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Coti Estevan: “Kaani expresa mi forma de ver el mundo, la forma en que nos vinculamos con cada ser”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Es la semilla, el latido de la vida, la percusión de la tierra. Es el movimiento hacia arriba y hacia abajo, música y danza, el lenguaje ramificándose en las hojas, las voces en el aire, un mensaje de las raíces, viento y flores. Los pétalos entregados a la canción, caen. Es el fruto, que se abre y dispersa. Muerte y vida en los márgenes de la palabra.

La cantautora, bailarina y artista interdisciplinaria Coti Estevan presenta por estos días su nuevo disco, “Kaani”, una obra nacida desde el centro de la tierra, en las sombras del suelo, en el punto donde la música crece y se perpetúa.

ContArte Cultura charló con ella para conocer acerca de su recorrido artístico y especialmente sobre el proceso creativo de su obra.

—Hay una imagen, la de las raíces entrelazándose por debajo de la tierra, sosteniendo en las profundidades aquello que crece por encima, que representa la esencia de tu obra. Para comenzar esta charla nos gustaría sumergirnos en la tierra y pedirte que nos cuentes cuáles fueron las semillas que dieron vida a “Kaani”, tu último disco.

—Este disco nace del deseo de poder integrar mis distintas facetas creativas. Hacía tiempo que venía deseando hacer una presentación donde estuviesen entremezcladas la música, la danza y la poesía. A principios de 2022 me convocaron desde el Museo Nacional Estancia de Jesús María, a través de Cultura de la Nación, para hacer una presentación en conmemoración al Día de la Tierra y del Aborigen. Justo había ganado la convocatoria Argentina Florece del INAMU y se conjugaron las dos cosas, dándome impulso para realizar la puesta escénica interdisciplinaria Kaani, Entramando Raíces. En ella participaron 15 artistas de distintas disciplinas. La obra de música, danza, artes visuales y poesía, buscaba reflexionar sobre el vínculo de la humanidad con la naturaleza, tomando como inspiración las cosmovisiones de los pueblos originarios. La realizamos por distintos lugares de Córdoba capital y el interior. Fue una experiencia maravillosa de creación colectiva, donde cada artista pudo aportar su creatividad y su forma esencial de expresarse, dando lugar a un espectáculo muy sentido y profundo. Por un lado me interesaba reivindicar y poner en valor los saberes de las culturas originarias, sus cosmovisiones. Tomo principalmente de ellos su sentido de conexión con el mundo, el hecho de saberse seres naturales que han de vivir en armonía con la naturaleza, aquella que les brinda hogar y alimento, y no seres separados de ella sobre la cual hay que tomar posesión y controlar. Por otro lado, reflejar el hecho de que nuestra cultura actual es el resultado de una mixtura de corrientes culturales que se han ido entremezclando: la afrodescendiente, la europea y la de los pueblos originarios. Traer a la luz y en valor que somos ese crisol de culturas, que los pueblos originarios son parte esencial nuestra. Revalorizar su voz por tanto tiempo acallada, como un valioso armónico que hace a nuestra esencia latinoamericana, y brindarles el lugar que merecen en la historia y en el presente.

—Y dentro de cada semilla se cuenta una historia. ¿Qué recorridos atravesó el germen del arte en vos?

—Yo nací en una familia de músicos. Mi papá, mi mamá, mis tíos y tías, hermanos, hemanas, primos y primas, casi todos son músicos o artistas en otras ramas. Crecí en una casa donde todo el día se cantaba y había música. Crecí jugando en medio de ensayos de distintos grupos o coros. Para mí la música es esencial, principalmente el canto. Cantar me ha salvado siempre de cada momento oscuro o de crisis en el que muchas veces entramos como parte de nuestro crecimiento. Mi papá se dedica a la música andina. Desde muy chicos estuvimos conectados con esa cultura, sus saberes y cosmovisiones. En mi familia se reflexiona mucho sobre estos saberes. Yo pasé por el canto lírico, por la música académica, la música experimental, distintos formatos de grupos de música latinoamericana, folklore argentino, hasta me dediqué un tiempo a las canciones tradicionales españolas. Creo que todo eso se refleja en mi forma de componer y armar arreglos, esa mixtura de recorridos que hacen lo que soy. Mi formación principal es la del Teatro de la Voz de Roy Hart, que en Córdoba se llama Cuerpo Sonoro. Lo herede de mi abuela Delia y mi maestra es Clelia Romanutti. Gracias a ella me conecté con la danza y fue un sin parar de querer aprender más sobre la danza, el movimiento y la voz asociada al cuerpo.

—Sin dudas, cada tema es también parte de ese recorrido, el fruto que se abre para dejar caer su música sobre el paisaje, ¿de qué manera percibís el nacimiento de una canción?

—Cada canción ha sido diferente. Las primeras nacieron en un momento de improvisación con la voz y la danza. Mientras bailaba me bajaban melodías y palabras que grabé con el celular. Luego les di forma de canción. Al tema Río lo soñé, literalmente casi completo: a mitad de la noche me desperté, busqué el celular y lo grabé así como lo había soñado, porque sabía que si no, al otro día, no me lo iba a acordar. Otras veces escribí la letra sobre algo que me inspiraba y luego le puse la melodía, o jugaba con una base armónica y sobre eso inventaba la melodía. Me gusta que las canciones vengan de formas diferentes, sin un método específico. Lo más lindo es sentir que ellas ya estaban desde antes, como si siempre hubiesen estado ahí esperando. Es una sensación raramente hermosa la que me sucede. Siento que yo simplemente soy un canal por el que ellas bajan. 

—¿Qué instrumentos forman parte del paisaje sonoro de “Kaani”?

—El paisaje sonoro de Kaani está representado por una combinación de algunos instrumentos tradicionales de nuestro folklore como la guitarra y el violín, por el bajo y un set de percusión mixto compuesto por bombo legüero, platos, redoblante, tons y djembe, que brindan una fusión interesante, entre moderna y tradicional. Al mismo tiempo, el bajo eléctrico ocupa un lugar sobresaliente en muchos de los arreglos, para mí su sonido simboliza las raíces que se conectan y se comunican bajo tierra. La profundidad de su sonido me remite al corazón, a todo aquello que está presente pero de un modo inasible e impalpable, lo espiritual de la energía vital.

—¿Quiénes colaboraron en la producción y realización de este proyecto?

—En la producción del disco colaboraron muchas personas, muy queridas y talentosas. Los protagonistas principales fueron los músicos de Entrama, quienes pusieron en juego su talento, creatividad y profesionalismo para dar a luz este hermoso proyecto musical. Ellos son Ámbar Boursiac (guitarra criolla), Jazmín El Hay (coros), Ximena Estevan (violín), Pablo Estevan (bajo eléctrico) y Rubén Mansilla (Percusión). Yo quería capturar la esencia de la obra, la sinergia de la energía de lo grupal, de lo que sucede en momento presente. Es por eso que busqué una sala de estudio donde pudiésemos grabar todos juntos al mismo tiempo. Y encontré la mejor de Córdoba, no sólo profesionalmente, sino por la buena onda y el cariño con la que fuimos recibidos y tratados. Fue grabado, editado y masterizado por Sebastián y Martín Bergallo en Desdémona Estudios, en Córdoba capital. Por otro lado, en la creación del arte de tapa estuvo la artista visual Julieta Díaz Mezzacapo, quien también participó en la puesta escénica. Ivana Estevan realizó el diseño de la contratapa y el desplegado para la impresión del disco en físico. Yanina Luponio Sáenz, gran artista, participó con su voz y sus poesías escritas exclusivamente para la obra, en la publicación del álbum completo que está disponible en YouTube. En la edición y masterización de los textos estuvo el arte de Matías Romero Acuña en su Estudio Aural Sounds. Por último, no quiero dejar de nombrar a Yannick Constantin, quien no sólo sacó las hermosas fotos que están circulando para la promoción del disco, sino que también hizo la realización audiovisual del videoclip de Cantomadre que estará disponible en YouTube a partir del sábado 22 de julio. Una hermosa obra de arte en la que participaron muchísimas personas queridas, principalmente Noelia Vázquez de Novoa y Eva Romero Tulian como actrices principales.

—El arte de tapa sintetiza el espíritu del disco. ¿Cómo fue el proceso creativo que llevaron adelante para que la imagen y la música se fundieran?

—Se lo debo principalmente a Julieta Díaz Mezzacapo. Ella fue parte del colectivo artístico con el que realizamos la puesta escénica. Vio y fue parte de la obra muchas veces, creo que eso simplificó el tema de poder llevar a una imagen la esencia de la obra. Pero sobre todo su increíble talento y capacidad de síntesis para resumir en lo visual semejante cantidad de experiencias y sensaciones. El dibujo es una semilla que se abre a la vida, es tan grande la extensión de sus raíces como el desarrollo de sus ramas, hojas y frutos. Me gustaba la idea de que se viera tanto el abajo, lo profundo, lo que permanece en las sombras, como el arriba y lo luminoso. Todo lo que manifestamos en nuestras vidas es fruto de aquello que guardamos en las profundidades de nuestro ser. Lo que creemos, creamos. Es una semilla cuya danza es el movimiento vital de crecer, de ser y desarrollarse en esa simplicidad de lo que “vino a ser”, sin más que esa sencillez austera y bella de fluir con la danza de la vida.

—¿Qué nos podés contar de Entrama y de La Fragua- Nuestro Folklore, las dos agrupaciones de las que formas parte.

—Son dos proyectos muy hermosos y diversos. En ambos hacemos temas de composición propia. En La Fragua todos componemos y en algunas canciones lo hacemos en conjunto. Es un grupo de estilo estrictamente folklórico argentino. La diversidad de temáticas que tocamos tiene que ver con la diversidad de cosas que nos inspiran. Siempre cuento en broma que Mauricio es el romántico, Pablo nos cuenta sobre vivencias o lugares y yo soy más mística y casi siempre hablo sobre la naturaleza. Gabi aporta con melodías hermosas y arreglos. Es un grupo humano muy hermoso, somos por sobre todo muy amigos y amamos juntarnos a compartir la música, comer algo rico y divertirnos. En Entrama hacemos temas míos, los arreglos los vamos construyendo desde el aporte de cada uno. El estilo es bien mixturado, principalmente de raíz folklórica argentina y latinoamericana. Pasó por varias formaciones diferentes, pero el que sigue firme como un pilar muy importante para mí es mi hermano Pablo. No sólo por su aporte musical excepcional, sino también humano, con su presencia que me sostiene y me banca en todas las locuras. Mi prima Ximena aporta talento y orden, es una grosa en todo lo que se propone hacer y también un fuerte pilar del grupo. Rulo (Rubén Mansilla) es un hermoso ser, callado y súper comprometido, que aporta un montón al grupo. Y finalmente Facundo Olivera, quien se sumó hace poquito, es un gran amigo con quien fuimos compañeros de escuela y que la vida nos vuelve a cruzar. Está sumando un montón al grupo desde su experiencia y gran talento. Fue un gran hallazgo.

—¿Dónde y cuándo se realizará la presentación del disco?

—La fecha de presentación del disco en la Ciudad de Buenos Aires será el sábado 19 de agosto a las 21, en Espacio Tucumán, de calle Suipacha al 140. Las entradas anticipadas las pueden conseguir por Alpogo.com. Será un espectáculo integral de música, poesía y danza. Las canciones se irán entrelazando con la poesía y la voz en movimiento. El domingo 20 de agosto a las 12 estaremos presentándolo en Junín, provincia de Buenos Aires, en La Negrada – Patio de Retumbos, en calle Garibaldi 209. En Córdoba estaremos presentando el viernes 4 de agosto a las 22, en un hermoso centro cultural de Alta Gracia llamado Villa Roma.

—¿En qué otros proyectos estás trabajando actualmente?

—Estoy en un nuevo proyecto de armonización sonora y meditación con la voz en movimiento, junto a Matías Romero Acuña, y participando en unas colaboraciones con el artista Luis Luchetti, multi performance de música experimental en música electrónica. Incursionando en nuevas facetas.

—Para terminar, si pudieras elegir una palabra que simbolice lo que significa “Kaani” para vos, ¿cuál sería y por qué?

Kaani simboliza para mí Entramar. Es mi forma de expresar de qué manera sutil se hilan las hebras que forman parte de este gran tejido invisible que es la vida. Representa el hermanamiento de saberes ancestrales con los actuales, la fusión y el sincretismo de diferentes raíces culturales y musicales, y la mixtura de diferentes disciplinas artísticas. Kaani expresa mi forma de ver el mundo, la forma en que nos vinculamos con cada ser: Somos el otro, somos el mundo.

(Fotos: Ivana Estevan, María Teresa Ruiz, Yannic Constantin, Yanina Lupanio, Luciano Ferrabone)

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Cynthia Edul repasa “El punto de costura”, una obra donde lo familiar y lo laboral disparan y sostienen la historia

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Es un hilo más otro hilo. Y otro. Manos urdiendo la trama, el lenguaje de los dedos, un sonido que teje. 

Es una palabra encima del hilo, las voces cosidas, el acento en la aguja, un hilván que sostiene.

Es la tela y el hilo en la tela, la tijera y el silencio, texturas superpuestas, voces asomándose entre los puntos, una costura del verbo.

Es antes y después, todos los hilos y todas las palabras, la sintaxis de la trama.

“El punto de costura” es una obra que se introduce en el universo textil, una trama tejida con hilos personales que se expande más allá del escenario.

En diálogo con ContArte Cultura, Cynthia Edul, autora de los textos, directora y responsable de la lectura en la obra, tira de un hilo y de otros, indaga, cose y corta con su voz, con los sonidos que despiertan, texturas y nombres, en el punto de sus propias costuras.

—Sin dudas a lo largo de nuestras vidas existen hilos de historias que nos cosen por dentro, palabras en las telas de los cuerpos, costuras que nos definen. Para comenzar y a modo de presentación, si pudieras elegir la imagen de una “costura” que te represente, ¿cómo sería? ¿Qué hilos formarían parte de esa trama?

—Creo que la imagen textil que me representa es el Boro. En Japón es un tipo de costura como el patchwork que se hace con retazos y esas prendas se heredan de generación en generación. Cada generación sigue usando ese traje y las memorias de toda la familia se conservan en ese texto.

—Y porque hay hilos que permanecen a lo largo del tiempo, nos gustaría llegar a los orígenes, a tu propio primer punto de costura. ¿Qué vivencias personales te acercaron al mundo textil?

—En mi caso, mi familia paterna se dedicó a lo textil. Desde que llegaron de Siria se iniciaron en ese rubro, así que la tradición del trabajo familiar era ese. Y también el mandato de ese negocio pesaba mucho en mi familia. Yo me dediqué a la literatura, pero siempre estuve involucrada en el negocio familiar y en la pandemia me tuve que hacer cargo… no tuve opción. Entonces empecé a escribir sobre qué sentidos puede tener regresar a los oficios familiares, a la historia del trabajo familiar y recuperar mis experiencia con todo ese mundo.

—¿Cuáles fueron los disparadores para empezar a poner en palabras esas vivencias hasta llegar a dar vida a tu obra “El punto de costura”?

—El primer disparador, como comentaba antes, fue el regreso a los oficios familiares textiles en primera persona. A partir de ahí comencé a construir esa primera línea, que tenía que ver directamente con el motivo del regreso. Después empecé a tirar hilos que se relacionaban con la historia familiar: la historia del algodón, las historias de las hilanderas. Y a sumar otras como las historias de opresión y de resistencia a través del textil. Recuperando eso fui reencontrando las vivencias personales, a la luz de otras vivencias, históricas y sociales.

—Toda la escenografía da cuenta de ese universo donde una trama se superpone a la otra, la palabra y la imagen, el sonido y las texturas, ¿quiénes colaboraron en el proceso creativo del mundo textil sobre el escenario?

—La escenografía fue algo que fuimos construyendo con María Venancio y Nicolás Zuñiga, en un principio, y luego con Sebastián Francia. La idea era hilar texto, imagen y sonoridad, construyendo de alguna manera las mesas de costura. En una trabaja Guillermina Etkin y en otra yo, con un espacio que es la alfombra, el espacio textil tan sagrado para muchas religiones también. Y así, simplificando pero dándole sentido específico a cada función, fuimos construyendo ese espacio, que tiene en el centro al telar y la máquina de coser. Dos elementos que se vuelven centrales en el relato.

—También hay un trabajo muy interesante con la música, un paisaje sonoro que se une a la voz y al piano para crear texturas nuevas. ¿Cómo fue el trabajo con Guillermina para lograr esa fusión de sonidos que ayudan a narrar?

—Con Guillermina leíamos el texto y a partir de eso ella empezaba a componer sonoridades, canciones, tonos, que expresaran el sentido profundo que le provocaba lo que leía. Así que fuimos buscando parte por parte, investigando la sonoridad en cada momento. Además, teníamos una premisa que era usar los textiles como elementos sonoros: de ahí el telar, la máquina de coser, las telas, el costurero y la amplificación de esos sonidos que, como decía John Cage, “actúan”.

—Para concluir, detengámonos entonces en esos sonidos. Si pudieras elegir el que represente el espíritu de la obra, ¿cuál sería y por qué?

—Difícil pregunta, pero si tengo que elegir uno: la máquina de coser. Ese sonido mecánico y al mismo tiempo familiar, ese objeto con el que trabajaron nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras tías. Hay está el espíritu de las mujeres costureras. Creo que ese representa muy bien el espíritu de la obra.

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Gabriela Margall: “Necesitaba una vuelta a mis raíces y ahí estaban los libros esperando”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

El fuego arrasa, incendia los nombres. Es la guerra sobre el amor, que resiste y se deja abrazar por las llamas. Hay una revolución en los cuerpos, una intuición de libertad, como si adentro y afuera se encontraran en una misma batalla.

Y es que los combates se dan primero en los cuerpos, en las ideas capaces de encender otras chispas y alimentar otras llamas.

Tres mujeres, tres historias atravesadas por el fuego y por la guerra. Tres deseos de libertad encerrados en aquello que no puede nombrarse, pero igual crece.

La trilogía de Gabriela Margall, que incluye sus novelas “Si encuentro tu nombre en el fuego”, “Con solo nombrarte” y “La viajera del sur” y fue publicada por Del Fondo Editorial, recorre los tiempos de las invasiones inglesas y de las guerras napoleónicas para sumergir a los lectores en tres historias de amor capaces de resistir cualquier batalla.

ContArte Cultura charló con la autora e historiadora para acercarnos al proceso de escritura de esta saga, cuyas protagonistas seguramente serán capaces de trascender las páginas que las contienen a través de cada lectura.

—La guerra y la libertad son dos temas que atraviesan tu trilogía. Entre las páginas se desatan revoluciones históricas pero también las personales. Vamos a detenernos ahí. Para comenzar esta charla y a modo de presentación, hagamos foco en esos movimientos personales que te llevaron a escribir a las protagonistas femeninas de estas novelas. Si pudieras elegir dos cosas de esas mujeres en las que te veas reflejada, ¿cuáles serían?

—No siempre construyo personajes porque me reflejo en ellos. Si hago una historia de las protagonistas, probablemente no haya muchas características similares. De hecho, me gusta trabajar con personajes y elementos que no tienen que ver conmigo, porque lo que me interesa es la reconstrucción de un período histórico y qué ocurría con los seres humanos dentro de ese tiempo. 

—Como todo tiene un comienzo y un final que suelen tocarse, nos gustaría llegar a ese punto de contacto: ¿Qué fue lo que te movilizó para escribir aquella primera novela “Si encuentro tu nombre en el fuego” y luego de tantos años llegar a la escritura de “La viajera del sur” para cerrar la historia de la familia Torres?

—Como decía antes, lo que me gusta es la reconstrucción de un período histórico. El fin del Virreinato del Río de la Plato, las Invasiones Inglesas, la Revolución de Mayo y la guerra por la independencia de España, son períodos que están muy estudiados en la historia argentina. Tenemos mucha información, incluso sobre la actuación de las mujeres y otros sectores subalternos. Escribir esa historia, incluso desde la ficción, es una de mis cosas favoritas.

—En ese lapso de tiempo entre una y otra obra escribiste “Con solo nombrarte”, una novela ambientada en los escenarios de la segunda invasión inglesa a Buenos Aires. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir aquellos días y de darle continuidad a tu primera historia?

Si encuentro tu nombre en el fuego y Con solo nombrarte fueron concebidas juntas. Las dos salieron para los bicentenarios de la primera y segunda invasión inglesa y por eso nunca existió la urgencia de continuar la historia. Y tampoco hubo urgencia después, sino que fue un proceso de cambio y continuidad que se dio con los años. Necesitaba una vuelta a mis raíces y ahí estaban los libros esperando.

—Si hay un punto en común en esta trilogía es la presencia de mujeres fuertes, que se atreven a todo, algo que no era común en esos tiempos, ¿de qué manera trabajaste para darle vida a cada una de tus protagonistas?

—En las tres protagonistas lo que busqué fue “ir un poco más allá”. Las tres, Paula, Jimena, Julieta, tienen una base histórica, podemos establecer que sí, que algunas mujeres hicieron lo que hacen ellas (con algunos límites). Lo que busqué en las novelas fue que eso que hacían (el acceso a libros y organización de reuniones, la participación en batallas y el comercio y actuación como espías) quedase bien definido y con algunas licencias. Pero todo tiene un anclaje en la realidad.

—Más allá de los vínculos de sangre que las unen, qué  te parece que podría representar a tus tres protagonistas: Paula, Jimena y Julieta.

—Están en el mismo punto de vista político, las tres son parte de ese grupo que va a liderar el proceso de revolución e independencia de España. A veces se considera que solo son hombres los que tenían ideas políticas, pero basta leer las cartas de Guadalupe Cuenca a Mariano Moreno para saber que ella tenía un conocimiento claro de la realidad política del momento.

—Y hablando de Julieta, ella es la que va a cruzar el océano para hacerse parte de otra guerra, ¿qué fue lo que más disfrutaste o padeciste al momento de “viajar” con ella hacia los tiempos napoleónicos.

—Mucho antes de que supiera qué historia iba a contar con Julieta, sabía que iba a ser una novela de viajes. Así que fue un proceso tranquilo.

—¿Cuál fue la batalla que más te costó escribir y por qué?

—La batalla por la Reconquista de Buenos Aires en Con solo nombrarte. Conocía bien la ciudad y las calles, pero las tropas de ambos bandos avanzaban y retrocedían, entraban en casas, había túneles, arroyos en la ciudad, no fue sencillo tener todo eso en la cabeza y traducirlo en una novela.

—Más allá de las guerras, cerca de ellas siempre late el amor, ¿de qué manera surgieron en vos las historias de amor de tus protagonistas?

—Siempre pienso en los protagonistas como una pareja, nacen así, y considero con atención qué es lo que los separa, porque es el centro de la novela, y cómo se va a resolver, si es que se resuelve.

—Con la trilogía completa, ¿qué sigue ahora en el universo Margall?

—Veremos. Hay varias cosas que tengo en mente y no me alcanza el tiempo para todas. La historia siempre está presente, aunque me gustaría probar con la épica fantástica.

—Para terminar, te invitamos a elegir tres telas o vestimentas que representen respectivamente a cada una de tus novelas.

Si encuentro tu nombre en el fuego: una mantilla de encaje.
Con solo nombrarte: un abanico.
La viajera del sur: un vestido verde oscuro.

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Verónica Sordelli: “Escribir fue la manera de leer mi vida”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Las huellas de sus pies desaparecen, se hunden en la arena como si nada hubiera existido, después de los deseos. Son partículas de tiempo disolviéndose, nada. Cada paso los acerca y los aleja. Son un espejismo de sus propias palabras. No basta con pronunciar sus nombres, el viento se los lleva, los arrastra al vacío, donde alguna vez existieron castillos de arena.

“Castillos de arena”, la última novela de Verónica Sordelli, cuenta una historia que se pierde en las arenas del desierto, en un escenario que muta para dejar en los lectores un viento de preguntas que, poco a poco, van revelando los otros desiertos, los que habitan en el interior de sus protagonistas.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora cuenta acerca de su propia ruta en el camino de la escritura, especialmente de su última obra, donde invita al lector a viajar a través de sus palabras.

—La arena, su liviandad, esa convergencia de partículas en movimiento y la textura al pisarla suelen llevarnos a distintos escenarios donde nuestros pies han dejado sus marcas. En tu novela el desierto es un gran protagonista, es por eso que para comenzar nos gustaría detenernos en las sensaciones que la arena haya despertado en vos, en sus huellas, que de alguna manera puedan ayudar a presentarte.

—Soy de Necochea, la arena me acompaña desde mi infancia. Siempre fue la misma, soy yo la que con el paso de los años la fui viendo distinta, porque en cada etapa de mi vida despertó sensaciones diversas: una infancia construida de la misma manera que con la pala y los rastrillos se construyen los pozos esperando que desde su interior surja el mar. El asombro de no entender por qué sucedía y la alegría de que así fuera. Una adolescencia donde la arena representó los fogones con amigos, el primer beso de amor y tal vez la primera lágrima de desamor. Una adultez donde comencé a caminarla, y se la presenté a mis hijos y los ayudé a construir sus castillos y los escuché gritar de alegría y tuve que consolarlos cuando el mar, en cuestión de segundos, los desmoronaba. Miré muchas veces para atrás, no estaban solamente mis huellas, y lloré mucho despidiendo algunas que se fueron y agradecí recibiendo a aquellas que se sumaron. ¡Y si! ¡Así es la vida! Y como aquella niña siento el asombro de no saber porque sucede y la alegría de que así sea.

—Y en ese desplazamiento que significa viajar, vayamos a tus comienzos como escritora. ¿Recordás en qué momento de tu vida se despertó tu deseo de contar historias?

—Mi primera novela surgió de la necesidad de contar la historia de las playas de Quequén, una historia llena de naufragios, con uno de los hoteles más imponentes de Sudamérica. El momento exacto fue cuando una de las tantas mañanas que salí a trotar por la costa, sentí el privilegio de vivir en este maravilloso lugar. 

—Mirando hacia atrás, ¿qué hilos temáticos atraviesan todas tus obras?

—Escribir fue la manera de leer mi vida. En mis libros estoy. Entonces diría que el hilo rojo que une a mis novelas es la mujer. En algunos momentos de la historia, o de la cultura en la que vivió, no tuvo demasiado o ningún poder de decisión, en otros pudo hacerlo. Pero siempre luchó para ser fiel a sus pensamientos.

—Tu novela “Castillos de arena”, publicada por Del Fondo Editorial, es una historia de amor y de fusión de culturas, ¿cuál fue el disparador para su escritura?

—La importancia que tiene la religión en la cultura árabe y la maravillosa diferencia con el occidente me llevó a preguntarme: ¿Qué tenemos en común? Por encima de toda diferencia tenemos en común el amor. A partir de ahí comenzó la historia.

—¿Cómo viviste el proceso de cruzar el desierto para acercarte a una cultura tan diferente de la nuestra?

—Agradezco haber podido viajar en tres oportunidades a encontrarme con la cultura árabe. En cada una de ellas mi premisa fue no cuestionarla y respetarla. Fue lo que me ayudó a entender la importancia de los mandatos sociales y religiosos en sus vidas y como viven para cumplirlos. Fue también entender que somos distintos, ni mejores ni peores, solo distintos. Toda cultura se merece ser respetada, pero creo que para lograrlo hay que estudiarla, no desde los extremismos porque gente mala y buena hay en todas, sino desde la esencia del ser humano.

—¿Qué o quiénes te ayudaron a darle vida a Jayif, el protagonista de “Castillos de arena”?

—Jayif fue creado a partir del lugar que ocupaba en su cultura y con los mandatos que ella le imponía.

—Y si tuvieras que definir a Elena, tu otra protagonista, en una sola palabra, ¿cuál sería?

—Superación

—Al avanzar en la historia aparecen situaciones límite donde el dolor y la muerte envuelven a tus personajes, ¿qué fue lo que más te costó al momento de escribir esas escenas?

—Investigué y leí muchísimos testimonios. Lo más difícil fue aceptar que se trataba de situaciones reales.

—Un deseo sin spoilear… ¿hay vida después de la muerte?

—No lo sé, sólo puedo afirmar que la muerte es la no presencia física, pero siempre estaremos vivos en el recuerdo de aquellos que nos aman. Dicen que la vida es corta, pero también dicen que las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por las huellas que dejan.

—Para terminar, ¿qué aroma creés que representaría a tus “Castillos de arena” y por qué?

—Mi preferido: el perfume que siento cuando abrazo a una persona que amo. Porque el amor sana y salva.

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Propietaria/Directora: Andrea Viveca Sanz
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