Beatriz Grinberg: “Es fundamental la investigación para aportar el marco donde se intenta contar una historia”

Por Andrea Viveca Sanz

Convencida de que a través de la escritura es posible regresar a los espacios oscuros de la existencia para iluminarlos, Beatriz Grinberg se atreve al desafío y escucha las voces que la llaman desde algún rulo del tiempo para rescatarlas.

Con sus letras intenta reconstruir los fragmentos de un pasado sin memoria, para despertar los recuerdos dormidos, incapaces de evaporarse en las nubes de dolor, trozos de vida silenciadas por unas circunstancias ajenas a su voluntad.

Sus letras, cargadas de poesía, son capaces de disipar la oscuridad de aquellos que se perdieron y de impulsarlos hacia adelante para que a través del amor puedan llegar al lugar exacto en el que el sufrimiento se convierte en milagro.

En diálogo con ContArte Cultura, la escritora cordobesa cuenta su experiencia en el mundo literario y comparte con los lectores el secreto de aquellas palabras que la invitaron a escribir sus novelas.

—Si pudieras visitar ese espacio en el que se encuentran las raíces que sostienen a la escritora de hoy, ¿cuál sería ese espacio y qué recuerdos podrías traerte desde allí?
—Sin duda ese lugar, entrañable a mis afectos, se remonta a mi niñez, al patio de mi infancia. A las canciones que me cantaron, a los brazos que me acunaron, a los libros leídos bajo la sombra de glicinas o al calor de algún fuego encendido y, en un lugar particular a la danza clásica que despertó mis sentidos. Entre los recuerdos que dejaron su huella rescato la ternura, el regazo cariñoso de mi abuela materna, mis primeras confidencias en su cocina que olía a albaca; como si se pudiera tocar, acaricié su incondicional entrega.

—¿En qué momento sentiste que las historias comenzaron a buscarte para que las conviertas en palabras escritas?
—Creo que desde siempre. De muy pequeña escribía. En los actos escolares o cuando estaba triste. No me animaba a mostrar. Y ahora, de adulta, cuando una historia me atrapa o me encuentra, da vueltas y vueltas dentro mío, hasta que comienzo a articular las ideas que conforman una especie de eje. Luego investigo, analizo escenarios, el contexto histórico, construyo los personajes y finalmente salen las palabras. Como dictadas desde muy adentro. Luego las expreso, porque necesito compartirlas. 

—¿Cuáles son los frutos más jugosos que lograste cosechar del gran árbol de la literatura?
—En realidad todos son frutos jugosos para mí, ya sea porque cada uno de ellos fue producto de una inspiración, de un libro que me marcó, de una narrativa que me cautivó, de una película que me inspiró, de un gesto que habló más que las palabras, de una situación que observé; o de algo que viví y dejó un surco en mi corazón. Y, particularmente, un fruto valioso es el que me aportó cursar la maestría de Antropología: el respeto por las culturas y las distintas formas de interpretar el mundo.  

—¿Cómo definirías en tres palabras a tu espacio creativo?
—Introspección – investigación – imaginación

—¿De qué manera nace en tu interior la sombra de un personaje que luego tomará vida en tus escritos?
—Observando la realidad. Un gesto, una mirada, una frase, una interacción, son disparadores para ir construyendo el perfil de los personajes que después irán tomando vida propia. A medida que avanza la narración, me doy cuenta que se definen, ganan espacios y por allí, para mi sorpresa, un personaje que comenzó siendo secundario toma un rol inesperado y da un giro a la historia.   

—¿Qué necesitás para construir los espacios de ficción en los que se mueven tus personajes?
—Para mí es fundamental la investigación para aportar el marco donde se intenta contar una historia y la generación de empatía con los personajes, actores sociales que interactuarán en el escenario de ficción.

—Contanos cuál fue la semilla que dio origen a tu novela “Lazos Invisibles” y cuáles son los hilos fundamentales con los que tejiste la trama.
—La enfermedad, el fallecimiento de mi madre y la devastación que sentí cuando me tocó desarmar la casa familiar. Mi personaje central, una cordobesa en plena crisis personal, encuentra una reliquia que la remonta al pasado y, en busca de su identidad, realiza un viaje desde Jerusalem a Petra. De manera continua contrasta los laberintos del paisaje de afuera con el de adentro e interactuando con distintos personajes se reencuentra con emociones que creía dormidas. El hilo fundamental de la historia es la que en general me atraviesa: el dolor de la inmigración, la búsqueda de la identidad y la memoria. Y una nueva oportunidad. Elijo esto para mis personajes… porque elijo la vida.

—Lídice es un pueblo atravesado por la tragedia y el dolor, ¿cómo llegaste a elegirlo como escenario principal de tu segunda novela “Mi nombre es Lídice”? ¿Qué emociones emergen de las páginas de esa historia?
—El mismo día de la presentación de Lazos invisibles sentí que había un personaje de esa historia que me llamaba. Acudí a ese llamado y así fue como Lídice me encontró. En una audiencia de mediación en el Poder Judicial tomé los datos a una señora de tez blanca y ojos muy claros con apellido extraño a mis oídos. Una vez terminado el proceso, luego de unas audiencias, cuando la acompañé al ascensor le pregunté de dónde era originario su apellido. Me contó que su abuela y sus tías eran muy lindas, que cuando los nazis invadieron Praga el abuelo se escondía con ellas en los bosques para que no las violaran. Perturbado por la Segunda Guerra Mundial, se vino con toda la familia al Chaco, Argentina. Ese día comencé a investigar cómo los checos llegaron a nuestro país y de inmediato descubrí el memorial de Lídice. La historia me atravesó. Sentí que la tenía que contar. Que recordar a las víctimas de esa masacre era una forma de traerlos a la vida. De esas páginas emerge el sentimiento de que el amor es más fuerte que cualquier ideología, religión o pensamiento. Y que el destino, muchas veces, da una oportunidad que repara un sentido.

—¿Cómo fue tu experiencia de novelar hechos que te tocan de cerca en tu trabajo de mediadora?
—El rol de mediadora ha nutrido mucho mi experiencia personal y profesional. En el ejercicio de esa profesión, como en el de cualquiera otra que se acerque a las problemáticas humanas, uno tiene la posibilidad de ver al otro, de escuchar a otro. Uno es testigo de vida del otro. De alguna manera uno vive como mil vidas. Cuando se corre el telón, puede ingresar en la intimidad del otro y, a la manera de una visita breve y puntual, se encuentra con personas que poseen historias de vida, relaciones vinculares de vieja data, que cargan ideales, sueños y aspiraciones fracasadas, ansiedades, temores y esperanzas, que han urdido un nudo tan dramático que no lo pueden desatar, que provienen a veces de segmentos muy diferentes entre sí y al de uno mismo. La invariancia radica en que, a partir de la escucha activa, se ofrece la oportunidad de hacerle una invitación al individuo que tenemos enfrente para que sea protagonista de su propia historia, que pueda tomar el timón de controlar su vida, se apropie de su problema y de las circunstancias que le toca vivir, para que pueda cambiar lo único que le es posible cambiar: su propio universo. Lo que lo hace libre y responsable. Esas narrativas son fuente de inspiración para mí, están atravesadas por pautas culturales y procesos de pensamiento disímiles que cobran sentido en el mundo particular de cada uno.  Allí aprendo que no hay una única verdad.

—¿En qué lugar te gustaría guardar tu próximo sueño literario para que se convierta en un deseo cumplido?
—En el único lugar posible para que se transforme en historia narrada: en el corazón.


Beatriz Grinberg

Nació y vive en Córdoba. Es Licenciada en Ciencias Biológicas, Magister en Antropología por la Universidad Nacional de Córdoba e investigadora en áreas de la Antropología Sociocultural y Organizacional. Se entrenó en Mediación en EEUU, y es máster en Programación Neurolingüística (PNL) y Coach profesional. También se desempeña como coach ejecutivo y formadora de grupos humanos en empresas, universidades, fundaciones e instituciones. La interpretación de culturas y el conocimiento de otras civilizaciones la llevaron a indagar en los ejes fundamentales de la existencia humana: la identidad y la memoria. En su primer libro, “Situaciones familiares reveladas en mediación”, publicado en 2010, describe las causas que se reconocen en la familia contemporánea como ejes de un conflicto, que sistemas de valores o creencias se modifican, que situaciones son generadoras de violencia doméstica. En 2015 decidió escribir su primera novela “Lazos invisibles”. Un viaje en busca de las raíces de la protagonista provoca el reencuentro consigo, y una transformación personal. Su relato ¨El Encuentro” es parte de la antología “Historias que enamoran” 2016, en la que intervienen 10 autores argentinos y uruguayos. En 2018 lanzó “Mi nombre es Lídice”, un relato donde las historias individuales dan cuenta de la historia social.

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