerpo, que a su vez, debería decir lo que Elmer y Madelón no dicen con sus palabras.

—La música, la iluminación y el lenguaje simbólico marcan también el ritmo de lo que se cuenta, ¿cuáles fueron las principales dificultades al momento de armar esa sincronía sobre el escenario?

—Para ser honestos, no hubo complicaciones, todo fue surgiendo, como decíamos antes, del propio juego. Nos divertimos mucho haciendo esta obra, la amamos porque sabemos que la historia que contamos es emocionante. Pasa por todas las emociones, la gente se ríe, se pregunta cosas, se siente identificada, ¡les pasa de todo! Por eso, la iluminación, el sonido y todo lo simbólico de los objetos que utilizamos son parte de ese devenir de sensaciones que atravesamos con el público, en esta experiencia absurda tan linda que vivimos todos los domingos.

—¿Qué les gustaría destacar de la puesta en escena y del vestuario?

—Ambas intentan cargar con lo peor de ellos, con sus pretensiones y el fracaso de una vida buscando sentido a lo que no lo tiene.

—¿Quiénes colaboran en el detrás de escena?

—Para el detrás de escena contamos con asistentes de dirección que han ido variando a lo largo de estos meses, pero mayoritariamente también somos nosotros (Pablo y Camila) quienes nos encargamos de todo. Actuamos, pero también producimos nuestro espectáculo. Estamos en las redes, en el diseño y la comunicación que se da por Instagram en un feed back precioso con el público. También en el diseño de marquesina, flyers y volantes que circulan por Corrientes. Realizamos el diseño y en el armado del espacio que ve el público cuando llega al Multiescena y se encuentran con la casa de Elmer y Madelón. Somos también quienes consiguen notas para difundir a full este laburo que amamos. En fin, estamos en cada detalle porque deseamos que quienes vengan a vernos disfruten de este espectáculo tanto como nosotros.

—¿Dónde y cuándo se puede disfrutar de “Éter retornable”?

—Todos los domingos a las 21.30, en el Teatro Multiescena, de avenida Corrientes al 1764 de la ciudad de Buenos Aires.

—Para terminar, si pudieran sintetizar en una palabra, ¿ qué es lo que queda en el éter que los rodea después de cada función?

Camila: —Amor. Desde muy chica la pasión por este oficio es lo que me mueve a dedicarme a él, y cada domingo, al finalizar Éter, refuerzo ese sentimiento. El placer de contar una historia que emociona al público tanto como a mí, es el porqué de todo el laburo que hacemos durante la semana para que esta obra se sostenga.
Pablo: —Emoción.

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Matías Bragagnolo: “A la primera persona que tiene que resultarle digna de contar una historia es al autor”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Los ojos permanecen abiertos, cada músculo tenso en un instante. No se ve, afuera es noche sin tiempo. Los párpados pesan, se arrugan en el deseo de dormir. No pueden. Todo es oscuro. Y un pueblo parpadea los restos, sangre sobre sangre, acumulada en las palabras.

“Dormiré cuando esté muerto” , la última novela de Matías Bragagnolo publicada por Del Fondo Editorial, pinta la geografía y las costumbres de un pueblo que parece dormido pero no lo está.

Con el pulso puesto en cada letra, las palabras detonan una historia escondida. El insomnio es un protagonista invisible que se entrelaza con otros hilos de una trama ágil y profunda, donde nadie muestra su verdadero rostro.

Contarte Cultura charló con el autor platense para conocer el paso a paso de la creación de sus historias y para acompañarlo en la presentación de su última obra.

—Para comenzar esta charla vamos a poner en las “manos de tu imaginación” un cubo negro en cuyo interior se balancea una palabra que nos puede contar algo de vos en relación con esa imagen/objeto. ¿Cuál sería esa palabra? ¿Cómo comenzaría una historia de Matías Bragagnolo a partir de ese cubo?

—La palabra sería “disciplina”. Es un dogma en mi vida, un principio rector. La disciplina ha sido el medio para alcanzar lo poco que he logrado como escritor. Hace falta disciplina incluso para ejercer el ocio, si realmente uno quiere llevar a cabo una obra literaria seria. Especialmente en un mercado en el que se premia el oportunismo, el amateurismo y la corrección política. Especialmente si trabajás diez horas por día para ganarte el pan y la hora de escribir llega mientras los demás duermen.

—¿En qué momento de tu vida descubriste que la escritura atravesaba tus días o tus noches?

—Incluso antes de aprender a leer y escribir. Mi obsesión por los dinosaurios y el antiguo Egipto me llevaba a revisar enciclopedias y diccionarios todo el tiempo. Mi madre y mi abuela me leían mucho, y me dormía mirando los lomos de los libros de la biblioteca, sabiendo que algún día iba a ser lo suficientemente grande como para poder leerlos.

—¿De qué manera se revela una historia que necesita ser contada? ¿Cuáles suelen ser sus disparadores?

—A la primera persona que tiene que resultarle digna de contar una historia es al autor. En mi caso, el disparador puede estar en una conversación casual, en una imagen vista al pasar o en un sueño. Una buena historia siempre está a la vuelta de la esquina. Lo cual no quiere decir que todas las historias que se publican, sea en un diario o en un libro, sean dignas de ser contadas, claro está.

—Los protagonistas de tus novelas tienen caracteres muy definidos ¿Cuál es el trabajo que realizás para construir la psicología de esos personajes?

Alberto Laiseca decía que un escritor es un poco un actor, porque actúa a sus personajes en su cabeza para poder darles vida en el papel. Algo de eso hay en la forma en que compongo mis personajes. No pierdo el tiempo describiéndolos. Describirlos sin excusas, de buenas a primeras, en abstracto, es un enorme error, muy común en los autores que publican antes de tirar sus primeros borradores. A los personajes hay que caracterizarlos con y durante sus actos, mostrándolos en acción.

—¿Cómo llegaste a la novela negra y qué desafíos implica dar vida, continuidad y tensión a las palabras que hacen avanzar una trama policial?

—El género negro está incluso en los lugares no tan obvios. Hay quienes lo han encontrado en episodios bíblicos como el de Caín y Abel o en Romeo y Julieta. Realmente no sé si es tan así, pero aun aquellos que desprecian la novela negra por considerarla un género menor o por su violencia, terminan consumiendo el género en otros lugares sin darse cuenta. Dormiré cuando esté muerto es la única de mis novelas que podría ser considerada policial en sentido estricto, puro. Y, para aquellos que subestiman al género, debo decir que no es nada fácil estructurar una investigación de tipo policial. De ahí quizás nazca la gran admiración que tengo por autores como J.H. Chase o James Ellroy. Después, claro está, está la novela negra en sentido genérico, que no necesariamente tiene que tener una trama con investigación y resolución. En ese sector del género podría ubicarse al resto de mis novelas.

—En tus libros pareciera que el tiempo está por encima de los espacios, hay una especie de tic-tac que marca los pasos de cada personaje, ¿lo pensás así desde el comienzo o eso se va dando durante el proceso de escritura?

—No, es algo mayormente espontáneo. El ritmo lo es todo, ya sea que vaya al galope o que por momentos se aletargue en función del efecto buscado.

—Tu última novela, “Dormiré cuando esté muerto” (Del Fondo Editorial), es un ejemplo de ese juego entre espacio/tiempo. En una geografía que parece dormida, los relojes avanzan sobre una continuidad de hechos que aceleran los latidos de los lectores. ¿Cuál fue el punto de partida de esta historia y cómo nació la voz de ese narrador tan particular?

—El punto de partida fue un comentario que me hizo mi novia mientras estudiaba medicina. Me habló de la enfermedad que aparece en la novela y me pidió que escribiera un cuento al respecto. Ese cuento resultó ser una novela de 65.000 palabras. El narrador surgió por el problema que tenemos los argentinos a la hora de buscar un investigador para una novela policial: cuesta que sea un policía. A la policía argentina no se la asocia precisamente con la sagacidad, la probidad o el ingenio. Y la opción de un “periodista” de pueblo, inescrupuloso y chusma (personaje que en muchos pueblos existe), resultaba muy jugosa.

—Cada capítulo inicia con la imagen de un ojo que es una puerta de entrada a la temática central de la trama: el insomnio. ¿Cómo fue el trabajo integral con quienes realizaron la gráfica que representa tan bien las emociones de los personajes que construiste?

—La editorial tiene a un diseñador de portadas y a un diseñador de interior que son excelentes. Con respecto a la portada, la vi terminada sin saber que habían estado trabajando en eso, y quedé tan sorprendido como fascinado. He tenido muy buena suerte con las portadas de mis libros, todas me gustan mucho. Con respecto al diseño de interior de Dormiré…, sí, hubo una colaboración de mi parte, al menos en cuando a la idea, si bien el diseñador ya tenía algo perfilado.

—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

—Está en el tintero una novela sobre el porno, un tema que ya toqué en varios de mis trabajos, y otra sobre el caso real de la secta Niños de Dios. Esta última involucró un trabajo de investigación muy extenso, tres tomos. Estoy en la mitad del segundo, y quizás llevé un par de años más terminar el tercero. Pese al interés que generan las sectas en libros, series, documentales y películas, a las editoriales a las que les ofrecí el material no les resultó atractivo, así que en el peor de los casos, terminado el trabajo, será un regalo para mí mismo: la novela que siempre quise que se escribiera.

—Para terminar, y volviendo a nuestro cubo del comienzo, ¿qué palabra te gustaría dejar encerrada en su interior, como si pudiera fermentar y ser historia?

—”Pornografía”. Pasan los años desde que escribí mi primera novela publicada, Petite Mort, y el hecho de que haya gente dispuesta a vender parte de su sexualidad frente a una cámara y de que el resto consumamos ese producto no ha dejado de generarme todo tipo de interrogantes. Interrogantes que intento responder cada vez que vuelvo al tema en un cuento o una novela.

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